¿El río Mapocho también se medica?
Hace unos días, César Mattar, director del Magíster en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Universidad Mayor, advertía que “existen contaminantes invisibles que las plantas de tratamiento no eliminan”. Residuos de medicamentos, cafeína y metales provenientes de la minería se acumulan silenciosa y sostenidamente en el lecho del río Mapocho, al igual que en la fauna que lo habita.
Silenciosos. No se ven, no huelen, no hacen ruido. Pero están allí, existen.
El pasado 31 de diciembre, el Ministerio del Medio Ambiente reconoció oficialmente al río Mapocho como Humedal Urbano, en el marco de la Ley N°21.202. Un humedal crea un ecosistema único que alberga flora y fauna adaptadas desde la biodiversidad, es decir, “un refugio de vida”.
El río no solo es un cauce que atraviesa nuestra gran ciudad, también es un archivo sociomaterial de nuestra vida e historia social. En el Mapocho confluyen no solo sedimentos cordilleranos y desechos industriales —un híbrido entre lo natural y no natural—, sino también residuos químicos de una sociedad que ha normalizado la gestión del malestar a través de fármacos.
Entre estos residuos invisibles molecularmente, están los psicofármacos; y particularmente los antidepresivos ocupan un lugar inquietante. Chile presenta uno de los consumos más altos de estos medicamentos en América Latina. Su uso se ha extendido más allá de los cuadros depresivos severos y más allá de la prescripción médica. El psicofármaco aparece como una tecnología que parece hacer frente al malestar cotidiano, respuesta habitual y normalizada al estrés laboral, la precariedad de muchas vidas, el agotamiento emocional y la incertidumbre crónica; respuesta individual y muchas veces automedicada.
El Mapocho, turbio, irregular, pero vivo, existe antes de la fundación de Santiago en el año 1541, mucho antes de la psiquiatría y la industria farmacológica. Este río nace en la alta cordillera, entre deshielos y quebradas, antes de entrar a la ciudad, en donde, al atravesarla, comienza a alimentarse de otras materias: las sobras del consumo cotidiano. Pareciera ser entonces que nuestro río también se automedica con fármacos para “canalizar” los cauces del ánimo maltrecho, el sueño, la ansiedad. Sustancias que, usadas dentro del cuerpo humano, terminan dentro del ahora humedal.
Cuando los antidepresivos aparecen en el Mapocho emerge una pregunta incómoda: ¿qué tipo de sociedad es la nuestra, desde la cual se produce un excedente de malestar tal, que termina filtrándose en el agua?
Históricamente esta arteria de la naturaleza santiaguina ha sido intervenida, canalizada y encauzada, también corregida; es decir, se le ha exigido orden y funcionalidad, al igual que al ciudadano. El uso desregulado de psicofármacos para el sufrimiento psíquico parece soslayar la pregunta sobre las condiciones materiales y sociales que lo producen. La gestión del dolor y el malestar en el propio cuerpo permite ese encauzamiento químico, que permite alcanzar y sostener cierto orden y funcionalidad.
Ahora bien, el río devuelve lo que recibe: los residuos farmacológicos no desaparecen, sino que se acumulan, haciéndose parte de una biodiversidad trastocada. Pensar ahora el Mapocho como humedal urbano implica también reconocerlo como espejo de la sociedad que atraviesa, y de las prácticas, costumbres y modos de gestión subjetiva de las personas que habitan la ciudad.
En este sentido, disminuir la presencia de psicofármacos en sus aguas no es solamente un desafío técnico-sanitario, sino también político: implica repensar la precariedad ciudadana, problematizar el malestar cotidiano, al igual que tensionar las exigencias de rendimiento permanente y su contracara subjetiva, la depresión.
El Mapocho sigue corriendo. Si el río suena, ¿es porque fármacos trae?