El fútbol durante mucho tiempo fue más que un deporte. Fue parte del barrio, recuerdos familiares, charla de los lunes, camiseta que se heredaba, ritual colectivo y una alegría difícil de explicar. Reunía a personas de distintas clases sociales, migrantes, territorios y generaciones alrededor de una misma pasión.
Pero eso está cambiando, y el Mundial 2026 muestra bien ese cambio.
Esta Copa del Mundo no tiene 32 selecciones, sino 48. En lugar de 64 partidos, se juegan 104. A simple vista, parece que más países participan, lo que suena como algo positivo. Pero si lo miramos bien, significa también más partidos que generan más derechos de transmisión, publicidad, datos, apuestas y oportunidades para ganar dinero.
El problema no es que el fútbol genere ingresos, porque eso es parte de la realidad actual. Lo que preocupa es que la lógica de ganar cada vez más dinero está desplazando al fútbol como una práctica cultural, comunitaria y popular.
A esto algunos lo llaman “postfútbol ”. No porque el juego haya dejado de existir, sino porque lo que pasa fuera de la cancha pesa tanto o más que lo que sucede dentro. Los futbolistas ya no son solo deportistas, sino también marcas, influencers, figuras publicitarias y creadores de contenido constante. Los hinchas ya no son solo seguidores, sino usuarios, datos, audiencias, consumidores, apostadores y trabajadores sin remuneración cuando comparten videos, memes y más.
Esta transformación es importante. Antes el fútbol se vivía y sentía en grupo. Ahora se consume en varias pantallas: el partido, reacciones en vivo, apuestas, estadísticas, clips y memes. No es cuestión de si las redes sociales son buenas o malas, sino de quién obtiene los beneficios de esta nueva forma de vivir el fútbol y qué se pierde cuando la comunidad se vuelve un mercado.
Marcelo Bielsa sugiere que el fútbol es una de las pocas formas de felicidad accesibles para la gente más desfavorecida. Eso es un asunto político: el fútbol importa porque ofrece alegría común donde otras oportunidades son limitadas por la desigualdad. Si ese espacio se vuelve inaccesible o solo un negocio, no se pierde solo un juego, sino una forma popular de felicidad.
Bielsa también critica que el actual negocio, con la venta temprana de jugadores a Europa y la explotación comercial, está alejando el fútbol de sus raíces. Este problema está detrás del postfútbol: un deporte que nació en barrios y clubes locales hoy es dominado por oficinas corporativas, plataformas digitales, fondos de inversión y mercados globales.
Un claro síntoma es el aumento del precio de las entradas. Los precios dinámicos aplican lógica financiera a algo con gran valor social. Cuando el costo varía según demanda y especulación, el resultado es una barrera para que muchos que siempre hicieron del fútbol una fiesta popular puedan entrar.
Un estadio lleno puede ser engañoso. No es lo mismo una tribuna con hinchas que organizaron un viaje por años que otra ocupada por consumidores ocasionales que aprovecharon una caída del precio. El fútbol necesita ambiente, memoria, cantos y sentido de pertenencia. Sin eso, el espectáculo puede ser rentable, pero pierde su valor cultural.
Otro problema es cómo el deporte se ha convertido en una inversión financiera. Clubes, jugadores, derechos y audiencias son activos para fondos, plataformas y casas de apuestas. Ya no se trata solo de ganar partidos sino de manejar marcas, datos y publicidad. Antes la FIFA controlaba el negocio; ahora parece que el negocio controla a la FIFA.
La situación de los niños y adolescentes que juegan fútbol también es preocupante. La búsqueda temprana de talentos en zonas populares puede ser una forma de extraer valor: niños baratos si no logran llegar, millonarios si lo hacen. La promesa de salir adelante puede ocultar presiones, endeudamientos familiares, abandono escolar y explotación del cuerpo. Cuando la infancia se vuelve un riesgo de inversión, el deporte deja de ser una oportunidad y se acerca a un mercado sobre vidas en formación.
Además, las apuestas deportivas están más presentes que antes. Ya no son algo externo al fútbol, sino parte de la publicidad y las transmisiones. Se apuesta no solo por quién gana, sino por cualquier detalle del juego. Esto crea riesgos de adicciones, manipulaciones y corrupción, especialmente para los jóvenes.
El fútbol no inventó las apuestas ni puede solucionar solo los problemas relacionados, pero tampoco puede decir que es inocente cuando su economía convive con ese mercado. La pregunta importante es política: ¿puede una sociedad democrática dejar que una de sus prácticas culturales más importantes quede en manos de fondos de inversión, algoritmos, plataformas y casas de apuestas?
Se necesitan crear políticas públicas para el fútbol. Políticas que reconozcan su importancia económica y social. Que regulen precios en eventos culturales, garanticen entradas accesibles, limiten la reventa especulativa, hagan transparentes las propiedades de los clubes, restrinjan la publicidad de apuestas especialmente en jóvenes, protejan a futbolistas en formación y democratizan la gestión de clubes y federaciones. También que parte de las ganancias se destinen al fútbol femenino, deportivo escolar, infraestructura comunitaria y salud mental deportiva.
Defender el fútbol no es idealizar el pasado. Siempre hubo violencia, corrupción y exclusión. Pero sí significa entender que una pasión popular no puede ser solo un activo financiero. El Mundial de 48 selecciones puede ampliar la participación. Pero si solo se organiza con criterios comerciales, no será democratización, sino expansión del mercado.
El fútbol seguirá cambiando. La pregunta es si ese cambio lo decidirán solo las empresas y algoritmos, o si las comunidades que hicieron del fútbol un idioma común aún tendrán voz.
Porque el balón puede seguir rodando en estadios más caros, transmitirse en pantallas sofisticadas y generar más dinero. Pero si el fútbol pierde a la gente que lo hizo universal, tal vez ya no estemos hablando del mismo juego.