Cada semana, miles de personas siguen las noticias sobre los precios del combustible, como las que se presentan en la sección “Tu Bolsillo” de Canal 24 Horas (TVN). Se informa sobre las bencinas, el diésel, el gas licuado y la parafina. Sin embargo, hay una familia de combustibles que sistemáticamente queda fuera de la conversación: la leña y los derivados de la madera.
Esta omisión puede parecer menor, pero revela un problema mucho más profundo. Chile continúa sin reconocer plenamente la importancia de la biomasa forestal dentro de su cultura energética y de sus políticas públicas.
La leña y los combustibles de madera no son combustibles marginales. Distintos estudios muestran que cerca de un tercio de los hogares del país (1,7 a 2 millones de viviendas) los utilizan para calefacción o cocción de alimentos. En el centro-sur de Chile, su relevancia es aún mayor. En la Región de La Araucanía, por ejemplo, el 85% de la energía consumida por los hogares proviene de la leña, mientras que en muchas comunas rurales supera ampliamente cualquier otra fuente energética.
A nivel nacional, la biomasa sigue representando una fracción relevante del consumo energético residencial. De hecho, el Ministerio de Energía ha señalado que aproximadamente el 76% de la energía utilizada para calefacción residencial proviene de biocombustibles sólidos, principalmente leña. Sin embargo, cuando se habla de energía en televisión y otros medios, la leña y otros combustibles derivados de la madera prácticamente no existen.
Esta invisibilización tiene consecuencias. Durante años, la discusión pública se concentró casi exclusivamente en los problemas asociados al uso de leña húmeda y a la contaminación atmosférica. Ese diagnóstico era necesario, pero incompleto. La respuesta política terminó enfocándose en restringir, sustituir o desincentivar el consumo, mientras se descuidó el desarrollo de una política moderna para los combustibles de madera.
La reciente Ley de Biocombustibles Sólidos constituye un avance importante porque reconoce formalmente que la leña y otros combustibles derivados de la madera son efectivamente combustibles y, por tanto, requieren regulación, estándares de calidad, trazabilidad asegurando su origen sustentable, y fiscalización. Pero ese reconocimiento debe extenderse también al debate público.
La leña y otros biocombustibles sólidos SON combustibles, por lo tanto, también deben formar parte de las políticas energéticas, de las estrategias de seguridad y soberanía energética y de los análisis económicos que afectan a las familias. Resulta difícil entender que un país que discute semanalmente el precio de las bencinas ignore las características, origen, disponibilidad, implicancia en la economía rural y fluctuaciones del precio de este tipo de combustible utilizado por millones de personas.
Chile posee una oportunidad excepcional para desarrollar una bioenergía moderna basada en leña seca, pellets, briquetas y otros combustibles de madera provenientes de manejo forestal sustentable. Esto no solo contribuiría a mejorar la calidad del aire, sino también a fortalecer economías locales, mejorar el estado de los bosques, generar empleo rural y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados.
La transición energética no consiste únicamente en electrificar el consumo. También implica reconocer y modernizar aquellos recursos renovables que ya forman parte de la vida cotidiana de millones de personas.
Mientras sigamos hablando de combustibles sin considerar a la leña y otros combustibles derivados de la madera, seguiremos construyendo una visión incompleta de la realidad energética del país. Y también seguiremos dejando fuera del debate el bolsillo de millones de familias para quienes la leña no es una tradición: es una necesidad.