miércoles 12 de agosto de 2026

La política que necesitamos construir

La verdadera coherencia no es repetir lo mismo cada día. Es responder al otro sin perder el norte; cambiar de ruta si el camino está bloqueado, sin cambiar de destino; tener la valentía de decir "me equivoqué" cuando los hechos lo exigen.

12 de agosto de 2026 - 16:45

La política contemporánea se ha vuelto un teatro de espejos donde cada actor cree reflejar la verdad absoluta. Todos exigen coherencia a los otros, nunca a sí mismos, como si fuera una virtud estática. Pero la coherencia sin prudencia es rigidez cadavérica: la certeza del fanático que prefiere tener razón antes que comprender. La coherencia auténtica es dinámica, no cambia de principio, pero sí de estrategia, tono y ritmo. Es fidelidad al fondo, no esclavitud a la forma.

Vivimos en la tiranía de la frase redonda y el tuit inapelable. La coherencia se ha reducido a no contradecirse en treinta segundos. Ahí nace el primer error: confundir firmeza con intransigencia. La intransigencia es el consuelo de los inseguros. Quien no negocia el matiz, quien convierte cada desacuerdo en afrenta personal, no defiende ideas: defiende su identidad. Una identidad que solo se sostiene contra el otro es frágil, necesitada de enemigos.

La intransigencia se disfraza de pureza, pero es pereza: pereza de escuchar, de reformular, de admitir que el mundo no cabe en un programa electoral. Cuando se institucionaliza, el diálogo deja de ser puente y se vuelve campo de batalla donde el objetivo no es convencer, sino humillar.

Conviene detenerse en dos metáforas clínicas. Una es el narcisismo político: habla siempre en primera persona. Su gramática es "yo tengo la verdad", "yo salvé la patria". No busca diálogo, busca confirmación; sus seguidores son espejos. Cualquier discrepancia le resulta insoportable: no es una opinión distinta, es un ataque a su existencia.

La otra es el autismo relacional como modo de estar en el mundo: produce discursos impecables y lógicos, pero desajustados del contexto emocional y social. Dice su verdad con frialdad matemática, pero no percibe el dolor que causa ni la duda que aplasta. No ve rostros, ve datos; no escucha miedos, escucha argumentos. Su lógica es impecable, pero su política es inhabitable.

Ambos comparten un rasgo letal: la incapacidad de salir de sí mismos, antítesis de la empatía.

La empatía es una exigencia, no un sentimentalismo. No es abrazar al adversario ni claudicar ante el violento. Es un ejercicio intelectual: habitar provisionalmente la mente del otro para entender por qué piensa lo que piensa, aunque lo rechacemos. Permite diseñar políticas que alivien el hambre sin haberla padecido, o negociar sin traicionar principios. Sin empatía, la política es administración de cosas; con ella, cuidado de personas. La empatía no exige simpatía: puedo entender al que vota contra mí sin aprobar su voto. Esa distancia compasiva separa al estadista del demagogo.

De ahí la cordura como arte del equilibrio. No es ausencia de pasión ni neutralidad cobarde. Es la capacidad de sostener la vehemencia sin que devore el juicio. La vehemencia es legítima y necesaria; sin ella, la política es tecnocrática y desmovilizadora. Pero sin el freno de la prudencia, se vuelve furia, y la furia pide cabezas. El cuerdo no duda de todo, sino de sí mismo lo justo para no endiosarse. Sabe que la verdad es parcial, que el adversario tiene un resto de razón, que el mañana puede desmentir el hoy. Esa humildad epistémica no es debilidad: es la única garantía contra el totalitarismo interior.

La prudencia es la inteligencia del tiempo: saber cuándo hablar y callar, avanzar y retroceder, exigir y esperar. Es la virtud de quienes saben que la historia no termina con su mandato y que a veces el gesto más valiente es no hacer todo lo que se puede. La imprudencia es el pecado de nuestra era: tuits impulsivos, leyes sin estudio, declaraciones que incendian. Confunde velocidad con eficacia y ruido con liderazgo.

Propongo abandonar la falsa disyuntiva entre ser blando o duro. La política que necesitamos no es consenso vacío ni combate perpetuo, sino tensión fecunda: vehemencia que impulse sin cegar; prudencia que frene sin paralizar; empatía que conecte sin diluir; diálogo que transforme sin traicionar; e intransigencia reservada solo para lo que atenta contra la dignidad humana y la convivencia. Esa combinación es difícil, incómoda, impura. Pero la política no es para santos ni héroes: es para humanos que aceptan su fragilidad y desde ahí construyen.

La verdadera coherencia no es repetir lo mismo cada día. Es responder al otro sin perder el norte; cambiar de ruta si el camino está bloqueado, sin cambiar de destino; tener la valentía de decir "me equivoqué" cuando los hechos lo exigen, porque la lealtad a la verdad está por encima de la lealtad al ego. Es la coherencia del que ha aprendido a escuchar. El político coherente no es el que nunca cambia de opinión, sino el que cambia cuando la realidad lo pide y explica por qué.

Al hablar, no escucha solo su eco, sino la respiración del que piensa distinto; en esa respiración reconoce su humanidad compartida. Esa es la cordura que nos falta. Esa es la política que aún estamos a tiempo de construir. Pero requiere algo que ninguna ley impone: el ejercicio cotidiano de mirar al otro y no ver un enemigo, sino un espejo deformado de nuestras propias limitaciones.

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