Sin fenomenología, pareciera que la vida se acaba. Esa cualidad humana de sentir, percibir, recordar, desear y el «darse cuenta» de ello es justamente lo que nos debe diferenciar y distinguir. Si nos alejamos de la conciencia de aquellas experiencias, la vida deja de tener sentido. Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty, Varela, entre muchos otros, siempre problematizaron y fueron al rescate de la conciencia encarnada. ¿Cómo cuidar la experiencia frente a la experiencia simulada?
El peligroso andar del negocio de la experiencia simulada nos despoja del mundo vivido. La IA, en todas sus formas, penetra con fuerza y pareciera que su control y dominio no tienen barrera ni protección. La IA busca reaccionar cada vez con mayor precisión como si fuera un ser humano más. Se está transformando en consejero, médico, abogado, padre, madre, profesor, redactor, amigo, sacerdote y toda manifestación simulada o copiada que hacen únicas a las características humanas. El que habitualmente nos dé todo sin mayor esfuerzo no deja vivirlo; allí, una de sus trampas fundamentales.
El ser humano vive el mundo y lo experiencia, no lo simula, por lo que necesita de la experiencia. La IA podrá describir con exactitud lo que es una puesta de sol con una cerveza en la mano, con el amor de tu vida, pero en ningún caso podrá sentir o experienciar ese momento, por lo que su descripción carecerá de la comprensión más profunda de ese momento.
Para peor, —hasta ahora—, como simula su existencia, recurre a la alucinación y a la condescendencia. Peligroso es, por tanto, que un consejo de un psicólogo simulado logre su cometido con un paciente real necesitado, porque ese psicólogo no tiene la experiencia del estudio ni de la práctica de la relación vivida. El dolor de un deudo explicado nada tiene que ver con el dolor vivido, experimentado. Como planteaba Merleau-Ponty, «aprender de nuevo a ver el mundo».
La tarea del ser humano hoy es no olvidar la fenomenología de la vida. La vida no debe ser una acumulación sin fin de datos, códigos, algoritmos que representen o figuren una realidad compleja reducida a decálogos informativos. Existe una diferencia enorme entre un procesamiento fino de datos que genere la mejor respuesta y la sensibilidad de la experiencia viva. El problema es que hoy, en cada día, minuto y segundo que pasa, se pierde terreno y espacio de ese experienciar sagrado. La historia reciente demuestra que el ser humano, lo que tiene entre manos, se le termina escapando de las manos.
Respuestas nobles encontradas se pueden transformar en atrocidades; bastará recordar la ecuación E=mc². Los límites urgen definitivamente, como una cuenta regresiva. El ingeniero Jacob Coxon puso la alarma inequívoca hace un par de semanas; literalmente mencionó la extinción de la humanidad en tiempo récord. Si el ser humano se empeña por apreciar más la simulación que la realidad, terminará secuestrado y privado cada vez más de su experiencia; como si se tratara de una experiencia olvidada, podría dejar de existir, o ser un seguidor de una experiencia simulada.
La distinción que tenemos viva aún como ventaja es que neurocientíficamente podemos precisar cómo en nuestro cerebro ocurre la experiencia (el qué), pero simultáneamente podemos habitar fenomenológicamente cómo se vive la experiencia (el cómo); la realidad se puede poner entre paréntesis. Esa «capacidad» es la que debemos cautelar, esa cualidad —como diría Varela— del darse cuenta del espacio que está justo al medio entre la existencia y la no existencia, el misterio de la conciencia.
En 1997 nace el Protocolo de Kioto. La razón: una urgencia internacional ante la abrumadora evidencia científica sobre cómo el mundo entraba en una fase de calentamiento global y su consecuente cambio climático, que evidentemente ponía en riesgo la propia existencia. Pues bien, Bill Gates por estos días menciona que «una inteligencia artificial sin control ni regulaciones adecuadas podría desencadenar eventos que causen hasta mil millones de muertes».
¿Cuánta más evidencia se necesita para terminar con la inacción? ¿Qué evento debe ocurrir para que el mundo acuerde de manera urgente un nuevo protocolo de protección para la existencia? ¿Qué frena la opción más coherente que significa regular?
La instrumentalización de la codicia desmedida del sistema poderoso político-económico de la acumulación parece que campea, incluso a la misma vida. El «mundo de la vida» descrito por Habermas sucumbe ante la acción instrumental del neoliberalismo calculador. El líder mundial y cara visible de este sistema dijo: «no maten a la gallina de los huevos de oro».
Si con el nacimiento de las RR.SS. —hace como 20 años— el mundo comenzó a tergiversarse y caminar por la cuerda floja de los algoritmos, hoy, con el desarrollo de las IA en todas sus formas, pareciera ser que resbaló y se está sujetando de una sola mano; el punto es no cómo no caer, sino más bien cómo dejar la cuerda y volver al camino firme. ¿Un pacto mundial podría dar una mínima esperanza?