miércoles 10 de junio de 2026

La epidemia de la soledad

La soledad no siempre consiste en no tener a quién hablarle. A veces consiste en sentir que incluso hablando nadie llega realmente al lugar donde uno está.

10 de junio de 2026 - 16:45

Hay frases que he escuchado repetirse muchas veces durante los últimos años en consulta:

  • «Siento que no tengo con quién hablar de verdad».
  • «Estoy rodeado de gente, pero siento que nadie sabe realmente cómo estoy».
  • «Tengo pareja, familia, trabajo, pero siento que algo me falta».

Las historias cambian. Las edades también. Pero hay algo que atraviesa a muchas de ellas: la soledad.

Durante mucho tiempo pensamos que la soledad era un problema de quienes vivían aislados o tenían pocas relaciones sociales. La imagen clásica era la de una persona sola en una casa vacía, alguien que se había quedado al margen. Hoy esa definición parece insuficiente.

En consulta veo personas rodeadas de interacción que, sin embargo, describen una profunda sensación de desconexión. Hablan con compañeros de trabajo, intercambian mensajes, participan en reuniones familiares y mantienen presencia constante en redes sociales. Desde afuera, sus vidas parecen llenas de actividad. Sin embargo, algo sigue faltando.

Lo llamativo es que esta sensación aparece en personas solteras y con pareja; en jóvenes y adultos; en quienes tienen pocos vínculos, pero también en quienes, desde afuera, parecerían estar lejos de la soledad. A veces la pregunta ya no es cuántas personas tenemos cerca, sino cuántas conocen aquello que nos preocupa cuando apagamos las pantallas.

Una de las preguntas que suelo hacer en consulta tiene relación con las redes de apoyo: con quién cuenta la persona cuando está mal, a quién llamaría si tuviera un problema serio, quién estaría disponible en un momento difícil. Esas redes siguen existiendo, pero con una malla cada vez más fina.

No necesariamente porque las personas sean menos solidarias. Muchas veces ocurre algo distinto: están sobrecargadas. Intentan sostener sus propios problemas mientras enfrentan exigencias laborales, familiares y económicas que parecen no detenerse.

Uno de los cambios más profundos de nuestra época es que conocemos más personas que nunca y dependemos de menos personas que nunca. Cuando la vida se vuelve difícil no solemos necesitar una multitud. Solemos necesitar a unos pocos. El problema aparece cuando descubrimos que esos pocos también están agotados.

Los seres humanos nunca fuimos buenos para atravesar solos los momentos difíciles. Necesitamos de otros para crecer, comprendernos, enfrentar pérdidas y seguir adelante cuando las cosas se vuelven demasiado pesadas. Tal vez por eso la fragilidad de nuestras redes duele tanto: porque toca una necesidad profundamente humana.

Hay algo curioso en nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, al mismo tiempo, pocas veces había escuchado tantas formas distintas de describir la soledad. Algo no calza.

Podemos responder mensajes durante todo el día y aun así no haber tenido una sola conversación significativa. Podemos saber qué hizo alguien el fin de semana, dónde estuvo o qué publicó, sin saber nada de aquello que realmente le preocupa. Porque comunicarnos y encontrarnos no siempre son la misma cosa.

A esto se suma otra realidad: vivimos en una cultura que valora la productividad. El problema es que muchas de las experiencias humanas más importantes funcionan bajo una lógica distinta. La amistad necesita tiempo. La intimidad necesita tiempo. El duelo necesita tiempo. Y el tiempo parece ser justamente una de las cosas que menos tenemos.

A veces hablamos de la soledad como si fuera solo un problema de vínculos. Sin embargo, también existe una forma de soledad ligada al modo en que vivimos. Quien pierde a un ser querido suele recibir pocos días para reorganizar su vida emocional antes de que se espere que vuelva a funcionar con normalidad. El dolor permanece, pero el mundo sigue avanzando.

Quizás eso también sea una forma de soledad. No siempre aparece en una habitación vacía. A veces aparece en medio de una reunión familiar, dentro de una relación de pareja o rodeada de conversaciones, notificaciones y actividades. En el fondo, la soledad no siempre consiste en no tener a quién hablarle. A veces consiste en sentir que incluso hablando nadie llega realmente al lugar donde uno está.

Hoy muchas personas trabajan, estudian, producen y cumplen con sus responsabilidades. Sin embargo, cada vez más parecen enfrentarse a una pregunta distinta: ¿quién me conoce realmente? No quién sabe dónde trabajo. No quién ve mis publicaciones. No quién responde mis mensajes. Sino quién conoce mis preocupaciones, mis contradicciones, mis temores y aquellas partes de mí que normalmente permanecen ocultas.

Quizás uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea recuperar espacios donde podamos encontrarnos sin tener que demostrar nada. Porque la soledad no siempre aparece cuando faltan personas. A veces aparece cuando falta intimidad. Todos cargamos alguna forma de soledad. La diferencia es que algunas personas tienen dónde llevarla y otras no.

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