Hace unas semanas conocimos las cifras de desempleo a nivel nacional. No fueron buenas noticias para el país, pero las cifras son aún peores cuando hacemos un zoom en los jóvenes hasta 24 años, donde la cifra llega a un 24,6%. En Chile, no contamos con cifras actualizadas y periódicas que midan el desempleo de las personas con discapacidad, pero sabemos que siempre son bastante superiores al promedio nacional.
Esto nos obliga a reflexionar sobre cómo estamos preparando a las nuevas generaciones para enfrentar un mercado laboral dinámico y exigente, y ahí, surge una pregunta incómoda, pero urgente: ¿estamos entregando las mismas herramientas a todos los jóvenes, o estamos dejando a un grupo importante en el olvido?
Invertir en la formación y capacitación de jóvenes con discapacidad no es un acto de caridad; es una estrategia país indispensable si aspiramos a una inclusión laboral real y sostenible. La ecuación es dura, pero clara: si en Chile las personas con discapacidad no tienen el derecho a capacitarse, lo más probable es que estén condenadas a la cesantía y a depender de un Estado subsidiario de por vida.
La capacitación técnica y sociolaboral es la única llave capaz de generar una transformación profunda. Es el puente que permite a un joven pasar de ser un ciudadano dependiente para transformarse en un ciudadano absolutamente autónomo, dueño de su destino y responsable tanto de su propia vida como de la de los suyos. Para la juventud con discapacidad, el acceso a competencias laborales no es un complemento, es una necesidad absoluta para romper los círculos de exclusión y pobreza.
Si la capacitación laboral es una condición necesaria, el acceso a oportunidades laborales es un imperativo. Los esfuerzos formativos no pueden quedar en el vacío, y ahí es donde necesitamos un compromiso del Estado y de las empresas privadas para que esta preparación se traduzca en empleos de calidad.
Como Fundación Tacal trabajamos codo a codo con la gran, mediana y pequeña empresa. El objetivo es claro: asegurar que cuando se inicien procesos de inclusión, estos sean de calidad y no se reduzcan a un trámite para cumplir con una cuota asignada por ley. Cumplir con la norma es el piso mínimo, pero el verdadero desafío cultural radica en la transformación interna de los equipos de trabajo para que sean genuinamente inclusivos.
El cambio que buscamos producir, junto a las empresas aliadas, es transitar de un Chile que incluye por obligación o "paternalismo", a un Chile que de verdad valore la diversidad como un activo estratégico dentro de sus organizaciones. ¿Cómo se logra esto? Abriendo los espacios para valorar la diferencia en el corazón mismo de la cultura corporativa, entendiendo que equipos diversos son también equipos más creativos, resilientes y productivos.
La verdadera inclusión laboral no se mide en un gráfico de cumplimiento anual; se vive el día a día en el interior de cada empresa que se atreve a ver el talento antes que la condición. Invirtamos en la juventud con discapacidad. El retorno social y económico de esa inversión no es otro que un Chile más justo, autónomo y verdaderamente desarrollado.