Un niño a punto de golpear a otro no está pensando en el reglamento. No puede: en ese segundo, la parte de su cerebro que mide consecuencias y recuerda la norma ya le cedió el control a las estructuras más reactivas. En un adolescente, cuyo cerebro todavía se está formando, ocurre aún más rápido. No es maldad. No es falta de carácter. Es biología.
Esta semana la atención del mundo educativo estuvo puesta en el Tribunal Constitucional. Pero el cambio más permanente para los colegios chilenos ocurrió casi sin ruido: desde el 1 de julio está vigente la nueva Ley de Convivencia Escolar, y rige para todos, todos los días.
Le exige a cada colegio un Plan de Gestión de Convivencia antes de marzo de 2027, con la salud mental y la participación de los estudiantes adentro, y un coordinador de convivencia con dedicación exclusiva. Es una buena noticia. Y deja abierta la pregunta que ningún artículo de la ley responde: qué poner dentro de ese plan para que funcione. Ahí es donde el cerebro de ese niño importa.
Creemos que el que agrede eligió agredir, y que una consecuencia más dura lo hará elegir distinto. Para los casos planificados, los fríos, es cierto: la sanción disuade a quien calcula. Pero la mayor parte de la violencia en una sala no se calcula. Estalla. Y a quien estalla, en el segundo en que estalla, no hay reglamento que lo alcance.
Llevamos años hablándole al niño equivocado, en el momento equivocado.
Las reglas claras y las consecuencias siguen importando: ordenan, enseñan límites, protegen. Nada de lo que sigue las reemplaza. Pero el año pasado la Superintendencia recibió 17.076 denuncias por convivencia escolar, un 22 por ciento más que el año anterior: diecisiete mil situaciones donde el estallido ganó la carrera.
Porque hay un instante que ninguna regla alcanza a tocar, y es justo el estallido. Para ese instante, la única herramienta que llega a tiempo es un freno que se entrenó antes, en frío, cuando el cerebro estaba disponible y apto para aprender.
Ese freno se enseña. Se llama autorregulación y se entrena como la lectura: con método, temprano y a lo largo del tiempo. No es una charla al semestre. Son minutos de práctica estructurada en la sala, cada semana. El meta-análisis de Durlak, sobre más de doscientos programas, midió once puntos percentiles de mejora académica junto con menos agresión en la sala; la actualización de 2023 lo confirmó.
Lo he visto de cerca. En un piloto que acompañamos en Bajos de Mena, con cursos de prekínder y kínder, las conductas graves registradas por el colegio bajaron a cero en un año. No hubo milagro. Hubo método, temprano y sostenido, y profesores acompañados para aplicarlo.
Por eso, cuando un colegio siente que debe elegir entre escribir su plan para cumplir la ley y dedicarse a lo importante, que son los resultados, está frente a una disyuntiva falsa. La convivencia no le quita tiempo al aprendizaje: es su condición. El plan que entrena el freno es también el que mejora las notas, y ese plazo ya empezó a correr.
La pregunta que tenemos por delante no es si poner orden. Hay que ponerlo. Es si, además de responder cuando algo ya pasó, vamos a enseñarles a nuestros niños a que no pase.
Porque mientras le sigamos hablando al niño equivocado, en el momento equivocado, vamos a seguir llegando tarde.