martes 22 de septiembre de 2026
Opinión

Festival Santiago Vegan 2026: nos merecemos todos los memes

No es tan difícil honrar a tu país. No permitamos que quienes perpetúan nuestras peores tradiciones nos roben la patria. Hagámosla propia con folclore, trajes típicos, artesanías y comida rica libre de crueldad.

22 de septiembre de 2026 - 11:45

Hace 15 años dejé de comer carne, hace tres soy vegana y este año, por primera vez, fui al Festival Santiago Vegan, que se hace en Fiestas Patrias. Obviamente valoro la iniciativa y la idea de que las personas veganas nos reunamos y celebremos en estas fechas en un espacio libre de violencia hacia los animales, pero lo que había ahí no era festival ni celebración, ni cerca.

Aclaro que con esto no quiero juzgar al veganismo ni a los veganos; esta es una crítica a un evento que fue derechamente fome y, si bien soy consciente de que puede avivar una crítica infundada al veganismo, creo necesario que seamos honestos sobre estas instancias para que puedan mejorar con los años. No tenemos que fingir que los eventos veganos son buenos para atraer gente a este estilo de vida, porque los motivos sobran para eso. Tenemos que hacer eventos entretenidos para que nosotros lo pasemos bien.

Lo principal es que este es un evento que se realiza hace nueve años en Fiestas Patrias, como una alternativa vegana a las fondas —de hecho, sale en un montón de listas de "fondas veganas"—, pero que de fonda no tiene absolutamente nada. Pese a realizarse durante estas fiestas, no había ni una sola bandera chilena en todo el evento. No había ni una cueca sonando, mucho menos alguien bailando. Podías encontrar comida coreana, pero no pastel de choclo ni un mote con huesillo. Ni una serpentina, ni una cumbia, ni un ambiente.

Fue decepcionante, porque justamente por plantearse como una alternativa a las fondas, uno esperaría algo de chilenidad. No basta con vender unos anticuchos y choripanes. Esto parecía, en realidad, una feria que podría emplazarse un fin de semana cualquiera en Providencia. Y no se trata de forzar una identidad que no tenemos: es que se puede ser vegano y ser chileno al mismo tiempo, pero el festival no lo entiende así.

Por supuesto, no estoy hablando de honrar esas tradiciones que perpetúan violencias e injusticias contra animales, mujeres y pueblos indígenas (carne, rodeo, machismos, etc.); solo hablo de pasarla bien. Que en vez de que en tu cafetería suene country o techno, suene al menos música chilena. Y si quieres tener un espacio igual de indie, pon Javiera Mena o Denver, pero sitúate en el contexto; no es tan difícil honrar a tu país. No permitamos que quienes perpetúan nuestras peores tradiciones nos roben la patria. Hagámosla propia con folclore, trajes típicos, artesanías y comida rica libre de crueldad.

En todo caso, las carencias no eran solo simbólicas. Faltaron puestos de juegos, faltó pasto, faltaron mesas y sillas, faltó taca-taca, faltó animador o animadora, faltó hueveo en general. En las más de dos horas que estuve ahí, no escuché a nadie riendo, sentía que todo era performativo. También faltó comida: ni dulces chilenos pude comer, porque a las cinco de la tarde ya no quedaba ni uno, y parece que es la tónica en estos eventos que la comida se acaba temprano. El copete, por su parte, estaba monopolizado por un solo vendedor —que además cobraba el vaso— y era carísimo: más de seis mil pesos una michelada.

Me quedo con que parte de las ocho lucas de la entrada será destinada a un santuario de animales. Me quedo con que la comida estaba rica. Me quedo con que fue una excusa para ver a mis primos, mis veganos favoritos. Juntos, nos permitimos reír en la fomedad; pasar de la vergüenza a la burla, ver la degustación de gajos de fruta con el concurso de un año de naranjas gratis y pensar que este evento debe ser el motivo de los memes sobre lo fomes que son las cosas veganas. Y los merecemos todos.

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