Los primeros días de septiembre nos impactó la noticia emanada desde Naciones Unidas, en donde se reconocía ante el mundo que el umbral de contener el alza de la temperatura planetaria en 1,5 °C ya no sería posible, debido a que todas las estimaciones señalan que dicho umbral será superado con las políticas actuales y que, tal como avanzamos, el alza al año 2100 sería de 2,6 °C.
Sumado a lo anterior, un informe de Climate Impact Lab indica que hasta 451.000 muertes adicionales a nivel mundial podrían ocurrir entre junio del presente año y febrero de 2027, las cuales se relacionarían con el calor extremo asociado al fenómeno de El Niño. El informe estima que las temperaturas terrestres globales podrían situarse 1,2 °C por encima de lo habitual durante este período y que se produciría un aumento significativo de los días de calor extremo.
En el caso de Chile, los efectos de El Niño se proyectan, según el Informe Especial N°3 de la CEPAL, como un fenómeno con consecuencias en sectores estratégicos como la pesca, la agricultura, la industria, el agua y la generación eléctrica.
El informe indica que la alteración de las condiciones del océano puede afectar especialmente al sistema de la corriente de Humboldt, debilitando la surgencia de aguas frías y ricas en nutrientes que sostiene buena parte de la productividad marina lo que podría generar un impacto a nivel macroeconómico. Para Chile, se estima que un episodio extremo podría reducir en torno a 0,5 puntos porcentuales el crecimiento del PIB, con efectos particularmente importantes en la industria y la pesca.
A su vez, el informe señala que los impactos también alcanzan la seguridad alimentaria y energética. En el caso de los alimentos, la alteración de las condiciones climáticas puede repercutir en la producción agrícola, generando presiones sobre los precios de los alimentos. En materia energética, la CEPAL identifica hacia fines de 2026 riesgos para la generación solar en Chile asociados a variaciones en la radiación solar. A esto se suma que el aumento de las temperaturas puede reducir la eficiencia de los paneles solares y tensionar aún más los sistemas eléctricos.
También se indica que, en el centro del país, se proyecta un aumento significativo de las lluvias por sobre el promedio, elevando el riesgo de inundaciones. Esto muestra que no estamos frente a un único tipo de amenaza, sino ante una combinación de riesgos que requieren capacidades de anticipación y respuestas diferenciadas.
Lo anterior ha sido numerosas veces estudiado y denunciado por el mundo ecologista, científico y del activismo. Hace décadas se viene diciendo que la peligrosidad de los escenarios que se van configurando desembocará en el recrudecimiento de los eventos extremos, con grandes consecuencias para la población, los ecosistemas y la economía en general.
Lamentablemente, los estudios y las denuncias han sido desechados. La desidia y la inacción han estado presentes por décadas. Gobiernos y distintos grupos económicos han decidido conscientemente desoír las consecuencias de la inacción, unos más que otros, pero el resultado sigue siendo el mismo: cada año que pasa tenemos eventos cada vez más extremos, trombas marinas, tornados, inundaciones, olas de calor, aluviones, incendios, sequías, etc.
Lo anterior genera grandes pérdidas sociales y económicas, rompe la vida de las personas y los ecosistemas y pareciera que, ante tanta evidencia y volumen de datos, quienes toman las decisiones siguen enfrascados en mirar hacia otro lado, con un discurso sobre la economía, como si estuviésemos en tiempos normales y/o haciendo videos para redes sociales, como si en las redes se jugara la vida. Entonces surge la pregunta, ante tanta adversidad: ¿quién nos protege?
Diría que hoy, en septiembre de 2026, la respuesta, ante el breve escenario expuesto, es: nadie. La política y la economía corren por un carril en el que la realidad sigue siendo negada y desoída. El gobierno actual se encuentra en el extremo de promover actividades económicas como si no hubiese un mañana. No existe el ánimo de hacer prospectiva y configurar escenarios distintos; escenarios que, aunque son adversos, podrían incluso generar actividades económicas si se enfocaran en reparar, restaurar y en la amplia batería que nos entregan las soluciones basadas en la naturaleza como un pilar de la adaptación.
Proteger a la población requiere de medidas preventivas trabajadas con ella. No basta con una campaña comunicacional de advertencia. Tenemos que prepararnos como país para enfrentar los eventos extremos, no desde el miedo, sino desde el trabajo consciente de informar y hacernos parte de las soluciones, porque aquello protege la vida y los recursos para que esta surja.
Por último, las señales de quién nos protege serán evidentes con el presupuesto del año 2027. Ahí veremos qué tan crudo es el escenario que nos espera. Por ahora, el llamado es a que la ciudadanía tome medidas preventivas y se organice. Aquello puede hacer una gran diferencia ante los escenarios adversos que nos plantean los eventos extremos, de los que estamos siendo testigos en la actualidad y que lo serán aún más en un futuro no muy lejano.