miércoles 22 de julio de 2026

El vestuario del poder: cuando el gobierno se viste para la guerra equivocada

Un desastre climático no se combate: se administra, se repara, se acompaña. Confundir esa tarea con una operación de despliegue táctico, cascos, camuflaje, botas equivocadas por exceso o por defecto, no es un error de estilismo menor.

22 de julio de 2026 - 13:45

La ropa nunca es neutra. Se elige, aunque parezca improvisada, y en esa elección hay una lectura del mundo: de quién se cree ser, ante quién se está actuando y qué situación se cree estar enfrentando. Cuando quien se viste es un gobierno, esa lectura deja de ser un dato biográfico y se convierte en un mensaje de Estado. Lo que un ministro o una ministra lleva puesto en terreno no es un detalle de farándula: es una declaración sobre cómo la autoridad entiende, o no entiende, la crisis que dice estar gestionando.

Chile estuvo días bajo un sistema frontal que ha dejó un saldo dramático: fallecidos, miles de damnificados, decenas de miles de personas aisladas, viviendas destruidas y regiones completas bajo estado de catástrofe. Y sin embargo, una parte de la puesta en escena gubernamental ha optado por un lenguaje visual distinto al que la situación exige: cascos y chaquetas de corte militar, un vestuario que evoca camuflaje y frente de batalla, cuando lo que la ciudadanía necesitaba ver era una autoridad civil visible, identificable, cercana.

Elegir un casco militar para hablar de cortes de agua potable no es una decisión calculada de comunicación de crisis; es, probablemente, el reflejo de un habitus que asocia autoridad con mando y mando con uniforme castrense, incluso cuando el problema a resolver no tiene nada de militar. Es la distancia de clase y de experiencia hecha vestuario: quien nunca ha tenido que caminar por una quebrada activada no sabe, en el cuerpo, qué zapato se necesita para eso.

La ropa es un lenguaje, y como todo lenguaje, comunica incluso cuando el emisor no tenía intención de decir nada. No importa si el Presidente se puso la chaqueta táctica pensando en el frío o en la practicidad; el significante ya está puesto en circulación y el público lo lee como quiere o como puede: como preparación para la guerra, como distancia de la ciudadanía, como un gobierno que interpreta el desastre en clave de orden y control antes que en clave de cuidado y reconstrucción. La intención del emisor es irrelevante frente al código que ya está instalado culturalmente: camuflaje es igual a conflicto, no camuflaje es igual a ayuda.

Toda aparición pública de una autoridad es una escena montada para una audiencia, con vestuario, gestos y utilería elegidos para sostener un personaje creíble. El problema no es que el gobierno actúe: toda autoridad lo hace. El problema es que el libreto elegido no coincide con el guion que la ciudadanía y las autoridades locales están pidiendo, que es otro: el de la ayuda inmediata, la mano de obra, la presencia estatal visible y coordinada.

Ahí está, quizás, la clave de la hipótesis de fondo: el gobierno intenta conectar con una demanda ciudadana real, que lleguen militares a ayudar en las labores de emergencia, pero lo hace vistiéndose como militares en vez de desplegando militares, confundiendo el símbolo con la función.

No es que el gobierno no quiera ayudar; es que buena parte de su comunicación visual sugiere que no ha comprendido del todo la naturaleza del problema que enfrenta. Un desastre climático no se combate: se administra, se repara, se acompaña. Confundir esa tarea con una operación de despliegue táctico, cascos, camuflaje, botas equivocadas por exceso o por defecto, no es un error de estilismo menor. Es la evidencia, escrita en la superficie del cuerpo de sus funcionarios, de una brecha de comprensión entre el poder y la experiencia concreta de quienes hoy están sin agua, sin luz y sin caminos para salir de sus casas.

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