Fue gracias a mi querido amigo Manuel Quevedo —químico y físico español avecindado en Colombia desde el final de la guerra civil, y a quien aprovecho de recordar con cariño— que pude acceder a una intuición que él mismo desarrolló en su tesis doctoral, donde abordaba matemáticamente el concepto de la unicidad.
Se trataba de una demostración, muy especializada y de profundas implicancias incluso filosóficas, que venía a sostener que cada elemento constitutivo del universo —hasta los más pequeños, como los átomos— es absolutamente único. Cada componente aporta algo irrepetible a la riqueza del todo del cual formamos parte. No es lo mismo ser uno que ser único: único es aquello que no se repite, lo que posee una entidad propia, una naturaleza irreemplazable.
Esta idea de unicidad resuena con fuerza en un árbol como el Queule( Gomortega keule). Porque el Queule es, en sí mismo, una expresión viva de esa irrepetibilidad: es el único representante de su género y de su familia botánica, un endemismo estricto de los bosques de Chile que no se encuentra en ningún otro rincón del planeta. Habita en pequeños refugios de la Cordillera de la Costa, en quebradas húmedas entre el Maule y el Biobío, y puede alcanzar hasta treinta metros de altura.
Sus frutos amarillos, de sabor dulce, han servido para hacer mermeladas y licores; su madera preciada fue explotada sin medida; y hasta sus huesos sirvieron como canicas para jugar. Pero hoy, catalogado como “En Peligro”, enfrenta amenazas profundas: la pérdida de su hábitat por plantaciones forestales, una escasa regeneración natural, y un problema evolutivo de fondo, pues se cree que dependía de la megafauna prehistórica —como los gonfoterios— para dispersar sus semillas. Sin ellos, el árbol quedó huérfano de su principal aliado.
Y aquí es donde lo abstracto se vuelve concreto y urgente. Porque justo en las zonas donde aún persisten estos relictos de Queule, en espacios que han sido declarados Monumento Natural y que por tanto gozan de protección legal, ha comenzado a visibilizarse un interés oculto: el de las llamadas tierras raras.
Las tierras raras son un grupo de diecisiete elementos químicos —lantánidos en su mayoría— esenciales para las industrias de alta tecnología, la economía verde, la transición energética y el armamento militar. Se usan en pantallas, turbinas eólicas, vehículos eléctricos, misiles teledirigidos y satélites espaciales.
Pero su extracción es profundamente destructiva: requiere remover capas enteras de suelo, inyectar químicos como sulfato de amonio, consume enormes cantidades de agua y energía, y deja tras de sí residuos radiactivos, suelos contaminados y paisajes devastados. En torno a ellas se libra hoy una guerra comercial y geopolítica entre potencias, especialmente entre China —que domina la producción y el procesamiento— y Estados Unidos, que busca asegurar cadenas de suministro propias bajo argumentos de seguridad nacional.
Ahora bien, lo que me preocupa de manera sustantiva —y no es malpensar, sino atender a la experiencia histórica— es que en la zona donde se produjeron los incendios forestales que analizamos como Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza, en enero de 2024, y constatamos la responsabilidad del modelo forestal chileno, en sectores como Santa Juana, Tomé y Penco, coincidían precisamente áreas de protección del Queule con proyectos vinculados a tierras raras.
No es descabellado preguntarse si esos incendios —en especial el recientemente ocurrido, tantas veces provocados, como sabemos, por intereses que buscan liberar territorio protegido— no habrían tenido como propósito allanar el camino para el extractivismo, eliminando de paso lo que la ley aún resguarda.
Porque lo que está en juego, al final, es esto: la pérdida de unicidad. Y cuando destruimos un Queule, no estamos solo perdiendo un árbol singular, estamos repitiendo un patrón que conocemos bien. Así ocurrió en el sur de Chile y Argentina con los pueblos selk’nam, yagán, kawésqar, que desarrollaron durante milenios formas de habitar un territorio hostil con tecnologías propias, con conocimientos que nunca alcanzamos a comprender del todo, y que fueron exterminados —literalmente pagados por oreja— para abrir paso a la ganadería ovina. Ese mismo mecanismo de borramiento, que tritura la diversidad biológica y cultural bajo la lógica abstracta del capital, es el que hoy vuelve a amenazar al Queule.
La unicidad no es un concepto abstracto. Es lo que hace que cada especie, cada cultura, cada forma de nombrar a la madre Tierra sea insustituible. Y cuando la voracidad del capital homogeniza, convierte todo en dinero y declara "zonas de sacrificio" territorios enteros, lo que se pierde no es solo biodiversidad: es también demo diversidad, es la posibilidad de otras formas de existir, es la memoria de cómo hemos logrado habitar este planeta durante milenios.
Por eso me preocupa que, una vez más, estemos cortándonos las piernas nosotros mismos. Al agredir al Queule —como antes agredimos a pueblos enteros— nos deshacemos de un conocimiento acumulado durante siglos, de una posibilidad de aprendizaje que quizás ni siquiera alcanzamos a dimensionar. Y lo hacemos mientras, en paralelo, se tejen negocios millonarios en torno a las tierras raras, en una nueva fase del extractivismo que se disfraza de transición energética y economía verde, pero que arrasa con los mismos vicios de siempre: desplazamientos, contaminación, abusos laborales y territorios arrasados.
No sé si la palabra "unicidad" sea la más precisa en castellano, pero lo concreto es que esta idea —que Manuel Quevedo demostró en su tesis desde las matemáticas— nos confronta con una verdad elemental: cada elemento de este universo es único, y cuando desaparece, el todo queda empobrecido de manera irreversible. Así como la muerte de un niño en cualquier bombardeo nos hiere porque es alguien único e irrepetible, la extinción de una especie como el Queule nos habla de una pérdida que no admite reemplazo.
Y lo más grave es que pareciera haber quienes no tienen conciencia de esto. Gente, a veces con poder, que no alcanza a comprender que la existencia de ese árbol, de esa cultura, de esa forma de vida, es parte de una herencia que no nos pertenece individualmente, sino que estamos obligados a transmitir. Porque si seguimos así, quienes hereden la tierra no recibirán de nosotros más que un desierto arrasado, condenados a preguntarse cómo fuimos capaces de destruir lo que nunca volverá a existir.