Seguir instalando energías renovables ya no es suficiente. La crisis climática exige acelerar el despliegue de energía solar y eólica, pero también garantizar que esa electricidad sustituya efectivamente a los combustibles fósiles. Esa diferencia, que puede parecer sutil, será clave para medir el éxito de la transición energética la próxima década.
La evidencia ya está sobre la mesa. Durante 2025, Chile habría dejado de aprovechar más de 6.000 GWh de electricidad proveniente de fuentes renovables porque el sistema eléctrico no tuvo la capacidad para transportarla, almacenarla o utilizarla en el momento en que estaba disponible.[1]
Lejos de demostrar un fracaso, esta cifra refleja el éxito de la primera etapa de la transición energética. Durante las últimas dos décadas, el gran desafío consistió en demostrar que las energías renovables podían competir con los combustibles fósiles y transformar la matriz eléctrica. Con 66% de generación limpia en 2025[2], Chile es hoy uno de los referentes latinoamericanos en generación renovable.
El problema es que seguimos evaluando ese éxito con el indicador de ayer. Durante años, la pregunta fue cuántos megawatts renovables éramos capaces de instalar. Era la pregunta correcta. Hoy ya no es suficiente.
Entonces, la discusión ya no es solo cuánta energía limpia puede producirse, sino cuánta flexibilidad tiene el sistema para aprovecharla cuando está disponible y dirigirla hacia los usos donde puede reemplazar combustibles fósiles.
La siguiente etapa exige responder otra mucho más importante: ¿qué tan rápido estamos sustituyendo los combustibles fósiles gracias a esa electricidad limpia?
La diferencia no es menor. Un parque solar que genera electricidad durante las horas de mayor radiación solo contribuye plenamente a la descarbonización si esa energía puede llegar al lugar y al momento en que tiene el potencial de reemplazar diésel, gas natural o carbón. Cuando la red está saturada, no existe suficiente almacenamiento o la demanda ocurre en otro horario, esa oportunidad se pierde.
No es solo un problema operativo. Es una oportunidad perdida para reducir emisiones.
Pensemos en un camión minero eléctrico. Su impacto climático no depende únicamente de que exista un parque solar produciendo electricidad, sino de que esa energía esté disponible cuando necesita recargarse. Si la electricidad renovable no puede aprovecharse, la operación seguirá dependiendo del diésel y por tanto no estará mitigando las emisiones que debería.
Lo mismo ocurrirá con una fundición que electrifique parte de sus procesos, con un autobús urbano o con la futura producción de hidrógeno verde. La electricidad renovable solo cumple plenamente su propósito cuando desplaza combustibles fósiles en aplicaciones reales.
Por eso, la flexibilidad del sistema será una de las condiciones centrales de la próxima década. Y muchas de las inversiones que la hacen posible serán también las menos visibles. Redes de transmisión, almacenamiento con baterías, digitalización y gestión inteligente de la demanda difícilmente ocupan titulares. Sin embargo, son las que permiten transformar megawatts instalados en emisiones evitadas.
Algunos interpretan esta situación como una señal de que las energías renovables avanzaron demasiado rápido. La conclusión debería ser exactamente la contraria. El desafío no es construir menos parques solares o eólicos, sino desarrollar con la misma velocidad la infraestructura que permitirá aprovechar todo su potencial.
Esta discusión trasciende al sector energético. Un sistema eléctrico más flexible fortalece la seguridad energética, reduce la dependencia de combustibles importados y mejora la competitividad de la economía chilena. La infraestructura que hoy parece invisible puede convertirse en una de las principales ventajas competitivas del país durante las próximas décadas.
La nueva Ruta Energética de Chile reconoce este desafío y el crecimiento acelerado del almacenamiento demuestra que Chile ya comenzó a responder. Esa es una buena noticia. Pero también deja una enseñanza: construir más generación renovable y construir un sistema capaz de aprovecharla ya no son objetivos distintos; son dos partes de la misma estrategia.
Bajo esta perspectiva, los paneles solares nunca fueron la meta. Tampoco las turbinas eólicas. Son las herramientas que elegimos para construir una economía más limpia, más resiliente y más competitiva. Lo que ocurra en Chile será observado con atención por muchos países de la región. Desde México, resulta difícil no verlo como un anticipo de los desafíos que también enfrentaremos en los próximos años.
La transición energética no se ganará cuando produzcamos más electricidad renovable. Se ganará cuando esa electricidad consiga desplazar, de forma permanente, a los combustibles fósiles que todavía sostienen buena parte de nuestras economías.
Para profundizar en estos desafíos y conocer las soluciones que están transformando los sistemas eléctricos, te invitamos a explorar el Energy Hub de Carbon Trust. Ahí encontrarás análisis, perspectivas y recursos sobre flexibilidad del sistema, almacenamiento de energía, electrificación y otras tendencias clave que están definiendo la siguiente etapa de la transición energética.
Referencias
[1] Ministerio de Energía lanza Ruta Energética 2026–2030 con hoja de trabajo concreta para el sector | Ministerio de Energía
[2] Participación en la generación de electricidad en Chile en 2025, Porcentaje de participación. Datos disponibles en Electricity Data Explorer | Ember