sábado 01 de agosto de 2026

El biblionauta 9: "Una suerte pequeña", de Claudia Piñeiro

Por sobre todo, este es un libro que nos habla del dolor crónico, de la tristeza alojada para siempre en nuestra psique.

1 de agosto de 2026 - 11:45

Por supuesto que no soy un crítico literario y que lo que hago no es crítica literaria. Esto se debe, al menos, a razones. La primera es mi ausencia de formación especializada en literatura. Apenas soy un lector compulsivo que oficia de comentador. La segunda razón por la que no puedo ser un crítico es culpa de personas como la escritora argentina Claudia Piñeiro. Porque un libro como el de esta columna solo se puede comentar. La palabra “crítica” se hace virtualmente imposible de aplicar a una novela como esta, que, para mí, roza o incluso alcanza la perfección.

Las novelas son ficción, son fábulas, son invenciones de cosas que no han ocurrido. En cierto sentido, son mentiras. Voluntariamente, escuchamos a un narrador o leemos a un escritor que nos dice que algo sucedió, que tales personas vivieron tales y cuales cosas y aceptamos ingresar a un mundo inventado, imaginario. Pero a veces, solo a veces, algunos de esos escritores cuentan tan bien, conectan tan profundo, que nos diluyen la línea entre lo cierto y lo imaginario.

De pronto, lo que leemos tiene que haber ocurrido, los hechos se desarrollaron realmente en alguna dimensión a la que no podríamos haber llegado si no fuese de la mano de alguien como Piñeiro. Y, sin darnos cuenta, Mary Lohan, Marilé Lauría y María Elena Pujol existen en alguna parte y sentimos que podríamos encontrárnoslas en alguna calle de Trenque Lauquén, caminando absorta en sus pensamientos.

Algunos, incluso, les diríamos que siempre, desde la primera a la última palabra leída, hemos estado con ellas y de su parte. Y también existen los demás, en especial el infinitamente querible y dulce Robert. Y lo que se cuenta, sin duda, tiene que haber sucedido, porque, de otro modo, no pudo ser contada de la manera en que lo ha sido. Piñeiro disuelve la antinomia realidad-ficción.

¿Su novela miente cuando cuenta estos hechos? Ya no lo sé. ¿Se puede contar con esta maestría lo que no ha ocurrido? Como lo señala tan bien uno de los personajes, cuando una escritora miente con tanta verosimilitud es porque sabe de lo que habla, es porque de algún modo aquello de lo que habla ha sucedido, de alguna forma, en algún lugar, a alguien.

Como siempre, pero como nunca, obedeceré mi regla de no adelantar absolutamente nada de la trama. Les pediré un acto de confianza pura en esta recomendación, para que se enfrenten sin precauciones a una lectura que no da tregua y que atrapa sin posibilidad de escape.

No me avergüenza decir que lloré después de las últimas páginas. Pero esa reacción emocional no surgió de un melodrama barato, que más bien me produce hilaridad, sino del viaje más exquisito y sobrio a las profundidades para descubrir quiénes somos. Las distintas emociones que se desatan leyendo este libro, por inmiscibles que parezcan en un primer momento, conviven juntas y nos hablan a una sola voz, ensordecedoramente, como la bocina de un tren que se acerca advirtiendo su presencia.

Las formas en que los humanos nos relacionamos con la culpabilidad, con el juicio, con el perdón o su ausencia, se nos muestran aquí, sin filtros ni adornos. Están los mezquinos que abandonan cuando más se les necesita y aquellos extraños de cuya amabilidad e inesperada ternura podemos llegar a depender cuando la soledad se hace total. Están también los que no pueden hacer más de lo que hacen, los dañados y los que están rotos, los que juzgan sin piedad y a veces desde la total hipocresía.

Sí, está ese enorme grupo de humanos dispuestos a lanzar sus sentencias, casi siempre condenatorias, desde un púlpito imaginario al que nos subimos porque, sin evidencias de ninguna clase, nos creemos mejores y estamos seguros, estúpidamente seguros, de que, puestos en el trance que otro ha vivido, lo haríamos muchísimo mejor.

Por sobre todo, es un libro que nos habla del dolor crónico, de la tristeza alojada para siempre en nuestra psique. Compartiendo la bella reflexión de Alice Munro, cuyas palabras Piñeiro cita al comienzo del libro, asumimos que ciertos dolores, ciertas tristezas, aunque no nos quiten la vida, aunque no nos destruyan definitivamente, simplemente no dejarán de acompañarnos mientras estemos vivos y, probablemente, nos quiten algo de vida, se nos crucen en una risa y nos la moderen.

Esta historia nos reconcilia con la inevitabilidad de eventos y situaciones que no podemos controlar, porque lo que ha de suceder no es previsible y porque lo ocurrido ya no es modificable. Y, tras esa reconciliación, o resignación si se prefiere, nos recuerda algo crucial: de lo único de lo que podemos reclamarnos dueños es de la forma de enfrentar nuestras historias, nuestros pasados y los hechos que nos tocan.

Es un libro que habla de la valentía para hacer lo que creemos que se debe hacer aunque te desgarre el corazón, aunque absolutamente nadie lo entienda, ni siquiera los que más amas, y a pesar de que ello te condene a la soledad completa, aquella que te hace depender de la amabilidad de los extraños. Habla del coraje de volver sobre los fantasmas y encarar por fin aquello de lo que se ha huido por años o décadas, solo por la posibilidad remota de recuperar algo de lo perdido.

Es también un libro sobre la nostalgia de las seguridades de nuestra niñez, por precarios o limitados que hayan sido los recursos, pues, si se ha tenido la suerte de tener padres o adultos cariñosos, es la incondicionalidad del amor lo que probablemente nunca volvamos a encontrar cuando crezcamos. Ese vacío que deja la muerte de una madre o de un padre es imposible de llenar y, por ello, suele ser uno de esos dolores crónicos.

He dicho lo mínimo sobre este libro sin decir mucho de él, porque no quiero poner en riesgo el privilegio de su viaje por esas páginas que, al menos a mí, me han dejado sin aliento. Alguien lo leyó antes que yo y me lo recomendó. Le estaré eternamente agradecido por esa recomendación. Y, espero, usted lo estará conmigo.

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