Cada septiembre, desde el retorno a la democracia, Chile vuelve sobre una fecha que forma parte de nuestra historia y de nuestra memoria colectiva. A 53 años del golpe de Estado, la conmemoración invita a preguntarnos qué lugar otorgamos a la memoria y quiénes tenemos la responsabilidad de mantenerla viva. Y más aún, quienes nos dedicamos a la educación y al cuidado nos preguntamos cómo enseñar a cuidar a otros acogiendo las identidades y memorias que los constituyen.
La memoria forma parte de nuestra identidad, tanto individual como colectiva. No es solamente un ejercicio de recuerdo, sino una dimensión que atraviesa nuestras biografías, nuestras relaciones y las formas en que comprendemos el mundo. Las experiencias vividas se transmiten entre generaciones y nos permiten situarnos, comprender de dónde venimos y reconocer aquello que somos. También influyen en la manera en que vivimos la salud, la enfermedad y el cuidado.
Las historias que llegan a los espacios sanitarios no comienzan en la sala de espera. Quien consulta trae consigo una biografía, una historia familiar y un contexto social y cultural. Trae experiencias, pérdidas, logros, silencios, temores y recuerdos que pueden ser relevantes para comprender no sólo aquello que le ocurre, sino también la forma en que lo experimenta. La enfermedad nunca sucede en el vacío: ocurre en una vida concreta, marcada por vínculos, experiencias y memorias.
Por eso la escucha adquiere una relevancia fundamental. Escuchar a una persona implica reconocer que su relato no existe de manera aislada, sino que está atravesado por historias familiares, culturales y colectivas. Significa comprender que detrás de cada síntoma existe una experiencia humana que merece ser considerada. Dar espacio a esas historias, especialmente a aquellas que durante años no encontraron lugares donde ser escuchadas, puede convertirse también en una forma de cuidado.
La educación médica tiene, por tanto, una responsabilidad que va más allá de la transmisión de conocimientos científicos. No basta con formar profesionales técnicamente competentes si esa formación permanece ajena a los contextos históricos, sociales y culturales en los que viven sus pacientes. Una educación médica descontextualizada corre el riesgo de formar personas capaces de reconocer una enfermedad, pero no necesariamente de comprender a quien la padece.
Esta responsabilidad adquiere una dimensión aún mayor cuando hablamos de historias marcadas por la violencia política y las vulneraciones de derechos humanos. Las consecuencias de esos procesos no quedaron confinadas al pasado ni a los libros de historia. Persisten en las trayectorias de vida de quienes los vivieron, en sus familias y, muchas veces, en generaciones posteriores. Las experiencias dejan huellas que pueden manifestarse de múltiples formas, influyendo en la confianza hacia las instituciones, en las relaciones con los otros y en la manera de habitar el mundo.
Recordar y visibilizar estos hechos no exige compartir una determinada posición política. Implica reconocer acontecimientos que forman parte de nuestra historia común y comprender las consecuencias que las vulneraciones de derechos humanos tienen sobre las personas y las sociedades. Se trata de un compromiso ético básico con la dignidad humana. También de una convicción sencilla pero indispensable: que ninguna diferencia de ideas justifica el sufrimiento, la persecución o la violencia ejercida sobre otros.
Desde la medicina y desde la formación de quienes tendrán la labor de cuidar, escuchar y reconocer esas memorias es también una forma de mantenerlas vivas. Por esa razón, durante este mes decidimos junto a nuestros estudiantes salir del aula tradicional y trasladar uno de nuestros talleres a un espacio de memoria. Visitamos el Parque Cultural de Valparaíso, emplazado en la antigua cárcel pública de la ciudad, y recorrimos un lugar donde la historia permanece inscrita en sus muros, en sus relatos y en quienes los preservan.
La experiencia buscaba algo más que conocer hechos históricos. Pretendía que los estudiantes comprendieran que las ciudades, al igual que las personas, guardan memorias visibles e invisibles. Que muchas veces las historias de dolor, miedo, pérdida o resistencia permanecen bajo la superficie de la vida cotidiana. Que detrás de muchos rostros con los que nos encontraremos en hospitales y consultorios existen experiencias que quizá nunca serán mencionadas explícitamente, pero que continúan influyendo en la forma en que esas personas viven, sufren y buscan ayuda.
Quizá una de las tareas más importantes de la educación sea precisamente esa: enseñar a mirar aquello que no siempre es evidente. Formar profesionales capaces de reconocer que cada persona es más que un diagnóstico y que toda biografía contiene capas de significado que merecen ser respetadas. La memoria no pertenece únicamente al pasado. Habita el presente y se expresa en nuestras relaciones, en nuestras instituciones y en nuestras formas de cuidado.
Por eso recordar no es solamente un acto de conmemoración. Es también un ejercicio de responsabilidad y de humanidad. En tiempos donde la velocidad de la información puede empujarnos al olvido, mantener viva la memoria constituye una forma de cuidado colectivo. Porque quien aprende a escuchar las memorias de otros aprende también a reconocer su dignidad.
Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes que puede ofrecer la medicina: comprender que cuidar no consiste únicamente en aliviar el sufrimiento físico, sino también en reconocer la historia humana de quien tenemos delante. Sólo desde ese reconocimiento podremos construir una convivencia más respetuosa, más consciente y verdaderamente comprometida con que el dolor provocado por la vulneración de los derechos humanos no vuelva nunca más a repetirse.