sábado 24 de octubre de 2026
Opinión

Día contra el Cambio Climático: un buen invierno no cierra una megasequía

Quizás una nueva megasequía no llegue mañana, pero debemos prepararnos para enfrentarla y evitar que nos vuelva a tomar por sorpresa. En el Día Internacional contra el Cambio Climático, el acento debe estar en lo que estamos dispuestos a hacer hoy para enfrentarlo.

24 de octubre de 2026 - 07:00

El Día Internacional contra el Cambio Climático nos invita a reflexionar sobre dónde estamos y qué estamos haciendo. Este año el balance llega después de un invierno de lluvias y nieve abundantes en varias zonas del país. Aunque es tentador leerlo como una buena noticia, no basta para dar por superado el problema de fondo.

Desde 2010, la zona central vive un período seco sostenido, con años extremos como 2019 y 2021. Este fenómeno afecta con intensidad a las regiones donde se combinan alta densidad de población, fuerte presión productiva y menor disponibilidad hídrica relativa.

Sin embargo, este invierno dejó superávit en parte de la zona central: a fines de agosto, el embalse Los Aromos (Valparaíso) acumulaba 30,6% más lluvia de lo normal para la fecha, y la nieve registrada por la red de la Dirección General de Aguas (DGA) superaba lo histórico en 76% a nivel nacional (Vicuña, 2026). ¿Son estas lluvias solo una buena noticia o marcan el fin de un período de escasez hídrica extrema? Respecto de esto último, hay cuatro razones que invitan a la cautela.

La primera es que los sistemas naturales tienen memoria de largo plazo. Las napas freáticas y la vegetación responden al agua acumulada durante varios años y no a la de un solo invierno. El nivel de los pozos se relaciona mejor con la precipitación de los dos años previos que con la del año en curso. El estrés hídrico acumulado durante la megasequía no desaparece con uno o dos inviernos favorables (Vicuña, 2026).

La segunda razón para tener cautela se debe a las características de estas precipitaciones. Hemos visto que las lluvias no se están distribuyendo como tradicionalmente lo hacían, con cierta gradualidad y dispersión en el tiempo. Más bien lo que se observa hoy en día son grandes eventos de precipitaciones que vienen acompañados de inundaciones, y otros efectos indirectos como cortes de luz y agua. Las posibilidades de aprovechar el agua se reducen por la intensidad de las lluvias y el aumento de la exposición a eventos extremos.

En tercer lugar, la crisis no solo es meteorológica, sino que también institucional. Como advierte un estudio de Guillermo Donoso (2026), entre 2000 y 2023 las sentencias judiciales sobre aguas pasaron de niveles bajos y estables a un crecimiento sostenido desde 2010, con máximos en 2022 y 2023. La vía judicial muestra solo una parte de la conflictividad, porque otras disputas se canalizan por otras vías o se mantienen latentes sin llegar a instancias formales.

La cuarta y última razón para tener cautela es la frecuencia de los eventos extremos. Según un estudio liderado por el investigador del CR2, René Garreaud (Garreaud et al., 2025), el intervalo entre años extremadamente secos en la zona central ha variado entre 10 y 60 años durante los últimos seis siglos. Sin embargo, en el último medio siglo la frecuencia se acortó de un modo anómalo en ese contexto. Las simulaciones climáticas indican que el número de sequías extremas se duplicó entre 1921 y 1970 y entre 1971 y 2020, indicando que volvería a duplicarse entre 2021 y 2070.

Las lluvias recientes nos dan un alivio innegable, pero no borran el diagnóstico de fondo: los efectos de la megasequía persisten y habitamos un clima menos predecible y más hostil. El cambio climático no se reduce simplemente a “más o menos agua”, sino a una profunda alteración de los ciclos del clima que genera imprevisibilidad, multiplica los eventos extremos e impacta con la misma fuerza en escasez y abundancia.

Sin duda, el aumento de las precipitaciones puede ser una buena noticia, especialmente para quienes dependen directamente del agua en sus modos de vida y producción, pero esto no puede hacernos perder de vista el desafío de fondo: cómo nos adaptamos a un clima cada vez más cambiante y menos predecible. Quizás una nueva megasequía no llegue mañana, pero debemos prepararnos para enfrentarla y evitar que nos vuelva a tomar por sorpresa. En el Día Internacional contra el Cambio Climático, el acento debe estar en lo que estamos dispuestos a hacer hoy para enfrentarlo.

Chile ha ido paulatinamente aumentando sus esfuerzos en la adaptación al cambio climático que, si bien han permeado el aparato público, aún quedan esfuerzos por realizar: transición socioecológica justa y mejorar la capacidad de anticipación y de respuesta preventiva, entre otros. Junto con eso, que los instrumentos implementados se traduzcan en capacidades que permitan a los territorios adaptarse al cambio climático. Particularmente, en el caso de la gestión hídrica, esto no tiene que ver solamente con la implementación de la reciente normativa hídrica, sino también con cómo resolvemos los problemas pendientes relativos al uso y la distribución del agua.

Iniciativas como la Red por el Agua, que promueve la colaboración entre la ciencia, las instituciones y las comunidades para fortalecer la gestión del agua y la adaptación al cambio climático en la cuenca del Aconcagua, muestran la importancia de construir respuestas colectivas desde los territorios. Porque frente a un clima cada vez más cambiante, necesitamos organizarnos, compartir conocimientos y actuar hoy para que los próximos eventos extremos no nos vuelvan a tomar por sorpresa.

*Esta columna también fue escrita por Daniella Gac, Marco Billi, Bernardo Reyes, Catalina Moreno y Javiera Romero.

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