Las lluvias recientes en Santiago han vuelto a mostrar una realidad incómoda: no es el clima el que colapsa la ciudad, sino la forma en que hemos decidido ocupar el territorio. En un contexto de cambio climático, donde los eventos extremos son cada vez más frecuentes e intensos, la planificación territorial deja de ser un instrumento técnico para convertirse en una herramienta clave de resiliencia urbana, y muchas veces para salvar la vida de las personas. Sin embargo, en Chile, sigue operando con debilidades estructurales, de manera centralista y con instrumentos que aún no incorporan la crisis climática.
Cuando un sistema urbano falla frente a las lluvias, lo que se expresa no es únicamente un déficit de infraestructura, sino una acumulación de errores en la toma de decisiones. La ocupación de zonas de riesgo es quizás el ejemplo más evidente. Muchos patrones de asentamiento —campamentos en el lecho del río Mapocho, como es el caso en Talagante o urbanizaciones que avanzan sobre quebradas y humedales— no sólo exponen a las personas, ponen en riesgo nuestra propia fuente de supervivencia: el agua.
Ocupar un cauce o rellenar un humedal destruye la infraestructura natural que regula las crecidas y recarga los acuíferos; protegerla es, antes que una restricción, una estrategia de resiliencia. Sin embargo, sería un error pensar que esta problemática afecta exclusivamente a los sectores más vulnerables.
Las lluvias también evidencian que las decisiones de planificación territorial en sectores de altos ingresos no están exentas de riesgos. La Quebrada Honda, en la comuna de Las Condes, es un ejemplo claro. El desarrollo urbano en zonas de pendiente y con dinámicas naturales activas que aumentan la exposición a remociones en masa y escorrentías intensas. Aquí no hay informalidad, pero sí decisiones que subestiman el comportamiento del territorio
El problema de fondo es que seguimos planificando con instrumentos que no reconocen la magnitud actual del riesgo: el Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS) vigente fue elaborado cuando el cambio climático no formaba parte de las variables de la planificación territorial. Hoy riesgos y cambio climático han convergido, y esa convergencia nos obliga a planificar el territorio con otros supuestos.
Esto nos obliga a ampliar el diagnóstico. No se trata sólo de dónde vivir en la ciudad, sino de cómo la ciudad interactúa con su geografía. Santiago ha avanzado sobre zonas de riesgo, ha canalizado cursos de agua y, sobre todo, ha impermeabilizado extensas superficies, reduciendo la capacidad natural de absorción del suelo. Cada nueva urbanización que no considera estas variables aumenta el riesgo sistémico, trasladando los impactos aguas abajo o a otras comunas.
El principal obstáculo para abordar en serio la planificación urbana es la fragmentación institucional, que dificulta una gestión integrada del territorio. La planificación urbana, la gestión de aguas lluvias y la protección ambiental operan bajo lógicas sectoriales, cuando en realidad requieren una mirada de cuenca. Las lluvias no respetan límites administrativos, pero nuestras políticas públicas, desafortunadamente sí lo hacen.
Frente a este escenario, la respuesta no puede seguir siendo reactiva. Es imprescindible actualizar nuestros instrumentos desde una perspectiva de planificación ecológica —hoy mandatada por la Ley 21.600— que asegure que el sistema ecológico no sea sacrificado por nuestro desarrollo urbano y territorial. A ello se suma que el cambio climático exacerba los riesgos existentes y trae consigo riesgos nuevos, como la escasez hídrica y precipitaciones intensas concentradas en períodos breves, que debemos anticipar, capturar y aprovechar: cada milímetro que cae sobre Santiago es agua que podemos infiltrar, almacenar y devolver a la ciudad en sus meses secos.
También es necesario actualizar los criterios con los que planificamos. El cambio climático exige estudios de riesgo actualizados, incorporar escenarios de mayor incertidumbre y promover soluciones basadas en la naturaleza: parques inundables, jardines de lluvia, restauración de quebradas, protección de humedales urbanos y aumento de superficies permeables, avanzando hacia lo que se conoce como ciudad esponja, una ciudad que evita las inundaciones y, al mismo tiempo, maximiza la captación y el aprovechamiento del agua.
Estas no son ideas abstractas, sino políticas concretas implementadas exitosamente en ciudades como Copenhague, Rotterdam o Shenzhen, que han entendido que la resiliencia se construye desde el territorio. Pero este sistema frontal también mostró que no todo es malo. Las obras de colectores impulsadas por el Gobierno Regional y Nacional en Maipú y Pudahuel impidieron que muchas familias se anegaran. Un trabajo integrado entre los niveles del Estado, hoy reforzado por un convenio de programación de colectores.
Todo eso es un avance importante, pero aún insuficiente. Se abre, entonces, un debate institucional ineludible. La planificación territorial en la Región Metropolitana —hoy articulada a través del Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS)— debe fortalecerse desde una gobernanza regional. Traspasar esta competencia al Gobierno Regional permitiría una mayor coherencia estratégica, articulando desarrollo urbano, infraestructura y protección ambiental bajo una misma visión.
El enfoque territorial es, además, lo que vuelve efectiva la planificación: coordina las acciones en el territorio para que lo proyectado encuentre concreción. En ese contexto, resulta fundamental fortalecer la descentralización, y reponer el decreto que transfiere esa competencia al Gobierno de Santiago.
Las lluvias no son una anomalía, son una constante que se volverá cada vez más exigente. En una región marcada por la escasez hídrica, la lluvia debiera leerse siempre como una buena noticia y no como una amenaza. Que así sea depende de planificar, de mirar el territorio como un todo y de usar las herramientas de la planificación ecológica y de la evaluación de riesgos actualizada al cambio climático, para que cada sistema frontal se traduzca en agua capturada y no en emergencia. Porque cada invierno que colapsa Santiago no es una sorpresa: es el resultado predecible de la ciudad que no planificamos.