Nadie ha visto el viento y posiblemente nunca alguien lo verá. Sin embargo, sabemos que existe cuando las nubes cruzan el cielo, cuando las ramas de los árboles se agitan, cuando el polvo se levanta desde el suelo, cuando flamea una bandera o cuando se eleva un volantín. El viento no se observa directamente, pero notamos su presencia por lo que él provoca en el ambiente.
Algo parecido ocurre con la corrupción en Chile, especialmente con esa forma premeditadamente esquiva y críptica que podríamos llamar corrupción asintomática: aquella que no deja ridículas clases de ética, ni portadas de diarios, ni tramitadas acusaciones constitucionales; pero que sigilosamente distorsiona decisiones, desvía recursos y desordena prioridades públicas.
¿Cómo observar lo que no se ve? La respuesta es más científica que filosófica. Existen métodos que pueden encasillarse en cuatro clases para estimar la probabilidad de existencia de alguna corrupción oculta.
Aunque esta clasificación no es exhaustiva, porque hay otras clases de métodos, como tampoco es exclusiva —ya que ellas tienen componentes comunes—, generalmente se acepta a la Detección de Anomalías, a los Problemas Inversos, a la Identificación de Sistemas y a las Variables Latentes como útiles herramientas para develar lo que intencionalmente se esconde en las organizaciones.
Detección de Anomalías: cuando algo “no cuadra”
Estos métodos consisten en observar la realidad y preguntarse: ¿esto se comporta como debería? Si una licitación siempre la gana el mismo proveedor, si una obra pública cuesta mucho más que en comunas similares, o si ciertos permisos se tramitan con una rapidez sorprendente: algo se sale de lo normal. Esta familia de métodos requiere un tratamiento estadístico o una base teórica del comportamiento de organizaciones probas para configurar un patrón conductual.
Entonces, si alguna variable del organismo público en cuestión escapa a esa referencia, es señal de que algo en él puede estar ocurriendo. El problema de estos métodos es que una rama del árbol puede estar agitándose ampliamente no debido a una ráfaga de viento, sino a una ardilla que trepa entre su frondosidad. De igual forma, un sobreprecio no necesariamente obedece a corrupción: puede ser el resultado de una simple torpeza.
Problemas Inversos: inferir a partir de los efectos
Aquí el enfoque se invierte. En lugar de partir del viento para explicar lo que ocurre, se parte de los efectos observados para reconstruir sus posibles causas. Si las hojas oscilan en cierta dirección y con cierta intensidad, podemos estimar la velocidad y trayectoria del viento que no vemos.
En el ámbito público, esto implica medir resultados, tales como asignaciones presupuestarias, contrataciones de personal, adjudicación de proyectos; e intentar inferir qué tipo de fuerzas los generaron. No se trata solo de detectar que algo es extraño, sino de modelar qué combinación de causas podría producir exactamente ese resultado.
El desafío es que distintos “vientos” pueden generar movimientos similares: una decisión puede explicarse tanto por corrupción como por incompetencia o incluso por la convergencia de varios eventos azarosos. Por eso, los métodos de Problemas Inversos no entregan certezas absolutas, pero sí reducen drásticamente el espacio de explicaciones plausibles.
Identificación de Sistemas: comprender las reglas del juego
Si el viento interactúa con un ecosistema, sus efectos dependerán de cómo ese ambiente responde. No es lo mismo una ráfaga sobre un pastizal que sobre las velas de un barco o que sobre la fachada de un edificio. La identificación de sistemas busca entender esas “reglas de respuesta”: cómo reacciona una organización frente a distintos estímulos.
En términos simples, intenta modelar el comportamiento interno de una institución conociendo sus entradas (reglamentos, costumbres, incentivos) y sus salidas (resultados). Si la función de respuesta está bien identificada, es posible prever cómo debería comportarse la organización. No vemos el viento, pero empezamos a entender cómo debería ascender una columna de humo conociendo su composición química, concentración, temperatura y tamaño de las partículas de dicha emanación.
Variables Latentes: existe, aunque no se mida
Finalmente, hay factores que simplemente no se observan de manera directa, pero que influyen en lo que sí vemos; es decir, se manifiestan en otras variables. En meteorología, la presión atmosférica o las diferencias de temperatura, aunque invisibles a nuestros ojos, son fundamentales para explicar el comportamiento del viento.
En las organizaciones, ocurre algo similar con elementos como la cultura institucional, las redes informales, los conflictos de interés o los grados de captura regulatoria. Estas son variables latentes: no aparecen en los informes ni en las planillas, pero modelan las decisiones.
A través de técnicas estadísticas y modelos teóricos, es posible estimar su presencia a partir de patrones observables. Cuando múltiples indicadores aparentemente desconectados comienzan a alinearse, lo que emerge no es un dato aislado, sino la manifestación de que algo ocurre.
En rigor, estas clases de métodos pueden entenderse como formas complementarias de leer al viento de la corrupción sin verlo directamente. La Detección de Anomalías advierte que las ramas del organigrama se mueven de un modo extraño; los Problemas Inversos intentan estimar qué tipo de vendaval podría haber desviado tan cuantiosa suma de dinero; la Identificación de Sistemas devela la intimidad de esa maraña institucional por donde incide el aire; y el estudio de Variables Latentes busca aquellos elementos ambientales donde se manifiesta la brisa del abuso de poder.
Consideradas en conjunto, estas cuatro clases de métodos no constituyen una prueba definitiva de corrupción en los organismos públicos chilenos, pero sí van disipando la niebla que protege a lo invisible. Cada indicio por sí solo puede parecer un mero accidente o una simple negligencia; pero cuando todos apuntan en la misma dirección, la casualidad, la inexperiencia y la torpeza como explicaciones comienzan a perder verosimilitud. Estos métodos no entregan una verdad sólida, pero sí dibujan, con trazos cada vez más nítidos, la silueta de aquello que intenta permanecer oculto.
Porque el verdadero problema de lo inobservable no es su invisibilidad, sino nuestra disposición a ignorar las señales que, con porfiada insistencia, nos indican que algo grande y peligroso, aunque no lo veamos, está efectivamente en movimiento. Y lo peor es que ese movimiento es en contra de nosotros.