Durante dos semanas, entre el 25 de julio y el 8 de agosto, Ámsterdam no solamente celebró un Pride. La ciudad decidió mostrarle al mundo qué ocurre cuando la diversidad deja de ser tratada como un problema y comienza a entenderse como parte de la democracia.
WorldPride Amsterdam 2026, bajo el lema “ UNITY”, convirtió a la capital de Países Bajos en un punto de encuentro mundial. Su apertura contó con la presencia de la reina Máxima, autoridades como el Primer Ministro Rob Jetten (abiertamente gay) quien ahí mismo anunció una subvención de 22,5 millones de euros para la comunidad LGBTIQA+ y, durante sus jornadas, convivieron la histórica Canal Parade, fiestas en las calles, conciertos, cultura, deporte, encuentros comunitarios, espacios para distintas expresiones de la diversidad y una Conferencia Internacional de Derechos Humanos.
Pero lo que más impresiona no son solamente los grandes escenarios ni las banderas. Es la normalidad.
Ver una ciudad completa vestida de colores. Banderas colgando desde balcones y edificios. Familias caminando juntas. Niños, niñas y jóvenes compartiendo los espacios con personas mayores. Personas con movilidad reducida incorporadas a las actividades. Turistas, autoridades, activistas y ciudadanos haciendo suyo un mismo mensaje: “la diversidad también pertenece a la ciudad”. Y entonces aparece inevitablemente la pregunta: ¿Y Chile?
Mientras Países Bajos celebra 25 años desde que abrió un camino histórico al convertirse en el primer país del mundo donde pudieron celebrarse legalmente matrimonios entre personas del mismo sexo, en Chile observamos con preocupación señales que parecen caminar en sentido contrario. Allá se discute cómo profundizar derechos. Acá seguimos defendiendo espacios que creíamos conquistados. Allá las instituciones participan públicamente. Acá demasiadas veces encontramos silencio.
Y quizás uno de los ejemplos más dolorosos sea el de “Marcela Dimonti”, histórica activista trans chilena y protagonista de las primeras luchas de la diversidad sexual en nuestro país. Su trayectoria representa décadas de resistencia, persecución, memoria y lucha por la igualdad. Que una figura chilena como ella pueda ser reconocida internacionalmente mientras en su propio país su historia continúa prácticamente ausente de los grandes medios y del reconocimiento institucional debería, al menos, incomodarnos.
Porque un país también demuestra cuánto valora los derechos humanos por la manera en que trata a quienes abrieron camino cuando hacerlo tenía costos enormes.
Tuve el privilegio de conocer WorldPride desde dentro gracias a una beca internacional del “Global UNITY Program”. Llegué a Ámsterdam como activista desde la Patagonia chilena y fui recibido con alojamiento, transporte público, apoyo económico, obsequios de bienvenida y acceso a las distintas actividades del programa.
Pero el verdadero privilegio no estuvo en el hotel ni en las entradas. Estuvo en observar. Observar cómo se organiza un orgullo mundial cuando existe planificación, recursos, accesibilidad y voluntad de incorporar a personas de distintas edades, territorios y realidades.
Vi actividades culturales y deportivas. Vi espacios pensados para personas mayores y jóvenes. Vi accesibilidad para personas con movilidad reducida. Vi activistas provenientes de distintos rincones del planeta sentados en una misma ciudad discutiendo sobre derechos humanos. Y comprendí algo que en Chile todavía nos cuesta entender: un Pride no es solamente una fiesta ni una marcha una vez al año. También es política pública, cultura, memoria, deporte, educación, turismo, economía, derechos humanos y construcción de ciudadanía. Por eso regresar a Chile deja un sabor amargo.
Especialmente cuando uno viene de una ciudad que durante dos semanas mostró que las instituciones pueden acompañar públicamente a las diversidades sin que el país se derrumbe. Todo lo contrario: la ciudad continúa funcionando mientras miles de personas celebran que pueden existir sin esconderse.
No pretendo idealizar a Países Bajos. Ninguna sociedad está libre de discriminación y ningún derecho conquistado es irreversible. Precisamente por eso WorldPride no fue solamente una celebración, también fue un recordatorio de que los derechos deben defenderse permanentemente.
Y Chile debería tomar nota. Porque cuando una política pública desaparece, cuando un espacio institucional dedicado a las diversidades se debilita o cuando el Estado guarda silencio frente a quienes han dedicado una vida entera a conquistar igualdad, no estamos hablando únicamente de burocracia. Estamos hablando de señales. Y las señales importan.
Me preocupa pensar que durante los próximos años nuestra energía deba concentrarse más en impedir retrocesos que en conquistar nuevos derechos. Pero nuestra historia también demuestra algo: las diversidades nunca hemos esperado sentadas a que alguien nos regale dignidad.
Seguiremos aquí. No nos iremos a ninguna parte. Seguiremos organizándonos desde Santiago y desde la Patagonia; desde las grandes ciudades y desde los territorios donde muchas veces ser visible todavía requiere valentía. Seguiremos construyendo vínculos que atraviesan familias, generaciones y fronteras.
Porque WorldPride Amsterdam me dejó una certeza: cuando personas provenientes de tantos lugares pueden encontrarse bajo una sola palabra —UNITY— uno entiende que nuestra comunidad es mucho más grande que cualquier frontera. Volví a Chile con tristeza por la distancia que todavía nos separa, pero también con una pregunta que debería interpelar a nuestras autoridades: Si otros países fueron capaces de avanzar, ¿por qué nosotros deberíamos resignarnos a retroceder?
Algún día espero ver nuestras ciudades viviendo una diversidad así: accesible, intergeneracional, cultural, deportiva, política y profundamente humana. No necesitamos convertirnos en Ámsterdam. Necesitamos construir un Chile que esté a la altura de su propia diversidad. Y para eso no basta con colgar una bandera una vez al año. Hace falta voluntad. Hace falta memoria. Y, sobre todo, hacen falta derechos.