Para hacer frente a la sequía y a los efectos de la crisis climática y el calentamiento global en la zona central de Chile, la ciencia actual está encontrando respuestas efectivas al integrar las prácticas de los pueblos originarios con la investigación moderna, alejándose de los costosos insumos químicos.
Un enfoque accesible, sustentable y económicamente viable para la agricultura familiar radica precisamente en rescatar el modelo de la milpa e incorporar microorganismos benéficos.
¿Qué es la milpa?
Originaria de Mesoamérica, se trata de un sistema agrícola tradicional que apuesta por la coexistencia de policultivos, en donde conviven diferentes especies de semillas que se ayudan a crecer mutuamente, dando origen a una diversidad de plantaciones.
Originaria de Mesoamérica, la milpa consiste comúnmente en la siembra conjunta de maíz, poroto y zapallo en una misma parcela.
Estas plantas actúan de forma coordinada: la estructura alta del maíz brinda soporte a las guías (tallos delgados) del poroto; este último captura el nitrógeno atmosférico y lo fija en la tierra para nutrir al conjunto; finalmente, el zapallo expande su follaje sobre la superficie, creando una capa vegetal que frena la evaporación del agua, contiene el surgimiento de malezas y protege el terreno del calor directo.
La milpa como opción sostenible frente a la escasez hídrica
El Dr. Pablo Cornejo, investigador principal del laboratorio de Fisiología del Estrés del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF), participó en dos artículos científicos que abordan la aplicación de esta técnica ancestral combinada con inoculantes específicos (bacterias u hongos que se aplican a las plantas) para optimizar el rendimiento de las plantaciones.
En lugar de sembrar un único cultivo en grandes superficies —práctica que agota la tierra y la vuelve vulnerable al déficit de agua—, la integración de distintas especies fomenta la liberación de nutrientes mediante sus raíces, estimulando la biología del suelo y aumentando su fertilidad natural sin necesidad de abonos sintéticos.
Este aprovechamiento estratégico del terreno incrementa de manera sustancial la productividad general en comparación con los monocultivos.
Las investigaciones que sintetizan este trabajo continuo corresponden a las publicaciones “Evaluating maize-legume-cucurbit intercropping for enhancing drought resilent smallholder agricultural systems of Central Chile” y “Design and Testing of Microbial Synthetic Communities (SynComs) for Potential Use in Maize, Legume and Cucurbit Oriented to Improve Intercropping Under Drought Conditions”.
El maíz ocupa el estrato superior y puede servir de soporte al poroto, el que por su parte aporta nitrógeno mediante fijación biológica con bacterias en sus raíces, mientras que el zapallo cubre el suelo, limita el crecimiento de malezas y ayuda a conservar la humedad.
Sus raíces también exploran distintos sectores del suelo. “Por ello es un ejemplo emblemático de asociación, donde las especies utilizan de manera complementaria la luz, el agua y los nutrientes”, recalca el Dr. Cornejo.
Por otro lado, la incorporación de comunidades de bacterias y hongos benéficos en la tierra potencia notablemente el rendimiento de este sistema.
Dichos microorganismos se acoplan al tejido radicular, actuando como una extensión que permite captar agua y minerales en capas más profundas del subsuelo, manteniendo la productividad de las plantas aun bajo sequías severas.
¿De qué depende la implementación de la milpa?
El experto explica que la eficiencia de la milpa "depende de las variedades, la densidad de siembra, el clima y las características de cada territorio". De ahí que los estudios en territorio nacional resultan relevantes.
Respecto a los hallazgos de la investigación, “el principal valor científico consiste en transformar un conocimiento que se ha ido acumulando durante generaciones en evidencia cuantificable, determinando cómo funciona, bajo qué condiciones y con qué limitaciones”, ahonda el Dr. Cornejo.