El segundo foco es que la investigación que se haga en la universidad tenga impacto en los territorios. Una investigación multidisciplinaria que genere valor real a las comunidades.
- ¿Cómo se logra esa vinculación con el medio? ¿Cómo las investigaciones de la USACH llegan efectivamente a las personas y los territorios?
Es una labor que debe hacer la rectoría y su equipo: abrir puertas en los municipios, abrir puertas en los gobiernos regionales, ver dónde está la necesidad y cómo nos vinculamos. Hay que recordar que la Universidad de Santiago fue la antigua Universidad Técnica del Estado, que tenía muchas sedes en todo el país.
Tenemos universidades hermanas en varias regiones: la Universidad de La Frontera, la Universidad de La Serena, la Universidad de Tarapacá, la Universidad de Magallanes, la Universidad de Atacama. Con ellas podemos hacer convenios de colaboración que nos permitan tener presencia fuera del área metropolitana.
Recortes y gratuidad: la policrisis del financiamiento
- El gobierno ha realizado recortes a la educación pública universitaria. ¿Cómo afecta eso a la USACH y cómo lo afrontan?
No fue buena señal. Tiene impacto indudable, pero también nos va a obligar a ser más eficientes en nuestros recursos y a buscar nuevos. Lo que esperamos del gobierno es que los beneficios sociales no desaparezcan, porque nosotros tenemos un tipo de estudiante con más necesidades que el de otras universidades.
La USACH tiene cerca del 60% de sus estudiantes con gratuidad. No es una cifra menor. Cuando los recibimos, tenemos que hacernos cargo: hay procesos de nivelación por brechas de conocimiento, becas de alimentación, becas de trabajo, apoyo para quienes vienen de regiones. Y también el tema de la salud mental, que ha tomado mucha fuerza y que es transversal: involucra a estudiantes, funcionarios y académicos. Estamos trabajando en un programa más integral.
- ¿Qué le falta a la gratuidad para responder a los desafíos actuales de la universidad pública?
Lo hemos planteado varias veces: el arancel regulado, al que está asociada la gratuidad, no refleja el costo real de lo que hace una universidad completa y compleja. Puede cubrir la docencia directa, pero además de eso hay espacios deportivos, orquesta, sello editorial, investigaciones sociales de los estudiantes, apoyo psicológico, becas de alimentación, de vivienda y de trabajo. Nada de eso lo cubre el arancel regulado.
Si uno espera formar personas, hay que seguir invirtiendo. La universidad lo está haciendo, compensando esa brecha con proyectos de asistencia técnica, cursos de capacitación, diplomados y postgrados. Pero esto es un problema transversal a todas las universidades estatales. Es una policrisis: el costo no refleja el valor real de lo que se hace.
- ¿Cómo se financia entonces la investigación y el desarrollo en ese contexto?
Las universidades públicas y estatales son parte del aparato del Estado. Por tanto, lo primero es definir bien qué espera el Estado de ellas. Las universidades son la inteligencia de un país: generan el motor del desarrollo científico y tecnológico, forman profesionales y capacidad humana avanzada para que el país no dependa de tecnologías foráneas. Eso no es un gasto. Es una inversión permanente, porque mejora la productividad, genera empleo y aumenta el bienestar y los salarios de las personas.
El problema de fondo es que Chile no tiene un Ministerio de Planificación. Sin un sistema de planificación, es difícil avanzar más allá de los cuatro años de cada gobierno. Hay proyectos y políticas que deben ser transversales a los gobiernos de turno, y sin esa institucionalidad los avances quedan truncados.
Inteligencia artificial: liderazgo o exclusión
- El gobierno anterior desarrolló liderazgo regional en inteligencia artificial a través del Ministerio de Ciencia. ¿Cómo ve usted ese liderazgo y qué espera del nuevo gobierno en esta materia?
Si Chile no toma ese liderazgo regional, vamos a quedar fuera nuevamente de un proceso de transformación global que no tiene que ver solo con la tecnología, sino con la sociedad en sí misma. Cuando uno revisa las revoluciones industriales, cada una permea las formas de vida, de sociabilidad y de relaciones. Esta revolución entró a tu casa, a tu lugar de trabajo, a tus espacios de ocio. Cambió la sociedad y, por tanto, las relaciones humanas.
Hay que convivir con la inteligencia artificial, pero con la condición de que el ser humano pueda gobernarla, no al revés. Ya hay científicos que proyectan que la inteligencia artificial superará al ser humano en 2028. Son máquinas algorítmicas que responden muy bien en lenguaje natural, pero si no tienes sentido crítico, te engañan. Tienen una lógica compleja: siempre te dicen que sí, se amoldan a tu forma de pensar. Tú nunca te equivocas. Eso te puede llevar a creerte una religión ficticia.
- ¿Qué riesgos concretos ve en esa falta de regulación?
Hay personas que hacen terapia psicológica con sistemas de inteligencia artificial, sin ninguna supervisión. Eso puede generar una sociedad bastante distópica. Ojo con eso. Hay que educar a nuestros estudiantes, especialmente a los nativos digitales, que son los más expuestos. En eso el Ministerio de Ciencia debe trabajar en conjunto con las universidades públicas para regular y para educar.
Respecto al nuevo gobierno, creo que hay que continuar la línea del anterior. Lo que se hizo fue potente y está bien encaminado. Hay que fortalecerlo.
Crisis climática y planificación de largo plazo
- Usted mencionó el cambio climático como uno de los grandes desafíos de la universidad. ¿Cómo se enfrenta desde el conocimiento y la investigación?
Lo primero es tener conciencia de que el cambio climático existe. Esto se viene notando desde hace más de 20 años. La proyección mundial para 2050 habla de entre 8.000 y 10.000 millones de personas en el mundo. Con el nivel de consumo actual necesitamos 1,7 o 1,8 tierras equivalentes para sostener a esta población. La Tierra no es capaz de autogenerar los recursos suficientes. Si toda la gente se comportara igual que una persona de consumo promedio alto, necesitaríamos dos o tres planetas.
Hay problemas de agua que se van agravando. Hay zonas que se desertizan. Pero el cambio climático también tiene efectos inesperados: en el sur hay cultivos de vid donde antes era imposible, mientras que en el norte hay territorios que hay que reconvertir porque el daño es irreversible. Es un fenómeno multifactorial, no trivial.
- ¿Qué rol juega la planificación en todo esto?
Es central. La crisis climática no tiene respuesta en cuatro años. Hay hojas de ruta —transición energética, hidrógeno verde, energías renovables— que son correctas, pero requieren una mirada de planificación de largo plazo que en Chile no existe. Los gobiernos anteriores han trazado líneas generales, pero sin la institucionalidad que las sostenga en el tiempo y más allá de los cambios de gobierno.
Y hay un problema cultural que tampoco se resuelve por decreto. El reciclaje, por ejemplo. Nosotros reciclamos muy poco como país y generamos mucha basura orgánica. Chile lidera la generación de metano en el mundo por la mala gestión de sus vertederos, por encima de países ganaderos como Argentina y Uruguay. No es por la agricultura ni la ganadería: es por nuestra incapacidad de gestionar bien los residuos domiciliarios. Si no hay un trabajo educativo desde los niños hacia los adultos en cómo relacionarse con la naturaleza, seguiremos teniendo ese problema.
Santiago, la megápolis que absorbe el país
- Usted viene del mundo de las ciudades inteligentes. ¿Cómo ve el problema de la concentración en Santiago y su relación con la descentralización?
Es un fenómeno que no se da igual en otros países. En Europa las ciudades están estructuradas de otra manera, no crecen tanto. Acá tenemos megápolis —Santiago, Buenos Aires, São Paulo, Ciudad de México— donde vivir se vuelve cada vez más difícil. Pierdes más tiempo en el traslado al trabajo que en el trabajo mismo.
Santiago funciona como un atractor: absorbe recursos, capital social, tecnológico y cultural de los territorios que lo rodean. De ahí emergen las zonas de sacrificio, los vertederos, la desertificación en el norte. Todo lo que está alrededor termina siendo de Santiago.
Para revertir eso, los gobernadores regionales van a necesitar más atribuciones. El traspaso de competencias nunca se completó. Si no tienen manejo presupuestario real y capacidad de generar desarrollo, vamos a seguir dependiendo de esta megaestructura. Y eso no es sano para un país que quiere desarrollarse.
- ¿Le han preguntado alguna vez cómo queremos que sea Santiago?
Nunca. A nadie se le hace esa pregunta tan básica. ¿Cómo te gustaría Santiago? ¿Hasta cuánto va a crecer? Eso requiere planificación urbana, una decisión colectiva sobre qué tipo de ciudad y qué tipo de país queremos. Sin esa conversación, seguimos creciendo sin dirección.
*Puedes ver la entrevista completa en esta nota o en el canal de Youtube de El Desconcierto.