miércoles 05 de agosto de 2026
Inteligencia Artificial

Europa parpadeó

Europa no se arrepintió de la ley: admitió que su calendario estaba escrito para un continente que todavía no existía, uno con estándares publicados y fiscalizadores entrenados para aplicarlos.

5 de agosto de 2026 - 05:00

Durante dos años, los calendarios de cumplimiento de medio mundo tuvieron marcado el mismo día: 2 de agosto de 2026. Esa era la fecha en que el AI Act, la primera regulación integral de inteligencia artificial del planeta, empezaba a aplicarse en pleno. Incluidas sus obligaciones para los sistemas de alto riesgo: los algoritmos que filtran currículums, aprueban créditos, asignan cupos escolares o deciden quién cruza una frontera. La fecha llegó. La ley completa, no.

En noviembre, la Comisión Europea propuso un paquete de simplificación que en Bruselas bautizaron como Ómnibus Digital. Hubo presión de la industria y hubo un diagnóstico difícil de rebatir: los estándares técnicos que permiten cumplir la ley no estuvieron listos a tiempo. El Parlamento Europeo lo aprobó en junio y el reglamento entró en vigor en julio, semanas antes del plazo. El efecto de fondo: las obligaciones para los sistemas de alto riesgo se aplazan al 2 de diciembre de 2027, y las de la inteligencia artificial integrada en productos regulados, para agosto de 2028. La ley corrió más rápido que la realidad.

Lo que sí entró en vigencia el 2 de agosto es la transparencia. Avisar cuando una persona está conversando con una máquina. Etiquetar el contenido generado por inteligencia artificial y los deepfakes. Obligaciones necesarias y, no por casualidad, las más baratas de cumplir. Las caras, las que exigen documentación técnica, auditorías, registros de funcionamiento y supervisión humana verificable, quedaron para después.

Esto importa en Chile por una razón simple: el AI Act era el molde. La pirámide de riesgos que Brasil discute y que nuestro Congreso copió en parte. El proyecto chileno, ingresado en mayo de 2024 y aprobado por la Cámara de Diputados en octubre pasado, sigue en el Senado sin fecha cierta. Está construido sobre el mismo enfoque cuyo autor original acaba de reconocer que no podía cumplir su propio calendario.

La lectura fácil del aplazamiento es que regular fue un error y que Chile se salvó por lento. Es la lectura que conviene a quienes prefieren cero reglas, y es equivocada. Europa no se arrepintió de la ley: admitió que su calendario estaba escrito para un continente que todavía no existía, uno con estándares publicados y fiscalizadores entrenados para aplicarlos. La conclusión incómoda es otra. Una obligación que nadie puede verificar no protege, queda en el papel. Y en eso nosotros partimos más atrás todavía: la única institucionalidad comparable que hemos creado, la Agencia de Protección de Datos Personales, recién comenzará a operar en diciembre.

Mientras tanto, alguien paga la espera, y no es una abstracción. La persona que un algoritmo descartó de un proceso de selección en Madrid iba a poder exigir desde este mes supervisión humana y una explicación de esa decisión. Su derecho tiene ahora fecha nueva: diciembre de 2027. Dieciséis meses más de decisiones automatizadas sin esas garantías. En Chile, esa misma persona no tiene siquiera una fecha que esperar.

Me interesa menos el traspié europeo que la lectura que haremos acá. La pregunta para el Senado no es si copiar el modelo. Es si vamos a construir primero el músculo que Europa reconoció no tener: el organismo que fiscaliza, los estándares técnicos, los peritos capaces de auditar un algoritmo y el presupuesto para pagarles. Europa parpadeó, pero dejó una fecha nueva en el calendario. Una ley aplazada sigue siendo una promesa con fecha. La nuestra, por ahora, es una promesa a secas.

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