El blanco de la bandera no es eterno
Chile no es solo una larga y angosta faja de tierra; es, ante todo, el custodio del hielo en el hemisferio sur. Al albergar más del 80% de los glaciares de Latinoamérica, nuestra responsabilidad trasciende fronteras. Sin embargo, este patrimonio está en retirada.
Desde el Glaciar Tapado en el norte, pasando por el Echaurren en Santiago, hasta los Campos de Hielo en el sur, el diagnóstico es el mismo: estamos perdiendo masa crítica a una velocidad sin precedentes.
Esta pérdida no es solo paisajística, es una amenaza directa a nuestra supervivencia. Sin glaciares, la zona central de Chile sería un desierto inviable. Se estima que, en periodos críticos, su aporte a los caudales de los ríos puede alcanzar hasta un 70%.
Son, en la práctica, nuestra reserva estratégica; el agua que sale de nuestros grifos hoy es el deshielo de gigantes que tardaron milenios en formarse. Si ellos retroceden, nuestra seguridad alimentaria y humana avanza hacia el abismo.
Para entender la gravedad, basta una analogía. Imaginemos que el glaciar es una cuenta bancaria. En invierno, la nieve actúa como el "depósito", mientras que en verano el glaciar "gasta" parte de ese capital para alimentar los ríos.
El problema es que hoy estamos retirando fondos mucho más rápido de lo que depositamos. A diferencia del sistema financiero, aquí no existe un banco que nos otorgue un préstamo de emergencia; simplemente nos estamos acercando al saldo cero.
Resulta contradictorio que muchos defienden con fervor el patriotismo y la soberanía, mientras ignoran la urgencia de la soberanía ambiental. Nuestra bandera jura representar, en su franja blanca, las "nieves eternas de la cordillera".
¿Qué pasará con ese símbolo cuando nuestras cumbres sean solo roca desnuda y oscura? Sin una ley robusta que los proteja de la ambición inmediata y frente a una crisis climática que no perdona, estamos encaminados a perder hasta 78% de nuestros glaciares al 2100.
Ser nacionalista hoy debería significar, ante todo, defender el patrimonio natural que da imagen y sustento al país. Si permitimos que el blanco de la bandera desaparezca de la cordillera por negligencia o prioridades económicas de corto plazo, estaremos dejando que se desmorone un pilar de nuestra identidad.
Un Chile sin glaciares es un Chile desdibujado; un país que le falla a su propia herencia y, sobre todo, a sus futuras generaciones.