Protea y Jumbo son una pareja de elefantes africanos de 38 y 39 años, y son los últimos animales en cautiverio de dicha especie en Chile. Llegaron a Santiago hace más de 30 años, desde la República de Sudáfrica al Zoológico Nacional.
En el marco del pasado Día Mundial de los Elefantes, la Fundación Justicia Interespecie solicitó al presidente Gabriel Boric realizar las gestiones necesarias para concretar el traslado de ambos animales al Santuario de Elefantes de Brasil, en el que ellos podrían tener el espacio y las condiciones que realmente requieren y merecen para su bienestar integral en los años que les quedan.
Entre algunas características de los elefantes africanos destaca que las elefantas son animales sociales, viviendo en manadas de entre 6 y 70 miembros, mientras que los machos viven en solitario o con otros pocos machos. También que la distancia media que recorren al día es de 10 km.
Los elefantes tienen un cerebro muy desarrollado, siendo extremadamente inteligentes y con una memoria que abarca muchos años. Ellos expresan dolor, alegría, compasión, conciencia de sí mismos, altruismo y juego. Además, una revisión reciente de la literatura confirma que los elefantes manifiestan comportamientos que sugieren una dimensión emocional y social del duelo.
Así, por todo lo que sabemos y continuamos aprendiendo sobre estos animales es que cada vez se genera más conciencia respecto a poder otorgarles una vida más digna. Existen ejemplos internacionales de iniciativas para liberar tanto a elefantes como a otros animales. Un caso reciente en Estados Unidos ilustra la tensión jurídica de este debate. La organización Nonhuman Rights Project presentó una acción de habeas corpus para que cinco elefantas confinadas en un zoológico fueran reconocidas como “personas” legales y, por tanto, tener derecho a su libertad.
El tribunal rechazó la solicitud, sosteniendo que esa figura se aplica exclusivamente a personas humanas, “por muy sofisticados que sean desde el punto de vista cognitivo, psicológico o social” los animales. La discusión, sin embargo, no se agota en el resultado judicial. Nos invita a preguntarnos qué entendemos por “persona” y si ese concepto puede —o debe— ampliarse cuando hablamos de sujetos con vida emocional, memoria y vínculos sociales complejos.
Y existen ya casos que demuestran que este límite puede ser empujado, como el de la orangutana Sandra, del Zoo de Buenos Aires, a quien en 2015 se le concedió el estatuto de sujeto de derecho, convirtiéndose en la primera orangutana del mundo en recibir legalmente la “condición de persona no humana”. En palabras de la jueza que emitió el fallo:
“El caso Sandra reunió todas las características que nos describen a los homo sapiens como una categoría de superioridad, dominación, sacrificio y utilización de los animales. En cautiverio y sometida a nuestro arbitrio, para alegría -supuestamente- de niños y curiosidad de los adultos. Es sobre esta premisa que vemos la necesidad de adoptar una mirada deconstructiva”.
Así, gracias a que alguien consideró ampliar la visión de su realidad entendida del mundo, Sandra fue liberada. Y es que son las nuevas perspectivas las que nos permiten redefinir lo que entendemos de la existencia, y esto conlleva evolución.
Pero más allá de los recursos legales utilizados para poder liberar a animales, es importante considerar estos casos como una oportunidad de ampliar nuestra mirada y nuestra conciencia, que a fin de cuentas es lo único que garantiza que en el futuro estas prácticas acaben.
Los seres humanos tenemos una enorme capacidad de expandir nuestra conciencia para así abrirnos a una realidad ampliada, mucho más vasta y rica que la que concebimos actualmente. Dentro de esta, podemos adoptar una cosmovisión distinta y sacudirnos los retazos de las viejas percepciones impuestas del mundo, entre las cuales se encuentra la manera en la que vemos y nos relacionamos con los otros seres.
Poco importan las definiciones, pero si ser “persona” implica que a un ser se le respete su derecho esencial a tener una vida digna, vivida en sus propios términos, de acuerdo a su propia naturaleza y a los intereses que le son propios como especie, entonces decidamos que casos como el de Sandra se multipliquen abarcando a otras especies, que paralelamente nuestra conciencia y consideración moral se expandan, y que empujemos el límite de lo que consideramos como una persona también a nivel de nuestra conciencia individual y colectiva.
Poseer la vida la marchita, y lo marchito está del lado de la muerte… contemplarla y permitirle su expansión en libertad es aumentarla, es elegir el amor, y eso es resucitar como humanos. En palabras de Erich Fromm: “El hombre y la sociedad resucitan a cada momento en el acto de esperanza y de fe del aquí y el ahora. Cada acto de amor, de conciencia y de compasión es resurrección; cada acto de pereza, de avidez y de egoísmo es muerte. La existencia nos enfrenta en cada momento con la alternativa entre resurrección y muerte, y en todo momento respondemos. La respuesta no consiste en aquello que decimos o pensamos, sino en lo que somos, en el modo en que obramos, en el lugar en que nos desenvolvemos”.
Por Protea, por Jumbo, y por otros tantos magníficos seres que nos esperan, ampliemos hoy nuestra visión. Elijamos la evolución.