Cada 27 de febrero, el país vuelve sobre una fecha que marcó profundamente su historia reciente. El terremoto y tsunami de 2010 suelen fijarse en la memoria colectiva mediante cifras de pérdidas materiales y balances institucionales que buscan mostrar cuánto se ha avanzado en la gestión del riesgo de desastres. Esa narrativa, necesaria en parte, tiende sin embargo a privilegiar la dimensión técnica del aprendizaje y los dispositivos formales de respuesta.
Sin embargo, cuando desplazamos la mirada hacia el espacio marino-costero, la conmemoración adquiere otra densidad. En la localidad de Llico, Región del Biobío, el desastre implicó una reconfiguración material de la vida costera, alterando los modos de habitar, trabajar y encarnar la relación con el mar.
“Éramos muchas mujeres que vivíamos abajo, en las casas cercanas a la playa”, recuerda una de ellas. Allí, espacio doméstico y productivo no estaban separados: “Una se levantaba, miraba la playa; si estaba la baja, ya sabíamos que había que ir”. El tiempo del trabajo estaba inscrito en la marea, mostrando cómo se organiza la vida cotidiana.
En ese contexto, tras el 27F muchas familias fueron reubicadas en sectores más altos. “Quedó linda la población”, señalan, aunque no estaban acostumbradas a vivir lejos del mar. La distancia transformó tiempos y desplazamientos cotidianos, obligando a reorganizar rutinas productivas y vínculos con esa orilla que articula la vida diaria.
A partir de esa nueva configuración, la reconstrucción no se limitó a soluciones habitacionales. El acceso al agua potable se resolvió mediante iniciativas autogestionadas: “Nosotros llevábamos el agua en un tambor con un triciclo… con nuestros ahorros instalamos una conexión particular”. Y cuando el agua llegó nuevamente a la playa, “pudimos cocer ulte, charquear pescado y retomar nuestras labores”. Así, la reconstrucción aparece como una reorganización material orientada a sostener el trabajo y la continuidad de la vida.
Asimismo, la definición de la parte baja como “zona roja” buscó reducir la exposición al riesgo, pero no siempre dialogó con la lógica productiva que allí se despliega. “Una trabaja en la orilla y debe tener dónde dejar sus materiales, su luga”. La proximidad al mar emerge aquí como una condición material del sustento cotidiano.
En esa misma línea, la economía de la luga permite comprender las temporalidades propias del trabajo costero. No se extrae para vender de inmediato; se acumula lentamente. “Un saquito hoy, otro mañana… hasta juntar 100 o 200 kilos”. Esta práctica revela formas de subsistencia organizadas, donde planificación y sobrevivencia se entrelazan. “Lujo no hay”, dicen, marcando los límites materiales de la actividad.
Desde otra dimensión, el desastre dejó huellas ecológicas profundas. “La piedra estaba pelada, no había recurso”. Frente a esa ausencia adquieren sentido los conocimientos situados (Haraway, 1988; Lugones, 2008; Rivera Cusicanqui, 2010), saberes construidos desde la experiencia encarnada de caminar la orilla y observar los tiempos de regeneración. “La luga más chiquitita no se sacaba, porque esa es el futuro”.
Ahora bien, el 27F no debe leerse como una experiencia aislada. Derrames de petróleo, marea roja y temporales recientes muestran que el riesgo constituye una condición de la producción de este espacio, donde se inscriben desigualdades estructurales, entre ellas las de género, que los desastres tienden a profundizar (Enarson & Fordham, 2001; Miranda et al., 2021).
En este escenario emerge la organización colectiva como forma de agencia situada. “Aquí se ve la importancia de las agrupaciones”, señalan. Las organizaciones no solo gestionan apoyos frente a la contingencia, sino que disputan las condiciones de habitabilidad de la vida costera.
A la par, estas prácticas evidencian una trama de trabajo reproductivo que desborda lo doméstico, redes entre mujeres que organizan aportes, se acompañan frente a pérdidas y sostienen lo público y lo privado. Tal como plantean perspectivas feministas sobre reproducción social (Federici, 2013; Fraser, 2016; Vogel), trabajo, organización y cuidado aparecen aquí como dimensiones inseparables.
A dieciséis años del 27F, insistir en una gestión del riesgo de desastres centrada solo en obras y protocolos resulta insuficiente. Mientras los saberes de quienes habitan este espacio queden fuera de la planificación, se seguirá actuando sobre él como una superficie técnica y no como un entramado vivo de relaciones sociales y ecológicas.
Escuchar a las mujeres de mar de Llico no es un gesto simbólico. Es reconocer que los aprendizajes y la memoria del desastre también están inscritos en el cuerpo, en la piedra que vuelve a cubrirse de luga y en la organización social que permite seguir sosteniendo la vida.
Agradecimientos:
Esta reflexión no sería posible sin la generosidad de la familia Burdiles-Garrido, quienes compartieron sus experiencias y memorias sobre lo vivido durante el 27F. Muy especialmente, en memoria de Sr. Juan Burdiles García, pescador artesanal y recolector de orilla.