Súmate a nuestro canal en: WhatsApp
Bomberos y brigadistas, tres historias en la línea de fuego del combate a los incendios en Ñuble y Biobío

Bomberos y brigadistas, tres historias en la línea de fuego del combate a los incendios en Ñuble y Biobío

Por: Valeria Trujillo Góngora | 26.01.2026
Carla Fernández, capitana de bomberos e ingeniera en construcción; Francisco Quilodrán, estudiante de ingeniería comercial; y Daniel Carrasco, brigadista forestal, narran desde el frente de batalla cómo combaten los incendios que han dejado 21 fallecidos en la zona centro sur.

Una sirena corta el aire y el camión avanza por la avenida a toda velocidad, mientras Carla Fernández (33), capitán de la Tercera Compañía del Bomberos de Chillán no puede evitar pensar que cada metro ganado es un anuncio de guerra: una aproximación a las brasas de un infierno que aguarda, como siempre, sin piedad.

—Entonces ves ese humo negro que viene de lejos. Te vas acercando cada vez más y tu corazón va acelerándose mucho más —menciona—. (…) Es intenso, demasiado intenso.

[Te puede interesar] Meliza Luna, directora de Desierto Verde: "Es urgente que se promulgue la ley que prohíbe cambio de uso de suelo de ecosistemas incendiados"

***

Ser bombero es una decisión que se toma una vez en la vida y que te marca aún cuando cuelgas el uniforme para dejar la guardia. Nunca se abandona, ni cuando te vas del cuartel ni cuando estás en tu vida diaria.

Si ves a Carla Fernández una mañana cualquiera, sabrás que se levanta todos los días a las 6 AM. Con esa misma disciplina y estructura, empieza su rutina preparando el desayuno y ordena el bolso de su hijo para salir a trabajar como ingeniera en construcción. 

Ahora bien, si es que la encuentras de servicio, probablemente la verás en su postura más formal, no siempre usando el chaquetón y la máscara, pero en todo momento con la guardia alta, oyendo las radios locales precavida a cualquier incidente. 

Así, en el cuartel, se escucha el dial informando que el conflicto va en aumento. Hasta el 26 de enero de 2026, se estiman 21 personas fallecidas por los incendios en la zona centro sur del país. Los principales afectados: Ñuble y Bío Bío.

Las estadísticas publicadas por el ministerio de Agricultura señalan un total de 64.703 hectáreas afectadas con los 3.085 incendios.

—¿Por qué, pese a la demanda y el peligro, decidiste ser bombero?

Se oficializó a los 17 años, aunque su camino por el mundo de las mangueras y sirenas comenzó mucho antes, ayudando a niños y niñas de escasos recursos en la Iglesia. Relata haber visto llegar a la compañía de bomberos y cómo, con su sola presencia, todo el entorno parecía cambiar de color. Corrían hacia ellos, jugaban, se lanzaban al suelo riendo.

[Te puede interesar] Estudio de 2020 alertaba sobre riesgo de incendios en Penco y Lirquén: Declaran que cortafuegos no bastan

***

Francisco Quilodrán (25), bombero desde los 18 años, se divide en cuadrillas para seguir la estrategia preestablecida. Hay miles de hectáreas que se tiñen de los colores rojizos del fuego. Aún así, él y su equipo se despliegan para combatir el peligro. Admite que su vida se pone en riesgo, pero en situaciones así eso se olvida.

—Ser bombero es un estilo de vida, no un trabajo —afirma, con la seriedad de quien no le cabe duda lo que dice—: La motivación es ayudar al prójimo.

Los videos hablan por sí solos. Aeronaves lanzando agua desde el cielo, bomberos movilizándose de un lado a otro y, sobre todo, personas damnificadas observan desde la impotencia.

***

—Las llamas caían como pelotas de fuego —murmura Efraín (15), damnificado por los incendios en Lirquén, recordando la amenaza incontrolable que arrasó con su sector—: Fue tan rápido que no nos dio tiempo para nada.

Había comenzado el día como cualquier otro: salió con amigos, rió, volvió a casa sin sospechar nada. No hubo señales de lo que estaba por venir, o al menos no hasta que una pequeña llama, apenas visible en lo alto del cerro, se asomó por su ventana. Luego, en un segundo el fuego lo cambió todo.

—Los bomberos me decían todo el rato que evacuara, que si no el fuego nos iba a encerrar, pero yo no quería irme porque mi papá todavía estaba dentro —relata.

Carla Fernández conoce esa escena. La ha visto docenas de veces: alguien que se niega a evacuar porque dentro hay alguien más. Para ella, es una de las aristas más duras del combate al fuego: enfrentarse a la desesperación de quienes pueden perderlo todo. Esa escena, admite, a cualquier bombero "le parte el corazón".

[Te puede interesar] Incendios en el sur de Chile: empresas mineras y energéticas solicitaron concesiones exploratorias en zonas arrasadas por el fuego

***

Al preguntarle a Daniel Carrasco (25), brigadista forestal, y radioperador, por la imagen que dejan los incendios, no habla solo desde la técnica, sino desde la herida abierta que dejan las llamas. —Enfrentamos incendios de comportamiento explosivo y errático —asegura—. En algunos casos, pese al trabajo (..) no existe posibilidad inmediata de contención.

Las cifras confirman lo que el terreno ya anuncia: más de 2.700 viviendas reducidas a cenizas y sobre 20 mil personas empujadas a la condición de damnificadas. Estadísticas que en el terreno son casas que conoces, familias que has visto.

Francisco Quilodrán lo resume desde ese lugar donde la vocación se encuentra con la impotencia. —Uno siente una frustración profunda cuando no se logra salvar una casa, o cuando los animales no sobreviven. Pero incluso ahí hay que seguir, respirar hondo y tomar decisiones claras.

Efraín destaca la labor que cumplen los bomberos en escenarios como ese. Aunque sus propias pertenencias no pudieron ser rescatadas, la gratitud permanece intacta. Una de las pocas sonrisas que logra articular es para ellos.

—Recibir el agradecimiento de las personas que lo perdieron todo entrega una gratitud inmensa y refuerza aún más las ganas de seguir haciendo lo que hacemos—. Esa es la conclusión a la que llega Carrasco, una convicción que comparte con sus colegas. Voces distintas, pero una misma certeza frente a la dureza de los incendios.

***

Así, al terminar la jornada, cada uno vuelve a su vida cotidiana: Fernández regresa a su trabajo como ingeniera en construcción; Quilodrán, a las aulas de ingeniería comercial; Carrasco, a su labor como radioperador. Oficios comunes, que cuando no están combatiendo las llamas, parecen ajenas al desastre.

Pero basta que las sirenas vuelvan a sonar en el cuartel, que el viento se levante anunciando fuego, para que todo lo demás quede atrás. Entonces, los tres se visten de emergencia, se calzan el casco y avanzan —no como héroes, sino como quienes tienen un deber— a enfrentar, una vez más, otro incendio.