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“Ya se va para los cielos, ese querido angelito, a rogar por sus abuelos, por sus padres y hermanitos, cuando se muere la carne, el alma busca su sitio, adentro de una amapola o dentro de un pajarito…” Así empieza el Rin del angelito, canción de Violeta Parra, que trata de una madre a la cual se le muere su pequeño niño.
Años atrás se permitía que la fotografía entrara a esta “privacidad de duelo” , se lograba capturar a estos angelitos en sus propios altares mientras el velorio transcurría de forma alegre. Los deudos de antaño tenían una forma más abierta de vivir su pena. Hoy, por el contrario, el acto ceremonial cuando una persona fallece suele ser más triste, más privado, y mucho más cohibido.
La estética que tienen este tipo de fotografía antiguas son alegóricas, llenas de símbolos relacionados con la religión o con la muerte: las flores, velas e imágenes religiosas que se regalaban entre amigos o familiares como si esto fuese una ofrenda de día de cumpleaños.
La influencia de la fotografía, más allá de ser algo invasivo, suele verse como un arte contemplativo. En el caso de los “angelitos” se les tomaba una fotografía para que funcionara como un recuerdo, lo cual significaba la presencia en la vida cotidiana de lo único que podemos tener certeza, desarrollando alguna cercanía con lo que ésta nos prepara.
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