jueves 23 de julio de 2026

Tongoy no se inundó solo por las lluvias: el riesgo también se construye

Continuar urbanizando sin considerar la geomorfología costera significa aumentar progresivamente nuestra exposición al riesgo.

23 de julio de 2026 - 11:45

Las imágenes que dejó el reciente sistema frontal en la Región de Coquimbo son difíciles de olvidar. Caminos convertidos en ríos, viviendas anegadas y cursos de ríos donde el agua volvió a correr después de años de estar secos, instalaron nuevamente una pregunta que solemos hacernos cada vez que ocurre un desastre: ¿fue únicamente la fuerza de la naturaleza? Desde la ciencia sabemos que la respuesta es no.

Las precipitaciones asociadas a este evento fueron extraordinarias y responden a un fenómeno hidrometeorológico de gran magnitud. Sin embargo, los daños que hoy observamos son también el resultado de decisiones acumuladas durante décadas sobre cómo hemos ocupado nuestro territorio costero. En otras palabras, gran parte del riesgo ha sido construido socialmente.

Tongoy constituye un ejemplo muy ilustrativo. Su bahía corresponde a una extensa planicie costera cuya historia comenzó hace miles de años, cuando el nivel del mar ocupaba posiciones mucho más interiores que las actuales. Esa evolución geológica dejó un paisaje conformado por antiguas terrazas marinas, paleo-líneas de costa, humedales y quebradas que siguen definiendo la dinámica natural del territorio.

Las quebradas de Pachingo, el estero Tongoy y muchos otros cauces que hoy aparecen en las noticias no nacieron con este sistema frontal. Han estado allí durante miles de años, conduciendo naturalmente el agua desde el continente hacia el océano. Cuando las cubrimos con urbanizamos, caminos e infraestructura sin considerar su funcionamiento, el agua simplemente intenta recuperar el espacio que siempre le perteneció.

Gran parte de los impactos corresponden a una consecuencia directa de haber invisibilizado la geografía y en particular la geomorfología. Este fenómeno no ocurre únicamente en Tongoy. También lo vemos en sectores de Coquimbo, La Serena, también en Atacama y en numerosas ciudades costeras del país, donde la expansión urbana ha avanzado sobre humedales, planicies costeras, dunas y quebradas que cumplen funciones esenciales para amortiguar eventos extremos.

Paradójicamente, seguimos hablando de "borde costero", como si la costa fuera únicamente la estrecha franja donde rompe el oleaje. La evidencia científica demuestra exactamente lo contrario. La costa es una interfaz dinámica donde interactúan permanentemente el océano, la atmósfera, las cuencas hidrográficas, los humedales, los sistemas dunares y los ecosistemas terrestres.

Es un sistema socioecológico complejo cuya estabilidad depende precisamente de esas conexiones. Reducirla a una línea sobre un mapa ha tenido consecuencias profundas para la planificación territorial. A ello se suma un escenario aún más desafiante. El cambio climático está intensificando la frecuencia y magnitud de eventos extremos. Los llamados riesgos compuestos -donde lluvias intensas, ríos atmosféricos, marejadas, inundaciones y otros procesos ocurren simultáneamente o en rápida sucesión- dejarán de ser excepcionales para transformarse en parte de la nueva realidad climática del país.

Es por ello que continuar urbanizando sin considerar la geomorfología costera significa aumentar progresivamente nuestra exposición al riesgo. La ciencia no sólo permite comprender estos procesos; también ofrece herramientas concretas para prevenirlos. Desde el Centro UC Observatorio de la Costa hemos propuesto que Chile avance hacia un ordenamiento territorial basado en la naturaleza, que reconozca la historia geológica de cada tramo del litoral y que integre la cuenca y el océano costero como un gran sistema.

Ese trabajo quedó plasmado en el informe “Bases científicas para una zonificación costera en Chile”, donde planteamos la necesidad de superar la visión restringida del borde costero e impulsar un verdadero ordenamiento territorial para la zona costera. Lamentablemente, nuestro país continúa sin contar con una Ley de Costas que entregue un marco moderno de gobernanza para uno de los territorios más dinámicos y vulnerables de Chile.

Más aún, cabe destacar que la actualización de la Política Nacional de Uso del Borde Costero, aprobada a fines de 2025, fue uno de los proyectos retirados de Contraloría en marzo de este año al asumir el actual gobierno, junto con el Plan Sectorial de Adaptación de la Zona Costera, lo cual hace más difícil el ordenamiento territorial para la zona costera y afecta la adaptación rápida al cambio climático.

Mientras esa discusión siga postergándose, seguiremos reaccionando frente a las emergencias en lugar de anticiparlas. Tongoy nos deja una lección que va mucho más allá de este sistema frontal. Nos recuerda que la naturaleza conserva la memoria de su territorio, aunque nosotros la olvidemos. La pregunta ya no es si volveremos a enfrentar eventos como este. La evidencia científica indica que sí ocurrirán, probablemente con mayor frecuencia e intensidad.

La verdadera pregunta es si seguiremos construyendo ciudades de espaldas a esa realidad o si finalmente incorporaremos el conocimiento científico en las decisiones que definirán el futuro de nuestras costas. Porque una costa resiliente no se construye después del desastre. Se planifica antes, respetando la geografía, aprendiendo de su historia geológica y herencia geomorfológica y entendiendo que convivir con la naturaleza siempre será más seguro que intentar ignorarla o imponerse sobre ella.

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