miércoles 19 de agosto de 2026

No es necesario vivirlo para actuar: lo que Caimanes (o El Mauro) nos enseña sobre defender derechos

Más allá de las discusiones jurídicas, el caso deja una pregunta mucho más profunda: ¿qué entendemos por desarrollo si para alcanzarlo algunas comunidades deben asumir costos que otros nunca estarían dispuestos a soportar?

19 de agosto de 2026 - 16:45

Recientemente, en el Centro Cultural Matucana 100 de Santiago, la compañía Lafamiliateatro reestrenó Mauro, una obra basada en los hechos reales vividos por la comunidad de Caimanes, en la Región de Coquimbo.

Un pueblo que lleva más de dos décadas resistiendo al poder económico más concentrado del país sube al escenario. Es una historia de agua amenazada, de territorio transformado y de resistencia comunitaria. Una historia que nos interpela a todos, aunque la mayoría nunca haya pisado ese valle ni escuchado su nombre.

Imagine que una mañana, sin haber sido consultado, descubre que sobre el río que abastece de agua potable a su comunidad se construirá una obra capaz de almacenar 1.700 millones de toneladas de relaves mineros: una mezcla de residuos que contiene metales pesados como mercurio, arsénico, manganeso y plomo.

No es una hipótesis. Es lo que ocurrió en Caimanes.

Allí, Minera Los Pelambres del grupo Luksic construyó el tranque de relaves El Mauro, en pleno Valle del Pupío. Paradójicamente, "Mauro", en lengua indígena, significa "donde brota el agua". Hoy ese lugar permanece cubierto por millones de toneladas de residuos mineros. No fue consecuencia de un accidente ni de un desastre natural, sino el resultado de una decisión empresarial planificada.

En Chile, donde el desarrollo económico ha estado históricamente ligado a la extracción intensiva de recursos naturales, el caso de Caimanes no constituye una excepción. Es el reflejo de un modelo que ha marcado numerosos territorios, desde el norte hasta el extremo sur del país.

Desde el inicio del proyecto, la comunidad denunció graves irregularidades. La Contraloría Regional de Coquimbo estableció que el informe arqueológico presentado por la empresa había sido adulterado, eliminando referencias a cientos de sitios patrimoniales de la cultura Diaguita y miles de petroglifos. Aun así, el proyecto obtuvo su aprobación ambiental y comenzó a operar en 2007.

La respuesta de la comunidad fue persistente. Organizaciones vecinales y ambientales llevaron el caso a tribunales nacionales e internacionales,

realizaron movilizaciones, enfrentaron una huelga de hambre de 81 días y lograron que la Corte Suprema reconociera que el tranque representaba un peligro para la vida de los habitantes. Años después, incluso un tribunal ordenó la demolición del muro de contención. Sin embargo, las apelaciones, los acuerdos posteriores y el paso del tiempo terminaron diluyendo esa posibilidad.

La historia de Caimanes no sólo evidencia los impactos ambientales de un proyecto de gran escala. También muestra los costos humanos de sostener una defensa prolongada del territorio. Familias divididas, años de desgaste emocional, conflictos internos y una comunidad obligada a enfrentar durante décadas a uno de los grupos económicos más poderosos del país.

Es justamente allí donde Mauro deja de ser únicamente una obra sobre Caimanes.

Lo que ocurre sobre el escenario no busca únicamente reconstruir un conflicto ambiental. Nos obliga a preguntarnos cuánto conocemos de las historias que existen detrás de los proyectos que solemos reducir a cifras de inversión o crecimiento. Nos recuerda que detrás de cada evaluación ambiental existen personas, comunidades, memorias y formas de vida que también están en juego.

Durante demasiado tiempo se ha instalado la idea de que quienes defienden un río, un bosque o un territorio son personas que obstaculizan el desarrollo. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué haríamos nosotros si el lugar amenazado fuera el que habitamos.

La empatía cambia completamente la perspectiva.

Porque defender el acceso al agua, exigir información transparente, participar en las decisiones que afectan una comunidad o acudir a los tribunales cuando se vulneran derechos no son actos radicales. Son expresiones básicas de una sociedad democrática.

Lo sucedido en Caimanes constituye también un caso emblemático de vulneración de derechos humanos en el contexto de la actividad empresarial. La ausencia de procesos efectivos de debida diligencia impidió prevenir impactos que afectaron directamente a la comunidad y cuyos efectos persisten hasta hoy. Más allá de las discusiones jurídicas, el caso deja una pregunta mucho más profunda: ¿qué entendemos por desarrollo si para alcanzarlo algunas comunidades deben asumir costos que otros nunca estarían dispuestos a soportar?

La fuerza de Mauro está precisamente en recordarnos que no es necesario haber vivido esa historia para sentirse parte de ella. Porque defender derechos no es un acto radical. Es, simplemente, un acto humano.

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