En nuestro país la prensa cumple una delicada y silenciosa misión: representar fielmente los intereses de quienes la financian. No es un secreto ni una teoría conspirativa; es simple aritmética.
¡Suscribete al newsletter!
para saber más
Una prensa concentrada en pocas manos que prefiere el morbo a la profundidad, el sensacionalismo a la ética y el rating a la responsabilidad social, mientras la libertad de expresión se convierte en excusa para no informar, les llamaría miedos de comunicación.
En nuestro país la prensa cumple una delicada y silenciosa misión: representar fielmente los intereses de quienes la financian. No es un secreto ni una teoría conspirativa; es simple aritmética.
Más del 80% de los medios pertenece a empresarios cómodamente alineados con la derecha, defensores entusiastas de la libertad de expresión… siempre que no se salga del libreto. Nada particularmente escandaloso, salvo porque ese control no viene acompañado de calidad, profundidad ni ambición cultural, sino de una producción constante de ruido, morbo y tragedias en serie.
Los noticieros, por ejemplo, han perfeccionado el arte de convertir la desgracia en rutina: una seguidilla interminable de robos, asesinatos y llantos en primer plano, presentada con solemnidad impostada, como si la repetición automática de calamidades equivaliera a informar. Total, alguien podría decir que "eso es lo que pasa en el país". Claro. Pero también pasa mucho más. Simplemente no cabe en el formato.
La pregunta, incómoda y mal vista, sigue siendo la misma: ¿quién define qué es noticia? ¿Y por qué esa definición suele coincidir sospechosamente con lo más básico, lo más impactante y lo menos reflexivo?
De casos así se podría escribir un libro, o un manual completo, sobre cómo algunos comunicadores, como Juan Manuel Astorga, por mencionar a uno de los muchos ejemplos que se podrían usar, convierten su espacio en plataforma de alharaca y, sin ética ni principios de por medio, lanzan comentarios como la hipótesis del tráfico de órganos relacionado con los supuestos niños secuestrados haitianos, muy difundida por estos días, que el fiscal Eugenio Campos descartó: no hay denuncia ni antecedente que la respalde, pero Astorga, con una suerte de dueño de la verdad, aviva la estupidez y hasta pide explicaciones al expresidente Boric.
Lo que sigue en disputa es la lectura política: algunos, incluida la comunidad haitiana en Chile, acusan sensacionalismo y estigmatización, y ven el caso como una cortina de humo frente a otros problemas de gestión. Otros creen que la magnitud de las cifras justifica la atención pública y una comisión investigadora que algún creativo de la Honorable Cámara de Diputados intenta que se cree.
Es una interpretación, no un hecho probado, pero sabemos que los medios pueden recrear realidades aunque estas no tengan base concreta. Por cierto, y a mi juicio, estas comisiones rara vez producen resultados concretos, y el ruido mediático puede estar desviando la atención del problema de fondo: la regulación migratoria, promesa con la que este gobierno llegó y que sigue sin resolver.
Vale la pena recordar el historial del país en esta materia: durante la dictadura desaparecieron 191 niños, 151 fueron ejecutados, 40 permanecen como detenidos desaparecidos, 4 de ellos lactantes y hubo 4 casos de niños no nacidos. Frente a esa historia, la indignación selectiva de ciertos sectores políticos merece, al menos, ser puesta en contexto: el propio Kast es amigo de algunos de los asesinos de niños que hoy cumplen cadena perpetua.
No veo a Juan Manuel Astorga construyendo un discurso que nos haga memoria de ese momento atroz, ni tampoco hablando de aquella investigación que, hace más de seis años, denunciaba abusos sexuales cometidos por militares chilenos en la misión de la ONU en Haití.
Y luego, cuando se les cae la máscara, son esos mismos medios de comunicación los que producen notas alarmistas sobre supuestas bombas instaladas en el GAM y otros puntos de la ciudad.
Por supuesto, no todo es culpa de los editores. Las escuelas de Periodismo hacen su aporte con admirable constancia. Basta observar a los estudiantes en práctica en una conferencia de prensa: micrófonos en alto, preguntas en piloto automático y cero intención de incomodar.
Investigar parece una excentricidad académica y el contexto, un lujo innecesario. Así, la prensa nos regala espectáculos presentados como noticias, idénticos entre sí, replicados en todos los canales, como si la diversidad informativa fuera un rumor exagerado.
Y mientras tanto, los matinales siguen ahí, firmes, inmutables, repitiendo la misma fórmula durante décadas. "Chinganas" televisadas que parecen actos de aniversario escolar, programas atrapados en un eterno recreo y una farándula que insiste en autodenominarse periodismo. Todo muy democrático, muy cercano y muy prescindible.
Uno no puede evitar preguntarse, con una mezcla de ironía y lástima, si para este tipo de contenidos realmente era necesario pasar por la universidad. Es triste ver a personas con talento justificando su trabajo con el mantra de siempre: "esto es lo que vende". Y ahí aparece el people meter, ese dios que, aunque parezca pasado de moda, sigue siendo incuestionable, capaz de transformar la mediocridad en dato duro y la pobreza cultural en estrategia.
Curiosamente, este modelo interesa bastante a los poderes fácticos, que encuentran en una audiencia subestimada un terreno ideal para hacer negocios sin demasiadas molestias. Una prensa liviana, distraída y emocional es, después de todo, una prensa inofensiva.
Lo verdaderamente llamativo es ver a profesionales preparados participando sin pudor en noticieros saturados de sangre, lágrimas y melodrama, coqueteando alegremente con el sensacionalismo más burdo. Ya lo decía hace décadas el cardenal Raúl Silva Henríquez, cuando todavía se escuchaba a ciertas voces: la prensa informa, pero también deforma. Hoy, parece hacerlo con entusiasmo.
Si no se asume esta responsabilidad, la tan celebrada libertad de expresión se convierte en una excusa perfecta para disparar información sin criterio, como mono con metralleta: mucho ruido, cero puntería y varios heridos en el camino.
Hablar de elevar el nivel cultural suena anticuado, casi romántico. Pero así como se inauguran avenidas y plazas, también sería razonable aspirar a una prensa que se revise, que se cuestione y que entienda su rol social. Un mínimo ejercicio de autocrítica permitiría, quizás, detectar los vicios heredados de la dictadura que aún circulan con total normalidad, disfrazados de costumbre.
El periodismo, se supone, es una vocación. No un púlpito desde el cual se predica una verdad absoluta ni una fábrica de contenido para llenar espacios. Creer que todo lo publicado es útil por el solo hecho de publicarse es un error persistente y bastante cómodo.
Y cuando un medio se equivoca, porque se equivoca, el derecho a réplica debería ser una regla básica. Pero muchas veces no ocurre. La versión errada queda ahí, flotando, sólida, incuestionada, como si la realidad fuera un detalle secundario.
Así funciona la prensa. Con responsabilidad irresponsable, aunque suene contradictorio.