sábado 18 de julio de 2026

La Dirección Socialista dividida

Una Dirección Política del Partido Socialista dividida por estrategias distintas conduce, inevitablemente, a la derrota de la organización y, de paso, arrastra consigo a la Centro Izquierda y al pueblo chileno.

18 de julio de 2026 - 07:00

Santiago de Chile, mañana del martes 11 de septiembre de 1973, hace casi 53 años. En el Palacio de La Moneda, Salvador Allende, presidente constitucional, rodeado de escoltas, detectives y algunos colaboradores, defiende la centenaria democracia nacional ante un golpe militar. Cerca de ahí, en la industria Indumet, Exequiel Ponce y Arnoldo Camú, integrantes de la Comisión Política del Partido Socialista, encabezan a militantes armados para intentar defender el Gobierno.

A pocas cuadras, en un liceo de San Miguel, Carlos Lorca, secretario general de la Juventud Socialista, y un pequeño contingente, con impotencia, contempla el bombardeo de La Moneda, sin que pueda emprender acciones para contrarrestar el golpe.

A algunas calles de ese lugar, Carlos Altamirano Orrego, secretario general del Partido Socialista, Adonis Sepúlveda, subsecretario general y Hernan del Canto, integrante de la Comisión Política, las más altas autoridades de la organización se refugian en la casa de un compañero. Están solos y desprotegidos. En ese momento, otros integrantes de la dirigencia socialista, para salvar sus vidas, buscan asilo en recintos diplomáticos. Y, a lo largo y ancho del país, miles de militantes, como pueden, se ocultan en casas de familiares y amigos; otros centenares están detenidos y no pocos ya han sido asesinados.

Esa noche la Junta Militar de Gobierno se constituye en uno de los salones de la Escuela Militar. En el acto, el general Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, anuncia que su objetivo es extirpar el “cáncer marxista”.

La derrota de la Unidad Popular y del Socialismo es total. El colapso ha sido provocado por la gran burguesía unida a las capas medias con el apoyo de la Central de Inteligencia Americana (CIA), pero también porque la dirección del Partido Socialista se dividió en torno a la estrategia institucional (vía chilena al Socialismo, “Socialismo con empanadas y vino tinto”) impulsada por el presidente de la República.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Se preguntan los militantes socialistas para quienes comienza una larga noche que durará 17 años y a la que más de mil no sobrevivirán.

En abril de 1933, el Partido Socialista se crea como uno de los herederos de la tradición cultural y política de los fundadores de la izquierda nacional. Adopta la filosofía marxista, enriquecida y rectificada por todos los aportes científicos del constante devenir social. Su primer secretario general fue Óscar Schnake y, su líder principal, era el Comodoro del Aire, Marmaduke Grove. Estaba integrado por diversos grupos socialistas marxistas, socialdemócratas, trotskistas, anarquistas, masones y laicos.

Sus militantes eran obreros organizados, campesinos, artesanos, profesores, funcionarios públicos, estudiantes, escritores, mujeres y exmilitares. Tenía algunas diferencias internas, no era dogmático y representaba muy bien la idiosincrasia del pueblo chileno, por lo que podía encarnar con facilidad a parte importante de los compatriotas que, desconfiados de la rigidez ideológica de otros partidos, querían construir una sociedad socialista.

Desde el principio el Partido fue importante. En las Elecciones Parlamentarias de 1937, los primeros comicios en que compitió, eligió 19 diputados. En el ámbito municipal, paso del 0,16% de 1935 al 10,20% en 1938. En cinco años se convirtió en un actor relevante de la política nacional.

A principios de la década siguiente, el crecimiento de la colectividad se frustró por la división de su Dirección sobre el apoyo al gobierno del radical Juan Antonio Ríos, y la posición respecto al Partido Comunista. Estas polémicas terminaron en quiebres. La escisión se percibió nítidamente en las elecciones presidenciales de 1946 en las que Bernardo Ibáñez Aguila, su candidato, consiguió menos del 2,5% de las preferencias. En la década siguiente los socialistas estuvieron divididos en dos grupos: El Partido Socialista de Chile y el Partido Socialista Popular (PSP).

En 1947, el PSP, con la conducción de Raúl Ampuero y el sustento teórico de Eugenio González Rojas creo un programa de desarrollo estratégico, que fue adoptado en la Conferencia Nacional de Programa de noviembre de ese año. Este guio la acción de la colectividad en las décadas siguientes. En 1955, el PSP adoptó la línea de “Frente de trabajadores”, que descartaba las alianzas políticas con la burguesía reaccionaria. En 1957 ambos grupos se unieron adoptando esta estrategia.

Once años después, en 1966, influido por la Revolución Cubana, y con la corriente trotskista como protagonista, en la Conferencia de Organización adhiere el Leninismo a sus principios. Al año siguiente, en Chillán, siguiendo la orientación leninista, el Congreso partidario cuestionó la legitimidad de la vía electoral, —pero, en una contradicción propia de la naturaleza del Partido—, en solo meses estaba inmerso en las elecciones parlamentarias de 1969 y las presidenciales de 1970.

Fue en enero de 1971, en el XXIII Congreso realizado en Peñuelas, La Serena, donde se produjo la mutación direccional que haría crisis en los años siguientes. En una crítica destemplada al trabajo de la conducción, los delegados rechazaron la cuenta de Aniceto Rodríguez, el secretario general que había llevado al partido a su mayor victoria. Esto hizo que el antiguo núcleo direccional y la mayor parte de la brigada parlamentaria, se retiraran del evento.

Entonces, se constituyó una Dirección, de la que Carlos Altamirano, amigo de Salvador Allende y líder de los sectores más radicales de la colectividad, asumió la secretaría general. El Comité Central quedo conformado mayoritariamente por elenos (que habían apoyado la estrategia guerrillera de Che Guevara), trotskistas (que en 1966 habían impuesto el Leninismo en el Partido), y amigos del presidente de Chile. Era una Conducción casi totalmente nueva.

A poco andar comenzaron las dificultades, pues una corriente encabezada, entre otros, por Adonis Sepúlveda y Jorge Mac Ginty, creía necesario sobrepasar la estrategia institucional con la que habían triunfado. Otro sector, donde estaban Hernán del Canto, Luis Urtubia, Rolando Calderón, pensaba que apoyar irrestrictamente la política gobiernista, era el único camino viable, para transitar hacia el Socialismo.

Esta contradicción no pudo ser resuelta, y se fue intensificando desde fines de julio de 1972, cuando en un teatro penquista se realizó la “Asamblea del Pueblo de Concepción”. Este evento fue impulsado por los socialistas de la ciudad junto al MIR y otros grupos, y apoyada por dirigentes nacionales del PS. Esta iniciativa, entre otros objetivos, perseguía que el presidente de Chile abandonara la vía institucional que era el único soporte de su legitimidad.

Ante la posible división de la Izquierda sí se concretaba esta iniciativa, Salvador Allende reaccionó con indignación y dureza: “(…). Una asamblea popular autentica revolucionaria –escribió el 1° de agosto de 1972, en una cara titulada ‘A los compañeros jefes de los partidos de la Unidad Popular’— concentra en ella la plenitud de la representación del pueblo. Por consiguiente, asume todos los poderes. No solo el deliberante sino también el de gobernar. En otras experiencias históricas ha surgido como ‘doble poder’, contra el Gobierno institucional reaccionario sin base social y sumido en la impotencia. Pensar en algo semejante en Chile en estos momentos es absurdo, sino crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo Gobierno, el que presido, y que no solo es legítimamente constituido, sino que, por su definición y contenido de clase, es un Gobierno al servicio de los intereses generales de los trabajadores. Y, con la más profunda conciencia revolucionaria, no toleraré que nadie ni nada atente contra la plenitud del legitimo Gobierno del país (…)”.

Pese al llamado al orden, hacia agosto de 1973, los grupos socialistas seguían fuertemente enfrentados. La Comisión Política, principal órgano de dirección, estaba dividida casi en parte iguales y, Carlos Altamirano, mediaba entre ellas. Para complicar más el cuadro, el secretario general, molesto con Salvador Allende, había cortado toda comunicación con él. Por su parte, la Juventud Socialista era la organización interna que apoyaba más decididamente la estrategia del presidente de la República, aunque, en su seno también había dirigentes que estaban en la postura contraria.

En ese estado llega septiembre. El martes 4 se realiza una gran manifestación frente al palacio de gobierno, para celebrar el tercer año de la victoria, en la que participan cientos de miles de personas. Fue “el canto del cisne” de la Unidad Popular.

Cuatro días después, en la mañana del sábado 8, en una trascendental cita en La Moneda, el Partido Socialista, el MAPU y la Izquierda Cristiana se opusieron a la petición presidencial para seguir intentando dialogar con la Democracia Cristiana o convocar a un plebiscito sobre la formación de las tres áreas de la Economía. La postura del PS, principal partido de gobierno paralizó la acción gubernamental en un momento en que el golpe era inminente.

Al día siguiente, en la mañana del domingo 9, en el antiguo Estadio Chile, Carlos Altamirano ante una radicalizada militancia del Regional Santiago Centro, reconoce que se ha reunido y, si es necesario, seguirá juntándose con los marinos antigolpistas que están detenidos en Valparaíso. La confesión significaba que el líder del PS había quebrado la disciplina y verticalidad de la Armada al citarse con suboficiales y tropas sin el consentimiento de sus jefes. Esta actitud cohesionó a los mandos golpistas en el objetivo de poner fin al Gobierno.

La derrota política se había producido. La militar –como sabemos— se produjo al amanecer del martes 11 de septiembre de 1973.

En esta debacle, la Dirección del Partido Socialista tenía una responsabilidad histórica por estar dividida sobre la estrategia a seguir en momentos tan importantes para la sobrevivencia del Gobierno y del Partido.

El aprendizaje sobre aquel episodio tan trascendental, cuyo final se tradujo en muerte para miles de compatriotas y la destrucción de la democracia, es que una Dirección Política del Partido Socialista dividida por estrategias distintas conduce, inevitablemente, a la derrota de la organización y, de paso, arrastra consigo a la Centro Izquierda y al pueblo chileno.

En estos días en que la ultraderecha pretende dividir al Partido Socialista es importante sostener, tal como Salvador Allende enseñó, que la unidad de las direcciones políticas, la unidad del pueblo, y la acción conjunta de las fuerzas transformadoras, son las herramientas para realizar los cambios que los pobres del campo y la ciudad requieren.

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