jueves 20 de agosto de 2026

La cordillera no está en venta: otra forma de entender el desarrollo

No se trata de detener el mundo. Se trata de entender que ninguna transición energética justifica sacrificar el agua y la vida que sostienen nuestros valles.

20 de agosto de 2026 - 08:45

El reciente acuerdo entre Codelco Andina y Anglo American para avanzar en la explotación del distrito Andina–Los Bronces vuelve a poner sobre la mesa una discusión que, para quienes vivimos cerca de la cordillera, no es nueva.

Desde algunos sectores se presenta como una oportunidad para Chile: más cobre, más producción, más ingresos y una mejor posición frente a la creciente demanda mundial de minerales necesarios para la transición energética. Yo lo miro desde otro lugar, desde una cordillera que conozco hace muchos años y que he visto cambiar.

Porque antes el río era distinto. Traía más agua. Y también había muchos animales que hoy casi no vemos, o que aparecen durante un período cada vez más breve. Recuerdo los pololos, los abejorros, las golondrinas, los búhos, las culebras, las arañas pollito, los coleópteros verdes y muchas otras especies que formaban parte de este territorio. Quizás para alguien que no conoce estos lugares esas ausencias puedan parecer pequeñas. Para mí no lo son.

También hemos comenzado a ver con mayor frecuencia animales propios de estos territorios y de la alta cordillera que bajan hacia Santiago buscando alimento. Pumas, zorros y cóndores aparecen en lugares donde antes no era habitual encontrarlos. No es difícil entender por qué: hemos ido ocupando sus hábitats, modificando sus territorios, y ellos, como cualquier ser vivo, tienen que buscar dónde sobrevivir.

Mi cuestionamiento al modelo extractivo tampoco nació de una postura teórica. Mi padre trabajó durante años como jefe del Servicio Médico de las minas Los Bronces y El Soldado. Crecí, por lo tanto, conociendo de cerca una realidad que para muchas personas puede resultar completamente ajena.

Con el tiempo comencé a mirar las cosas de otra manera. A estudiar, a informarme, a observar lo que estaba pasando con nuestros ecosistemas. Y mientras más aprendía, más preguntas me hacía.

El enorme consumo de agua de la minería comenzó a preocuparme especialmente. También la contaminación del agua, del suelo y del aire, y las consecuencias que todo esto puede tener sobre ecosistemas que son mucho más frágiles de lo que solemos pensar. Asimismo, he visto cómo los conflictos relacionados con el agua han terminado incluso en sanciones y multas para empresas mineras.

Entonces cuesta aceptar que sigamos hablando de estos proyectos solamente desde las cifras de inversión, la producción de cobre o los beneficios económicos que podrían generar. Hay otra cuenta que casi nunca aparece: la cuenta ambiental.

¿Cuánto vale una montaña?

Sabemos cuánto vale una tonelada de cobre. Sabemos cuánto cuesta un proyecto y cuánto dinero puede generar. Pero ¿cómo ponemos precio al agua que nace en la cordillera? ¿A un glaciar? ¿A una quebrada? ¿A una especie que deja de existir en un territorio? ¿A un río que cada vez trae menos agua? Hay cosas que simplemente no caben en una planilla.

La naturaleza tampoco es una reserva infinita de recursos que podemos ir utilizando cada vez que aumenta una necesidad. Nosotros dependemos de ella. Dependemos del agua, de los suelos, de la biodiversidad y de los ecosistemas que hacen posible nuestra propia existencia.

Por eso me cuesta aceptar que la respuesta frente a la creciente demanda de cobre sea siempre buscar una nueva montaña que explotar. ¿Realmente necesitamos seguir extrayendo?

No creo que podamos dejar de utilizar cobre de un día para otro. Sería poco realista. Pero sí creo que tenemos que empezar a hacernos otras preguntas: ¿Cuánto cobre ya hemos extraído? ¿Cuánto de ese cobre todavía está en circulación? ¿Cuánto podríamos recuperar de cables, construcciones, vehículos, aparatos eléctricos, residuos electrónicos y otros materiales? ¿Y cuánto podríamos recuperar de los residuos mineros que hemos acumulado durante décadas?

Estamos acostumbrados a mirar hacia la montaña cada vez que necesitamos más recursos. Quizás deberíamos empezar a mirar también hacia lo que ya extrajimos. Invertir más en recuperación, reciclaje, reutilización y nuevas tecnologías para recuperar materiales de los residuos podría ser parte de una estrategia mucho más inteligente.

No se trata de detener el mundo. Se trata de entender que ninguna transición energética justifica sacrificar el agua y la vida que sostienen nuestros valles. La cordillera no es un recurso descartable; es nuestra casa. Y ya es hora de empezar a mirar hacia lo que dejamos atrás antes de seguir destruyendo lo que nos queda.

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Imagen referencial: soberanía digital, Chile.

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