Hace poco, durante algunas semanas, el mundo pareció hablar un lenguaje común. Millones de personas seguimos los mismos partidos, celebramos jugadas y compartimos con amigos y cercanos las emociones de este lindo deporte colectivo: el fútbol.
Los mundiales generan eso y suelen presentarse como una de las expresiones más potentes de encuentro humano, un espacio donde las diferencias políticas, culturales y sociales parecen quedar suspendidas por noventa minutos. Sin embargo, una vez más, el fútbol también nos mostró aquello que está y persiste bajo la superficie de nuestras sociedades: prejuicios, exclusiones y formas de racismo que muchos creíamos superadas.
Más allá de resultados deportivos, el Mundial dejó al descubierto una inquietante ola de comentarios sobre la composición étnica de determinadas selecciones nacionales. Llamó la atención no solo que estos discursos emergieran desde sectores acostumbrados a la provocación o el nacionalismo excluyente, sino también que fueran reproducidos o legitimados por personas instruidas, algunas de ellas reconocidas por su trayectoria intelectual o profesional e incluso lo presenciamos en boca de quienes ahora o en el pasado han liderado grandes estructuras políticas. Como si la diversidad de ciertos equipos fuese un fenómeno extraño que requiriera explicación o sospecha.
Lo sorprendente es que basta una comprensión elemental de la historia para advertir que las configuraciones étnicas de las selecciones contemporáneas son el resultado de procesos complejos y prolongados. Migraciones, colonialismo, esclavitud, intercambios comerciales, conflictos bélicos y transformaciones demográficas han modelado durante siglos la composición de las naciones. Las selecciones nacionales no son una anomalía; son la expresión deportiva de esas trayectorias históricas. Pretender que una nación deba exhibir una determinada homogeneidad étnica implica desconocer precisamente las condiciones que hicieron posible su existencia.
Lo verdaderamente preocupante no fue la existencia de estos comentarios. El prejuicio ha acompañado a la humanidad desde siempre. Lo inquietante es comprobar con qué facilidad algunas personas abandonaron el análisis histórico y la complejidad social para refugiarse en explicaciones simplistas, reproduciendo estereotipos que parecían pertenecer más al pasado que al presente. El Mundial no reveló la ignorancia de personas ignorantes; reveló los prejuicios persistentes de personas que deberían saber más.
Y es precisamente aquí donde el fútbol se convierte en un espejo para la medicina.
Existe la tentación de pensar que la educación, la formación universitaria o la excelencia profesional inmunizan contra los prejuicios. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que no es así. La acumulación de conocimientos no garantiza una comprensión más profunda del otro. Una persona puede poseer una vasta cultura, dominar teorías complejas o haber alcanzado altas responsabilidades públicas y, aun así, mantener sesgos profundamente arraigados.
La medicina conoce bien este problema. Lo que la filósofa inglesa Miranda Fricker denominó injusticia epistémica aparece cada vez que otorgamos menos valor al relato de una persona por prejuicios relacionados con su origen, apariencia o pertenencia social. En esos casos, algunas voces deben luchar más que otras para ser escuchadas cuando hablan de enfermedad, sufrimiento o necesidad de ayuda.
Aunque solemos imaginar los hospitales y centros de salud como espacios regidos exclusivamente por la evidencia científica, los prejuicios también ingresan a las consultas, a las salas de hospitalización y a los servicios de urgencia. El origen social de una persona, su color de piel, su forma de hablar, su nacionalidad o su pertenencia cultural pueden influir, muchas veces de manera inconsciente, en cómo interpretamos sus relatos y en la credibilidad que otorgamos a sus experiencias. Y esto afecta tambien a los profesionales de salud que migran a otros países en busca de mejores oportunidades.
El racismo que observamos en el escenario deportivo y las injusticias que aún ocurren en la atención sanitaria comparten una raíz común: la tendencia a mirar primero una categoría y solo después a la persona. Cuando el color de piel, el origen o la pertenencia a determinado grupo eclipsan la individualidad del otro, la humanidad comienza a desaparecer de nuestra mirada.
Por eso, quizás la principal enseñanza que deja este Mundial no tenga relación con los goles, las estadísticas o los campeones. La verdadera lección es que ninguna sociedad puede dar por superada la discriminación. Los prejuicios siguen presentes y, en ocasiones, reaparecen precisamente allí donde menos los esperamos.
La medicina debería asumir esta advertencia con especial responsabilidad. Quienes estudian profesiones sanitarias y tendrán a su cargo el cuidado de la salud de la población no pueden permitirse los lujos intelectuales ni los reflejos racistas que hemos visto aflorar en el debate futbolístico. La confianza que la sociedad deposita en médicos, enfermeras, matronas, kinesiólogos, psicólogos y otros profesionales de la salud exige algo más que conocimientos técnicos: exige una profunda conciencia de la dignidad humana.
Educar en salud también significa educar para la tolerancia, el respeto y la valoración de la diversidad. Significa aprender a reconocer nuestros propios prejuicios antes de que estos condicionen nuestras decisiones. Quienes tendrán la responsabilidad de cuidar la salud de otros no pueden permitirse reproducir los reflejos racistas que el Mundial ha dejado al descubierto. La medicina exige algo más profundo: la capacidad de reconocer en cada paciente a un igual. Porque antes de cualquier diagnóstico, antes de cualquier diferencia cultural, étnica o social, existe una persona que sufre y busca ser escuchada.
Y quizás la lección más importante que deja este Mundial sea precisamente esa: los prejuicios sobreviven incluso allí donde existe educación, prestigio o poder. Por eso, quienes ejercen y ejercerán profesiones sanitarias tienen una responsabilidad ineludible, ellos y ellas precisamente estarán en una situación de poder otorgada por sus conocimientos y lugar al interior de los equipos de trabajo.
La medicina exige reconocer al otro como un igual y escuchar su experiencia sin que el origen, el color de piel, la nacionalidad o cualquier otra diferencia interfieran en nuestro juicio. Porque antes que categorías, identidades o etiquetas, hay personas que sufren. Y esa debería ser siempre la primera realidad que la medicina aprenda a ver.