“Las ciudades, como los sueños,
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El ser humano y los espacios que habita van mutando con el tiempo, y no pensar las ciudades puede provocar daños irreparables, como el desarraigo.
“Las ciudades, como los sueños,
están hechas de deseos y miedos,
aunque el hilo de su discurso sea secreto,
sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas
y todo oculte algo más”.
(Italo Calvino, “Ciudades invisibles”)
Terminando el mes de mayo se puede dar cuenta del atractivo que despiertan algunas construcciones que han logrado constituirse en espacios públicos. Estos permiten mostrarnos parte de lo que somos, sea por lo que impone un edificio al gusto estético o por la historia que porta como testimonio del tiempo.
Espacio y tiempo son categorías que actúan cotidianamente en nuestro vivir, la mirada a un pasado ayuda siempre a una comprensión del presente, este es el gran secreto que permite valorar la historia haciendo los esfuerzos por recuperarla, este un intento propio de la memoria. Definitivamente, el patrimonio es un símbolo que se transforma en una huella para acercarnos de manera auténtica a lo que somos. El Día de los Patrimonios da cuenta de que esta necesidad individual que adquiere un carácter colectivo festivo, las ciudades despiertan en estas fechas y logran convocar a que los ciudadanos las habiten.
En estos días he leído columnas que lamentan el abandono, especialmente, de los cascos históricos de las ciudades. Junto a estas aparecen otras visiones más optimistas que aseguran que vivimos un momento importante de recuperación de la ciudad, entre más la caminamos y la habitamos creo que nos podemos ir convenciendo de este segunda visión.
Me parece que el deterioro de los cascos históricos más bien es una excusa para negarnos la posibilidad de habitar la ciudad, lo cierto es que las ciudades siguen llenas de vida, lo triste es cuando -excluyéndonos- dejamos de habitarla. Creo que apostar al espacio público es una tarea ciudadana que requiere una actitud que corresponde al ámbito de lo político, la ciudad es el mejor espacio de encuentro entre los ciudadanos, sea esto en sus espacios públicos o en los lugares en que habitamos, sin duda las viviendas que sirven de cobijo requieren estar rodeadas de espacios públicos en función de la convivencia.
Esta necesidad es lo que hace que la arquitectura sea una herramienta política. La responsabilidad profesional requiere estar orientada por esa ética cívica, “qué la arquitectura sea siempre una fiesta y una construcción” decía Pedro Prado, gran arquitecto chileno protagonista del movimiento intelectual y espiritual que se conformó por los Decimales, en la imponente casona de calle Santa Rosa a cuadras de la Alameda. El arquitecto en su quehacer aporta a las respuestas que requiere la transformación de la ciudad sin abandonar su sentido estético y tampoco lo funcional.
El ser humano y los espacios que habita van mutando con el tiempo, no pensar las ciudades puede provocar daños irreparables como el desarraigo, cuestión que motiva una búsqueda incesante del lugar, de un lugar al cual poder pertenecer. Las ciudades utópicas representan esta necesidad, escapar y transitar hacia otro lugar, no habitar un estar más próximo que suele ser donde hemos sido. La arquitectura debe ser un arte que sea capaz de construir lo utópico en el lugar que habitamos, las ciudades requieren de la obligación que se compromete con la creación de espacios en los cuales podamos sentir ese sentimiento de pertenencia.
Entre la responsabilidad política y la construcción de la utopías, la construcción de las viviendas sociales es una de las cuestiones más serias que la política pública debe asumir, cuestión que desde los gobiernos más bien ha representado una amenaza constante. Escasos han sido los proyectos de gobiernos que han logrado la construcción de buenos espacios para habitar, y entre los arquitectos en estos días la sensibilidad por lo colectivo no es algo que parezca un imperativo. Sin embargo, algunos nombres son memorables, entre ellos los Premios Nacionales Fernando Castillo Velasco, Miguel Lawner, Cristián Castillo Echeverría; y el Premio Pritzker, Alejandro Aravena.
Ojalá que, ya finalizado el día de los patrimonios, aún nos permitamos visualizar rasgos de nuestra historia en la arquitectura y el espacio público.