Las palabras son ahora las nuestras
Es mucho e inabarcable lo que el estallido consiguió movilizar y lo que le debemos a esa cabrería díscola que irrumpió en las calles y nos arrastró con ella, venida directamente de la periferia urbana y los territorios para desenmohecernos. El plebiscito –al que una parte de ella era renuente– y la Asamblea Constituyente son lo más evidente entre esos logros, pero no cabe desdeñar lo ocurrido en el estado de ánimo general del país, un país oscuro y doblegado que, a contar de entonces, busca transformarse en dueño de su destino, cuestionando de manera frontal a una clase política degradada o planteando reivindicaciones que esa élite tan inamovible no puede ya desoír.
Por
Jaime Collyer