Con Francia ocurre algo distinto: al no ser africanos, tenemos poca historia en común con ese país. Recordamos la fraternidad, la libertad, la revolución, la cocina y el cine francés. Pero Francia hace lo mismo que Estados Unidos ha hecho en Latinoamérica: promueve golpes de Estado, envía paracaidistas, entrena torturadores y explota económicamente a sus excolonias africanas. Era importante entender que el fenómeno imperial no es cosa del pasado: sigue vigente, y el proyecto liberal siempre se ha apoyado en el proyecto imperial de ambos países.
Las raíces religiosas del proyecto imperial
-Ese colonialismo mutó, pero no desapareció. ¿Cuáles son las características más determinantes del imperialismo actual de Estados Unidos y Francia?
Hay un centro del que parto en mis textos anteriores: la modernidad, con un proyecto anglosajón reformado o calvinista que tuvo mucha repercusión en Francia. Solemos asociar la Ilustración a los franceses, pero pocos saben que los franceses del siglo XVIII eran grandes admiradores de los ingleses del siglo XVII. A Newton o a Locke no se les corrige ni se les busca el error: se les aplica. Lo mismo ocurre con Kant en Prusia.
Cuando uno revisa los textos originales de Newton, lo que está haciendo, con la gravedad, es demostrar el gobierno absoluto de Dios sobre el mundo natural. Eso está escrito, no es una interpretación mía: hay que leer el Escolio General de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural. Los filósofos morales tomaron esa idea. Locke traslada esa visión de un mundo mecánico y predeterminado al estudio de la humanidad: así como Dios establece las leyes para que los planetas no choquen, en el mundo humano establece la razón como una tendencia natural a buscar lo útil, es decir, todo aquello que procura comodidad.
Ese mecanismo predeterminado pasa a Francia, donde triunfan el jansenismo calvinista y, más tarde, la razón como manifestación divina que guía a los seres humanos, algo que se ve muy claro en Rousseau. Esa estructura, que termina justificando el racismo, el clasismo, el imperialismo y el colonialismo, se instala primero en Inglaterra —aunque, gracias a Hitler, el mundo ha olvidado su maldad, cuando habría que sumar a los holandeses en Indonesia, a los belgas en el Congo y a Francia en el África subsahariana—. Es una estructura imperial que busca "el progreso" y "realzar a las razas inferiores", con justificantes en la religión y en la idea de modernidad.
-¿Cómo se pasa del imperialismo de ocupación al neocolonialismo de presiones?
Trump retoma el canal de Panamá y amenaza a Holanda; Francia mueve hilos en Níger y en Mali, países que se han separado de ella. Pareciera que ya no es tan respetable invadir, pero eso puede cambiar en cualquier momento: ahí está lo que estamos viendo con Venezuela.
Estados Unidos, la democracia que no fue
-Mucha gente cree que Estados Unidos siempre ha sido una democracia ejemplar y que Trump estaría rompiendo ese esquema. ¿Cómo describiría lo que ha sido este país en sus más de doscientos años de historia?
Este año se celebraron los 250 años de Estados Unidos. A diferencia de lo que dicen algunos historiadores —que sitúan el inicio de la fase imperialista en 1898, con la guerra contra España—, lo que expongo en el libro es que el proyecto imperial parte en la colonia, en 1776: ya entonces Jefferson proponía que debían ser un imperio.
Antes de esa fecha, Estados Unidos ya invadía naciones independientes —las distintas tribus nativas—, con expolio de tierras y un verdadero genocidio. Es también un proyecto religioso: los puritanos huyen de la corrupta Europa para instalar una nueva Jerusalén en el desierto, una casa en el monte que debía ser un gran ejemplo para el resto del mundo. Recomiendo revisar los discursos de toma de posesión —el de Trump y también el de Biden— para ver cómo esa retórica religiosa de los colonos puritanos sigue presente.
-¿En qué se sostiene esa idea de "democracia ejemplar"?
En varias cosas que nos afectan directamente. No tengo problema en decir que somos una colonia cultural estadounidense: se transmite el Super Bowl en Chile, y eso también tiene que ver con una cuestión racista de nuestros modelos, que siempre fueron anglosajones.
Un ejemplo concreto: los estadounidenses dicen que la Guerra de Secesión se hizo para liberar a los negros, y así se ha mostrado en múltiples películas. Pero si uno revisa las citas de Abraham Lincoln o del Congreso, fue una guerra de secesión —el sur se quería separar—, no una guerra de liberación. Lincoln era abolicionista, pero también segregacionista: pensaba que los negros no debían vivir en Estados Unidos.
Basta ir más atrás, a la Declaración de Independencia, donde se dice que los seres humanos fueron creados por Dios para ser libres y felices: la firman 49 hombres latifundistas blancos que tenían esclavos. Los negros pudieron votar recién en los años sesenta; las mujeres blancas votaron antes que las mujeres negras. Hoy vemos una cacería de latinos: nadie persigue en las calles de Estados Unidos a los suecos, persiguen a los latinos.
Es una democracia con un proyecto imperial. Cuando Wilson aboga, después de la Primera Guerra Mundial, por la autodeterminación de las naciones europeas, al mismo tiempo manda a los marines a Centroamérica una y otra vez a instalar gobiernos títeres. Hay excepciones —Roosevelt ayudando a Lázaro Cárdenas en México, la Alianza para el Progreso de Kennedy—, pero no podemos convertir las excepciones en la norma.
Françafrique: la hipocresía del faro europeo
-¿Y en el caso de Francia? ¿Cómo se explica esa doble cara: un país que habla de medioambiente, libertad e igualdad, y que a la vez sostiene una presencia colonial en África?
Con Estados Unidos hay una propaganda muy eficaz: queremos muchísimo el cine estadounidense y no siempre vemos los mensajes que trae detrás. En Spider-Man 1, cuando el protagonista dice que "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", termina con una gran bandera estadounidense de fondo. O el caso de Día de la Independencia, donde Estados Unidos "une al mundo y lo libera" un 4 de julio.
Con Francia el vínculo es distinto: desde el siglo XIX, nuestras clases altas decían "ver París y morir"; el lenguaje, la diplomacia, la cocina y la moda francesas eran la cúspide de la humanidad. Francia parece un país moderno que integró a árabes y a sus excolonias africanas, y tiene un ambiente crítico más abierto y menos represivo que Estados Unidos. Pero como no somos africanos, Francia no se nos "cayó encima" a nosotros como sí a los franceses.
El concepto de Françafrique tiene que ver justamente con eso: de Gaulle, terminada la Segunda Guerra Mundial, entiende que ya no se puede sostener el imperio con presencia militar, y el vínculo gira hacia lo económico. El mismo día en que se libera París hay una masacre de 40.000 argelinos en Sétif: ahí uno se pregunta qué se estaba liberando exactamente.
Francia termina dando la independencia a sus colonias porque ya no era sostenible —pierde militarmente en Indochina, en Vietnam—, pero las amarra con tratados: dependencia armamentística, financiamiento condicionado a comprar productos franceses, y una relación activa con mafias y élites colonizadas que permite mantener dictaduras larguísimas y corruptas, mientras empresas como la ELF se colude con esas élites para exprimir a África.
El Buen Vivir, una alternativa desde los pueblos originarios
-Después de este recorrido crítico, ¿qué le gustaría que se llevaran los lectores de "Imperios Liberales"?
Primero, que es un libro de acceso abierto, se puede descargar gratis: es un proyecto de ETHICS, de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile, donde hago clases, con una línea editorial que busca acercar la lectura a la gente en un país donde el 80% no comprende bien lo que lee.
Segundo, entender que hay temas que parecen difíciles o lejanos, pero la información está disponible, y que la lectura no puede abandonarse: ni la televisión ni TikTok reemplazan a un buen libro sobre el mismo tema. Y, en términos más puntuales, entender qué es una lectura crítica: ser crítico no es criticar todo, sino entender que los fenómenos sociales admiten múltiples miradas, y desconfiar de quien reduce algo a una sola variable.
Necesitamos reconsiderar nuestros modelos: Estados Unidos y Francia no son en absoluto un ejemplo de convivencia democrática y social. La pregunta es si, después de tanto tiempo, vamos a seguir mirando hacia proyectos externos —construidos, además, contra el sur global— para buscar ahí nuestras soluciones.
-Usted habla en el libro de una alternativa latinoamericanista: el Buen Vivir de los pueblos originarios. ¿En qué consiste esa perspectiva?
Quiero aclarar que no se trata de una xenofobia ideológica contra el mundo moderno: hay cosas que me fascinan, como la libertad de conciencia o ciertas estructuras democráticas. Tampoco quiero idealizar el mundo indígena, que hoy está de moda, casi como si ser mapuche fuera la solución a todo.
Dicho eso, la sociedad americana tiene al menos entre 25.000 y 30.000 años, desde que los primeros grupos humanos cruzan por Beringia, con formas de organización sociopolítica distintas a las occidentales. Si no hubieran llegado los invasores españoles, quizás hoy seríamos todos incas, con un Estado más bien benefactor.
Ahí está el Buen Vivir, una idea que se encuentra en muchos pueblos de Sudamérica —el Buen Vivir andino, pero también una visión similar entre mapuches, guaraníes y pueblos amazónicos—: la idea de vivir armónicamente en comunidad, donde esa comunidad incluye a los antepasados, los espíritus, la naturaleza y los seres humanos. Yo no creo en la Pachamama ni en los antepasados, pero me parece que esos pueblos lograron construir, culturalmente y en la vida cotidiana, una forma de convivencia armónica.
Eso sí, hay que decirlo con cuidado: el Buen Vivir ha sido, sobre todo, una discusión de intelectuales blancos o mestizos, más que de las propias comunidades. No estoy desmereciendo ese esfuerzo, pero también hay que aclararlo.
-¿Qué lugar le da a esa alternativa frente al proyecto liberal occidental?
Como mestizo, ideológicamente al menos, creo que el siglo XX nos enseñó que ni el totalitarismo estatal ni el libre mercado bastan como soluciones. Tenemos que buscar otro camino y convencernos de que no existen recetas únicas, sino proyectos que pueden construirse desde distintos lugares, con la participación de las personas. En Chile, por ejemplo, la Constitución se encargó de encauzar el movimiento social, y eso hasta hoy no ha muerto.
Insisto en que no quiero satanizar la modernidad, que tiene cosas muy interesantes, ni idealizar el mundo indígena. Pero creo que el Buen Vivir andino, mapuche y amazónico sí tuvo logros sociales tangibles, mucho más concretos que la promesa de "libertad, igualdad y fraternidad" francesa o la idea estadounidense de hombres creados libres para ser felices.
"No hay nada de heroico en los imperios"
-Para cerrar, ¿cómo resumiría la idea central del libro?
Que no hay nada de heroico en los imperios. Todas esas películas de héroes que luchan contra "salvajes" o gente malvada que los atacan son, en realidad, películas de invasores enfrentando a combatientes que quieren liberar su nación, su pueblo, su patria. Ahí no hay nada heroico: se esconden crímenes terribles, robos y torturas.
Eso es el imperialismo, y el liberalismo que lo acompaña lo reproduce y lo necesita. No tiene nada de liberador para los pueblos sometidos. Y todo eso sigue vivo, ahora a través del neocolonialismo: en África o en lo que llamamos Medio Oriente no hay ningún problema en bombardear —ya no llevan tropas, porque sale muy caro—, pero ahí están Afganistán e Irak: los gringos no aprenden y lo siguen haciendo.