martes 31 de marzo de 2026

Educar en vez de vigilar

La preocupación por la falta de ética, el plagio o el pensamiento crítico suele centrarse en cómo disminuir los espacios tecnológicos o buscar métodos de detección. Pero antes de la virtualidad, estos problemas ya existían. La copia, el plagio y la desconexión no se basan en la falta de vigilancia, sino en la ausencia de metodologías que aborden al estudiante como un ente activo, participativo y reflexivo.

28 de enero de 2026 - 00:00

Buscar y seleccionar un libro, leerlo completo o dejarlo a medias; son todos actos democráticos. Cada vez que miramos la inmensidad de las obras publicadas en Chile y el mundo para escoger algo que leer, ya sea por entretención o aprendizaje; estamos ejerciendo nuestra soberanía. Lo mismo sucede cuando nos desplazamos por una aplicación para encontrar una serie; al utilizar las redes sociales o cuando decidimos informarnos a través de un portal digital.

Cuando queremos satisfacer nuestra curiosidad (o simplemente matar el  aburrimiento), recurrimos a la inmediatez de un dispositivo. No hay más demora que la que permite nuestra conexión, en un mar de alternativas. Pero en medio de esa abundancia surge una pregunta clave: ¿Elegir es lo mismo que comprender?

Este mes celebramos el Día Internacional de la Educación y esta pregunta debería importarnos más que cualquier discusión técnica: ¿Cómo decidimos qué historia seguir hasta el final?, ¿Por qué confiamos en una fuente y no en otra?, si consideramos la veracidad de la información, ¿cuál es el criterio para confiar?

Tal como los sellos en los alimentos nos alertan sobre excesos de azúcar o sodio, podríamos pensar que ciertos contenidos digitales también contienen "trazas" que convendría considerar: sesgos, manipulaciones o desinformación. No porque seamos ingenuos, sino porque la velocidad del consumo no siempre permite preguntarse quién lo dijo, con qué intención o con qué evidencias. Esta falta de pausa es la que choca directamente con nuestra realidad educativa.

Pensar en la población del nuevo siglo nos lleva a una división notoria: Quienes nacieron antes del 2000 crecieron imaginando fantasías de viajes interplanetarios y chips cerebrales para dominar habilidades; quienes nacieron después llegaron a un mundo donde ese futuro ya existe. Pero mientras se desarrollan implantes para ayudar a pacientes con enfermedades como el Alzheimer, la realidad de la educación es mucho más concreta y difícil de aceptar: el conocimiento ya no circula principalmente en las salas de clases, sino en redes sociales y en el contenido interactivo.

Durante décadas los docentes fueron figuras de autoridad porque tenían el monopolio del conocimiento. Hoy, cualquier persona puede aprender de forma rápida a través de un podcast o un video de YouTube. El acceso se democratizó, sí, pero la formación crítica no avanzó al mismo ritmo.

¿Entonces, qué está pasando? ¿Por qué presenciamos iniciativas de restricción, como la prohibición de móviles en el aula? ¿Será que como docentes somos reacios a lo digital como cuando antiguos académicos negaban la calculadora?

Existen razones para estas medidas, desde disminuir distracciones hasta prevenir el cyberbullying. No obstante, ya sabemos que prohibir no elimina esos fenómenos. El acoso virtual ocurre de igual manera fuera del colegio, y la falta de atención no depende del dispositivo: un alumno puede mirar al frente y aún así no prestar atención.

Estos problemas no se resuelven apagando pantallas, se resuelven repensando el rol del estudiante. En este mismo contexto, la educación no va a cambiar por el uso o el rechazo de la Inteligencia Artificial. La preocupación por la falta de ética, el plagio o el pensamiento crítico suele centrarse en cómo disminuir los espacios tecnológicos o buscar métodos de detección. Pero antes de la virtualidad, estos problemas ya existían. La copia, el plagio y la desconexión no se basan en la falta de vigilancia, sino en la ausencia de metodologías que aborden al estudiante como un ente activo, participativo y reflexivo.

Más allá de si el teléfono debe estar en la mochila o si la IA debe ser bloqueada, esta efeméride es una oportunidad para pensar en qué tipo de aprendizaje estamos construyendo. En un mundo donde todo compite por nuestra atención, educar ya no se trata de entregar contenidos: se trata de formación crítica participativa. Sin eso, la libertad de elegir qué consumir podría ser sólo una cómoda ilusión.

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