martes 31 de marzo de 2026

Atapuerca, la sociedad de la desconfianza y el desafío de volver a aprender juntos

Tal vez la pregunta decisiva hoy no sea solo si sabremos, otra vez, aprender a vivir juntos, sino si sabremos actualizar esa antigua capacidad de habitar y convivir sin confundir transformación con dominación. Si podremos recuperar una conciencia de especie que nos permita crear futuro sin destruir las condiciones que lo hacen posible.

25 de enero de 2026 - 00:00

Estoy en España, recorriendo la Fundación Atapuerca en la ciudad Burgos. Casi al mismo tiempo, encuentro en una librería un libro recién publicado: “La sociedad de la desconfianza”, de la filósofa española, Victoria Camps. La coincidencia no es menor. Mientras camino por uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Europa, que nos permite comprender nuestros orígenes como especie, leo la reflexión filosófica que intenta explicar uno de los síntomas más inquietantes de nuestro presente: la pérdida de confianza.

Aclaro desde el inicio que lo que sigue es una reflexión especulativa. No pretende constituirse como verdad científica ni competir con el rigor de la arqueología, la antropología o la biología evolutiva que aquí se cultivan, particularmente en el trabajo desarrollado por la Fundación Atapuerca. Es, más bien, un ejercicio de pensamiento situado: dejar que el pasado remoto dialogue con los dilemas contemporáneos que enfrentamos como humanidad y como comunidades concretas.

Camps sostiene que vivimos en una sociedad de la desconfianza, marcada por un individualismo extremo que ha vaciado de contenido moral la idea de libertad. Hemos confundido autonomía con desvinculación, libertad con ausencia total de límites, y responsabilidad con una carga ajena que preferimos evitar. El resultado es un sujeto que se cree autosuficiente, pero que desconfía de todo lo que no controla: de la política, de las instituciones, del otro, del sistema educativo y, en última instancia, del nosotros.

Leer estas ideas desde Atapuerca produce un contraste potente. Todo lo que aquí se investiga y se reconstruye apunta en la dirección contraria: nuestros antepasados homínidos no sobrevivieron porque fueran más fuertes, más rápidos o más inteligentes de forma individual, sino porque desarrollaron formas cada vez más complejas de cooperación. Aprendieron juntos, transmitieron saberes, se organizaron en torno a tareas comunes y construyeron territorios compartidos para habitar un mundo que, en muchos sentidos, les era hostil.

Dicho de otro modo, la gran “invención” de nuestra especie no fue solo técnica, sino profundamente social. La evolución humana fue —y sigue siendo— un proceso biocultural, donde el aprendizaje colectivo desempeñó un papel central. En Atapuerca no vemos individuos aislados, sino huellas de campamentos, herramientas compartidas, movilidad territorial, transmisión intergeneracional de prácticas. La vida humana se sostuvo porque supo organizarse como campo colectivo.

Aquí emerge una pregunta clave: ¿qué tipo de dinámica interna hizo posible esa cooperación eficiente? No basta con decir que “trabajaban juntos”. Es necesario preguntarse cómo se organizaba ese estar-juntos.

Una hipótesis —arriesgada, pero fecunda— es que esa eficiencia no descansaba solo en la emoción o en el vínculo afectivo entendido como pertenencia, sino en algo más sutil: una capacidad de afectación mutua que organizaba la acción colectiva. Las emociones crean identidad y cohesión; nos hacen sentir parte de un grupo. Pero no garantizan, por sí solas, que un colectivo funcione bien. Los afectos, en cambio —entendidos como la capacidad de ser modificados por el encuentro con otros y con una situación común— parecen operar como una inteligencia distribuida del grupo. Señalan cuándo avanzar, cuándo ceder, qué rol ocupar para que el propósito común se sostenga.

Tal vez nuestros antepasados no se preguntaban quiénes eran, sino qué había que hacer juntos para seguir viviendo. La conciencia no estaba concentrada en el individuo, sino desplegada en el campo de relaciones, en el territorio, en la tarea compartida. El pensamiento, en ese sentido, no era introspectivo ni jerárquico: era situado, práctico y colectivo.

Si aceptamos esta lectura, el diagnóstico de Camps sobre nuestra época adquiere una profundidad mayor. La desconfianza contemporánea no sería solo un problema político o institucional, sino el síntoma de una desarticulación más profunda de nuestra capacidad de aprender y actuar colectivamente. El individualismo libertario no solo erosiona la ética pública; bloquea la posibilidad misma de dejarnos afectar por un campo común. Sin esa afectación, la cooperación se vuelve frágil, defensiva o meramente instrumental.

Estas tensiones no se juegan solo a escala macro. Aparecen con fuerza en experiencias concretas, como la de construir proyectos educativos con sentido colectivo. En Novomar, por ejemplo, intentamos desde hace años desarrollar una cultura cooperativa basada en una organización horizontal —la Organización Nómada— y en la noción de campo nómada: un espacio relacional donde las decisiones, los roles y las responsabilidades no se imponen de forma jerárquica, sino que se leen en función de lo que el colectivo necesita para aprender y crecer.

No es un camino sencillo. La cultura de la desconfianza atraviesa también a la escuela. Sujetos formados en lógicas individualistas tienden a proteger su espacio, a desconfiar del otro, a confundir libertad con no involucrarse. El desafío, entonces, no es solo metodológico o pedagógico. Es evolutivo y cultural: reaprender a ser colectivo en un mundo que ha debilitado profundamente esa capacidad.

Aquí Atapuerca vuelve a interpelarnos. No como un museo del pasado, sino como un espejo incómodo. Nos recuerda que la cooperación no nació del consenso abstracto ni de la buena voluntad, sino de la necesidad vital de habitar juntos un espacio común. Y que esa forma de habitar no implicó someter la naturaleza, sino crear un ecosistema propio sin salir del mundo natural.

Tal vez la pregunta decisiva hoy no sea solo si sabremos, otra vez, aprender a vivir juntos, sino si sabremos actualizar esa antigua capacidad de habitar y convivir sin confundir transformación con dominación. Si podremos recuperar una conciencia de especie que nos permita crear futuro sin destruir las condiciones que lo hacen posible.

No tengo respuestas cerradas. Solo la convicción —reforzada aquí, entre Atapuerca y estas lecturas— de que el aprendizaje colectivo no es un lujo ni una moda pedagógica, sino una infraestructura evolutiva. Sin confianza, sin cooperación y sin campos comunes de sentido, no hay escuela que se sostenga, ni sociedad que pueda imaginar un mañana compartido.

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