Algunos analistas y académicos, refiriéndose a la matriz ideológica de José Antonio Kast, han preferido describirlo como un político conservador, ubicándolo dentro de la tradición de la derecha liberal o demócrata cristiana europea.
Sin embargo, cuando se observan sus posiciones, su discurso y sus redes de afinidad política internacional, el patrón que aparece se parece mucho más a otra familia ideológica ampliamente estudiada en la ciencia política contemporánea: la derecha radical populista.
La literatura comparada, desde los trabajos de Cas Mudde (2021) y Cristóbal Rovira (2022) hasta investigaciones más recientes sobre política exterior, ha mostrado que este tipo de liderazgos combina nacionalismo, antielitismo y una dura crítica al orden liberal internacional. Diversas investigaciones sobre los gobiernos de Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil indican que estos rasgos no se limitan a la política interna. También se proyectan hacia la política exterior.
El primer rasgo observable es el cuestionamiento del multilateralismo liberal. Una característica recurrente de la derecha radical contemporánea ha sido su crítica a las instituciones internacionales, frecuentemente presentadas como espacios dominados por “élites globalistas” que limitarían la soberanía nacional. Este discurso fue central durante la presidencia de Trump y también apareció con fuerza en el bolsonarismo brasileño.
En el caso de Kast, las críticas reiteradas hacia organismos internacionales, particularmente hacia las instituciones asociadas al sistema de las Naciones Unidas, siguen un patrón discursivo muy similar: el multilateralismo aparece descrito no como un espacio de cooperación internacional, sino como una estructura que impondría agendas ideológicas contrarias al interés nacional y los valores tradicionales.
Un segundo rasgo es la securitización de la migración. Las investigaciones sobre la derecha radical populista muestran que estos movimientos tienden a redefinir fenómenos sociales complejos como amenazas existenciales para la nación. De esta forma, la migración deja de ser tratada como un fenómeno socioeconómico o humanitario y pasa a ser presentada como un problema de seguridad nacional.
Este proceso ha sido ampliamente documentado en Europa y Estados Unidos, y también se ha manifestado en el debate político chileno. Propuestas como la militarización de fronteras o la construcción de la zanja para controlar el flujo migratorio son una expresión de dicha lógica.
Otro rasgo es la priorización de afinidades ideológicas en política exterior. En la diplomacia tradicional, incluso gobiernos con profundas diferencias políticas mantienen cierta continuidad en la gestión de sus relaciones internacionales, guiadas principalmente por intereses estratégicos o económicos.
En cambio, diversos estudios han mostrado que los gobiernos asociados a la derecha radical prescinden de la diplomacia tradicional y copan dichas instancias con adeptos que se encargan de reestructurar las relaciones exteriores en función de afinidades ideológicas. Bolsonaro, por ejemplo, se alineó estrechamente con determinados gobiernos ideológicamente cercanos, incluso cuando ello generaba tensiones con socios comerciales relevantes.
En ese contexto, algunas señales asociadas a Kast resultan reveladoras. La invitación al cambio de mando al presidente Lula y al hijo de Jair Bolsonaro, además de representar un traspié diplomático, parece responder menos a criterios institucionales que a una lógica simbólica de posicionamiento político dentro del espacio de la derecha radical latinoamericana.
Pero hay un elemento adicional que permite entender mejor este fenómeno. La derecha radical contemporánea no funciona únicamente a nivel nacional: también opera como una red política transnacional. Liderazgos, partidos y movimientos de distintos países mantienen vínculos, comparten diagnósticos ideológicos y construyen espacios de cooperación política.
El trumpismo en Estados Unidos, el bolsonarismo en Brasil y el partido Vox en España han sido parte visible de este entramado. Con todos ellos Kast mantiene una relación fluida. Es más, desde el Palacio de La Moneda, y flanqueado por dos banderas chilenas, Kast grabó un video apoyando la reelección del primer ministro Orban, en el marco de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de Hungría 2026. En él, resaltaba que las medidas implementadas por Orban eran fuente de inspiración para el trabajo que su gobierno estaba implementando desde el primer día.
“Dime con quien andas…” pensarán algunos. Lo cierto es que las afinidades internacionales de un liderazgo político dicen mucho sobre su ubicación dentro del mapa ideológico global. Y en el caso de Kast, esas afinidades han sido claras y reiteradas. Aunque no comparta la estridencia de sus amigos, sus vínculos con figuras asociadas a la derecha radical internacional no son casualidad.
Por supuesto, ninguno de estos rasgos, considerado de manera aislada, define necesariamente una posición política. Pero cuando todos ellos se juntan en un líder, entonces estamos en presencia de un patrón.
El problema, entonces, no es semántico. No se trata de si la palabra “ultraderecha” resulta incómoda en el debate público chileno o de si algunos prefieren utilizar categorías más suaves como “conservadurismo”. La pregunta relevante es si la evidencia observable coincide con los rasgos que la ciencia política ha identificado para una determinada familia ideológica.
Si un liderazgo político critica sistemáticamente el multilateralismo, considera la migración como amenaza existencial, establece afinidades internacionales basadas en cercanías ideológicas y se rodea de figuras asociadas a la derecha radical global, la discusión deja de ser una cuestión de etiquetas.
Si algo camina como un pato, tiene plumas como un pato, nada como un pato y hace “cuac”, lo más probable es que sea un pato.
Y en política, como en la naturaleza, la evidencia suele ser más clara que las categorías que algunos prefieren utilizar.