Durante años se nos dijo que debíamos encontrar nuestra vocación. Que en algún lugar dentro de nosotros existía una inclinación capaz de sostener la ilusión de la pasión en nuestras vidas y orientar nuestro camino. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir, esa idea suele quedar en segundo plano. La elección de una carrera profesional rara vez se basa en lo que nos apasiona. La pregunta que pesa es otra: qué profesión permitirá asegurar el futuro.
El título profesional aparece entonces como una promesa. Una especie de garantía silenciosa de estabilidad, de ingreso seguro, de una vida más o menos ordenada.
Las expectativas que genera son altas, sobre todo cuando se ha visto a otros a quienes parece haberles funcionado. No siempre importa si esa elección responde a un interés profundo o a una vocación verdadera. Lo importante es que funcione, que permita vivir, que ofrezca cierta tranquilidad frente a la incertidumbre de la vida.
Y en una época marcada por la inestabilidad económica, esa decisión parece completamente razonable.
La presión para algunos comienza incluso antes, cuando se entra a la enseñanza media y las calificaciones empiezan a interpretarse como indicadores del gran futuro esperado. Al momento de tomar esa decisión que definirá buena parte de la vida, los jóvenes tienen apenas entre 17 y 18 años.
Muchas veces la presión del mercado laboral, las expectativas familiares o el temor a equivocarse hacen que la decisión se tome sin pensar demasiado en la vocación. En ese contexto, la vocación puede convertirse en un lujo: algo que algunos logran seguir, pero que muchos dejan en suspenso mientras intentan asegurar primero la estabilidad.
Los números parecen confirmar esa tensión. Según el Ministerio de Educación de Chile, en conjunto con otras investigaciones, en Chile casi tres de cada diez estudiantes abandonan la carrera que eligieron durante el primer año de educación superior.
Aunque en la última década esta cifra ha ido a la baja, los primeros semestres siguen siendo decisivos para la continuidad. En muchos casos no se trata de un abandono definitivo de los estudios, sino de un cambio de rumbo: cerca de la mitad de quienes desertan vuelve a ingresar a otra carrera más adelante.
Las cifras sugieren algo evidente, pero pocas veces reconocido: la decisión que se toma a los 17 o 18 años no siempre coincide con el camino que una persona termina recorriendo.
Estas cifras no necesariamente hablan de fracaso. Tal vez hablan de otra cosa: de lo difícil que resulta tomar una decisión definitiva a una edad en la que la vida recién comienza a tomar forma.
Elegir una carrera a esa edad implica proyectar un futuro completo desde una experiencia todavía limitada. No resulta extraño que muchos descubran, con el paso del tiempo, que aquello que eligieron para asegurar su estabilidad no coincide necesariamente con lo que realmente quieren hacer.
Tal vez la vocación no desaparece con la elección de una carrera por seguridad. Tal vez solo queda en pausa. Espera en silencio mientras construimos una base desde la cual vivir con mayor tranquilidad.
Quizás el verdadero problema no sea elegir mal una carrera. Quizás el problema sea haber aprendido que el futuro debe decidirse demasiado pronto, como si la vida fuera un camino que se traza de una vez y para siempre, y no un proceso que muchas veces se descubre andando.