Ha sido el gobierno del presidente de José Antonio Kast el primero en defender la idea de que para salir de los males que golpean al país (bajo crecimiento, desempleo, déficit habitacional) debe emprenderse todo un plan de reconstrucción nacional que reoriente el rumbo hacia el desarrollo económico, rumbo que se habría perdido -sostienen desde el oficialismo- por lo menos desde el 2014 (Bachelet II). En ese registro se inscribe cada uno ejes que articulan el plan: reconstrucción física, económica, institucional y fiscal.
Pero la idea de (re)construcción también se ha escuchado en los últimos días, esta vez en la voz del expresidente Gabriel Boric, quién aludió a la idea en el marco de un lanzamiento del libro sobre la figura y trayectoria política de Carolina Toha. En tal encuentro el exmandatario no perdió ocasión para referirse a lo que entiende como una de las tareas más urgentes que se presenta para el progresismo en nuestros días: el desafío (re)construir amplias mayorías que habiliten una conversación sobre futuro político de Chile.
Ahora bien, más allá de este encuentro habilitado por el uso de un término que se comparte —reconstrucción de…— me parece importante reparar en que los sentidos implicados difieren cuando se ofrece detalles acerca de lo que está puesto en juego en una y otra posición. De un lado, la idea de reconstrucción nacional promovida por el actual gobierno se fundamenta en la pérdida de confianza que se habría generado producto de una serie de decisiones que impactaron negativamente, se dice, en el ámbito económico, es decir, afectando el circuido inversión-empleo-crecimiento que habría funcionado con tanto éxito desde la restitución de la democracia y que hoy por supuesto se mira con nostalgia.
En este contexto, para el oficialismo lo que habría que reconstruir es una relación de confianza entre los actores económicos y ciertas dinámicas estratégicas del país, lo que redundaría además en un incremento de confianza de la ciudadanía para con el Estado. Se argumenta que justamente en ausencia de ella -de credibilidad institucional, de certeza jurídica para invertir- no habrá crecimiento económico ni oportunidades de desarrollo para las personas. Y no habrá crecimiento poque el gran pecado en que habría incurrido el país fue que “instaló la ilusión de que el Estado podía generar riqueza por sí mismo, expandiendo el gasto y la regulación, mientras se desalentaba la inversión privada”, tal como reza el plan propuesto en su fundamentación.
De otro lado, la idea de (re)construcción que apareció en la alocución de Boric se fundamenta en una pérdida diferente, aunque quizás tan relevante como la anterior: la pérdida de conexión de la clase política con las necesidades concretas de la gente. En un enfático mea culpa por no haber visto venir las señales de advertencia de la sociedad mientras gobernaba, el exmandatario reconoce que aquella distancia entre política progresista y la vida gente solo podrá disminuir si antes se logra sanar las heridas que se han abierto a consecuencia de la seguidilla de derrotas electorales del último tiempo. De sanar rápidamente esas heridas depende, dice Boric, la posibilidad de reconstrucción de un proyecto político de futuro.
Pues bien, quisiera sostener que en el clivaje reconstrucción-confianza-crecimiento económico y reconstrucción-herida-proyecto político se dejan ver dos dimensiones cruciales del momento presente de la sociedad chilena, y que estamos llamados a pensar. La primera dimensión es relevante puesto que se juega en ella una nueva arremetida del poder oligárquico para generar condiciones económicas de amarre en beneficio del gran capital (invariabilidad tributaria, eliminación de impuestos).
En este aspecto, a decir verdad, las sorpresas son pocas: la reconstrucción de confianzas para el crecimiento económico no es más que un intento gubernamental para justificar y hacer aceptable el desmantelamiento de los pocos avances sociales alcanzados (gratuidad universitaria, por ejemplo) pero, sobre todo, generar un marco y una agenda económico-política que deje sin rango de juego incluso a gobierno venideros.
Pero la segunda dimensión del clivaje es importante, a su turno, menos por la claridad de lo que comunica que por las preguntas que abre: ¿quiénes son los heridos del último tiempo? ¿cuál es la genealogía de la herida de la sociedad chilena? Y, sobre todo ¿qué significa que la reconstrucción de un proyecto político progresista de futuro dependa de sanar rápidamente una herida social?
Habiéndose aprobado hace pocos días en la cámara de diputados la idea de legislar sobre el plan de reconstrucción impulsado por el gobierno, y en un contexto en que la oposición se aprecia más bien sin imaginación para contestar esta arremetida, debemos reconocer que el problema ante el que se está no solo exige pensar el derrotero en curso de la política nacional, sino, sobre todo, el devenir de la sociedad chilena, en tanto que sociedad; sin embargo, pensar la política no equivale a pensar la sociedad: ¿de qué está hecha esa confianza que se exige cuando es la idea de crecimiento económico la que gobierna todo el horizonte de sentido de lo que hay que reconstruir?
No habría que olvidar cuanta irritación y malestar latente hay en una sociedad que se ha caracterizado por recibir promesas que no se cumplen, minando justamente la confianza en el modelo. Pero también: ¿hasta dónde no es la misma idea de sutura rápida de la herida progresista lo que impide imaginar otro tipo de lazo social? No habría que olvidar, por fin, que hay heridas que no sanana pero que responsablemente se tramitan, se elaboran, se acompañan, que es, quizás, no una operación de reconstrucción, pero sí un gesto de cuidado, justamente, para con la sociedad que se imagina.