jueves 01 de octubre de 2026
Opinión

Prostitución, trata y desigualdad: las razones para hablar de "abolición"

Dice Carmen Calvo “la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la esclavitud más antigua y grande de la historia” y como tal hacemos un profundo llamado a no regularizara, sino abolirla.

1 de octubre de 2026 - 05:00

La trata de personas en Chile ha tenido un alarmante incremento en la última década, transformándose en uno de los negocios ilícitos más lucrativos sólo por debajo del tráfico de drogas y armas, afectando la trata con fines de explotación sexual especialmente a mujeres y niñas. Según datos del Ministerio Público, al año 2023, del total de casos formalizados por trata sexual, un 99% de las víctimas fueron mujeres. Y si hablamos de trata, debemos hablar de prostitución.

Hace dos años surgió la propuesta de crear un “Barrio Rojo”, con el objetivo de “regular” la prostitución en el país, especialmente en Santiago. Ante esto, debemos dar un análisis y debate profundo y serio, que permita proponer las mejores soluciones.

Al hablar de prostitución sin duda existen mitos que se han extendido en la población. Declaraciones como: “la prostitución existe de tiempos inmemoriales”, “es el oficio más antiguo del mundo”, no obstante, la esclavitud en el mundo fue una práctica que existió y se normalizó durante muchísimo tiempo y no por ello la solución fue “regularla”, sino “abolirla”.

Algunos plantean que, en este caso, las mujeres consienten y eligen libremente. Sin embargo, datos de la OMS y organizaciones de DDHH en el mundo indican que alrededor de un 5% de las mujeres han elegido libremente esta actividad, mientras la amplia mayoría (95%) manifiesta lo hace por necesidad y porque no tiene otra salida; además, sobre el 90% provendrían del tráfico sexual (Asociación Mujeres para la Salud).

Es innegable cómo la desigualdad de género opera en este fenómeno: en una abrumadora mayoría son mujeres quienes son prostituidas, mientras prácticamente la totalidad de quienes demandan y consumen prostitución (“clientes”) son hombres. Surge entonces una inquietante pregunta: ¿qué los lleva a demandar y encontrar placer sexual en personas, mujeres, que evidentemente no los desean?

Cuando existe un sistema que genera desigualdad económica y de poder y que precariza la vida de mujeres y niñas, es la desesperanza, el miedo, la falta de redes y recursos, entre otros, lo que coacciona a que una mujer acepte la prostitución. Por otro lado, cuando se experimentan situaciones de violencia extrema, fenómenos como la indefensión aprendida y el estrés postraumático pueden provocar estrategias de supervivencia, llegando incluso a normalizar y justificar lo vivenciado y a los agresores. En dicho contexto, la libre elección se vuelve un mito.

La prostitución, sea legal o no, implica prácticas sexuales no deseadas, donde el cuerpo de las mujeres pasa a ser una mercancía y objetos de los que sus clientes pueden disponer, por lo que la violencia es parte inherente de su ejercicio, incluyendo golpizas, humillaciones, amenazas, etc. Producto de esto, experimentan consecuencias como depresión, disociación, intentos suicidas, abuso de sustancias y el ya mencionado estrés postraumático. Esto sin mencionar las enfermedades de transmisión sexual a las que se exponen, embarazos no deseados, múltiples lesiones vaginales y anales, e incluso casos donde han sido asesinadas por “clientes”.

Y es que no porque una práctica sea “consentida” por algunas/os, la vuelve válida como para que el Estado la legitime o promueva. Esto se demuestra cuando el país no permite el comercio de órganos y nadie se cuestiona legalizar o regular esta práctica sólo por haber personas dispuestas a vender sus órganos a cambio de dinero.

¿Es que acaso a ustedes les gustaría que la prostitución fuese la opción laboral y proyecto de vida de sus hijas, hermanas o madres? O, ¿aceptarían el desafío de ejercer sólo por un día este “trabajo”? Si la respuesta es No, cabe preguntarse por qué validamos y promovemos que esto sea una opción para las demás, para mujeres pobres y migrantes, que son en su gran mayoría quienes ejercen la prostitución.

En países donde la prostitución se ha regularizado, algunos efectos de dicho proceso fue el aumento de la demanda y, con ello, un aumento de la trata; esto, ya que no existen suficientes mujeres que estén dispuestas a prostituirse, por lo que los proxenetas abastecen la sobredemanda por medio del tráfico, lo que incluye el aumento de la explotación sexual infantil.

La regulación establecida en Alemania es una de las más liberales del mundo. Anualmente, la prostitución le deja una ganancia de entre 15 a 16 billones de dólares aprox. (Fondation SCELLES, 2016), siendo parte importante de su PIB, lo que ayuda a comprender por qué, a pesar de que ese modelo no erradica la violencia, el crimen organizado ni entrega protecciones reales, aún se sigue promocionando: su rentabilidad económica es notable. Lo anterior confirma que la prostitución es la demostración máxima de la unión entre capitalismo y patriarcado.

En 2023 la ONU aprobó una resolución, instando a los Estados a adoptar medidas con énfasis en eliminar la demanda; se debe entender que acceder al cuerpo de las mujeres a cambio de dinero es una vulneración a los DDHH. Ese mismo año, el Parlamento Europeo aprobó un informe, reconociendo la prostitución como una forma de violencia y solicitando adoptar el modelo “abolicionista”.

Como feministas creemos incompatible la legitimación del sistema prostitucional con la igualdad y autonomía de las mujeres; plantea Marcela Lagarde y de Los Ríos “Para poder ser autónomas, todas las mujeres necesitamos redefinir nuestra vida en torno a nosotras mismas y dejar de ser objeto. La autonomía (…) pasa por que las mujeres dejemos de ser cosificadas para los otros. Mientras lo seamos, podemos tener riqueza o pobreza, pero ninguna somos ni sujetos ni autónomas”.

Proponemos y confiamos en que el modelo abolicionista es la mejor estrategia y política pública para abordar la prostitución, contando con destacables resultados. Ejemplo es Suecia, país pionero que ha implementado dicho modelo, destacando tres ejes: protección a las personas en prostitución (sin criminalizarlas); desincentivar la demanda con sanciones y multas al cliente o empresario/a; y educación en igualdad.

En resumen, se activa una red estatal entregando atención integral a las personas en prostitución o trata: atenciones en salud (mental/sexual/física/reproductiva), educación, trabajo (reinsertar al mundo laboral), vivienda y resguardo, en caso de estar en riesgo sus vidas. Tras esto, la persona puede decidir si cambia su vida o vuelve al comercio sexual, lo que no es directamente penalizado. Según los datos, cerca del 94% aceptaría estas herramientas, comenzando una nueva vida.

La agencia sueca de Igualdad de Género explica que la prostitución callejera ha disminuido considerablemente tras esta Ley; en su capital, la cantidad de mujeres prostituidas se ha reducido dos tercios y la de clientes en un 80%.

El debate sobre la prostitución no es nuevo, muchas teóricas han escrito al respecto. Desde Flora Tristan, Aleksandra Kollontai, Simone de Beauvoir, Kate Millet, Andrea Dworkin hasta feministas actuales como Sonia Sanchez, Alika Kinan, Elena Moncada, Amelia Tiganus, Claudia Quintero, entre otras, muchas de ellas sobrevivientes del sistema prostituyente que han hecho de su experiencia activismo constante para concientizar sobre la importancia de abolir la prostitución.

Dice Carmen Calvo “la prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la esclavitud más antigua y grande de la historia” y como tal hacemos un profundo llamado a no regularizara, sino abolirla.

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