jueves 13 de agosto de 2026

Nueva "capilla" evangélica en La Moneda: una fe que se empobrece, una democracia que retrocede

Lo que realmente entristece es ver cómo los poderes fácticos han operado para mostrar como un triunfo algo que reinstala la discriminación religiosa.

13 de agosto de 2026 - 13:45

Corrían las primeras semanas del gobierno del Presidente Gabriel Boric, y el primer desafío que nos encomendó el mandatario y el entonces ministro de la Segpres, Giorgio Jackson, versaba sobre la necesidad de reconocer el aporte que realizan las iglesias a nuestro país.

La Oficina Nacional de Asuntos Religiosos (ONAR) debía dejar atrás años de humilde subsistencia para transformarse en el motor del Ejecutivo que dialoga con las entidades religiosas presentes en Chile. Todo esto en un marco de mutuo respeto, trato igualitario dentro de los márgenes de un Estado laico, y colaboración en aquello donde políticos y religiosos debemos encontrarnos: la búsqueda del bien común o, en lenguaje cristiano, el amor al prójimo.

En ese entonces, las capellanías del Palacio de La Moneda mostraban una realidad muy distinta: el capellán judío ni siquiera tenía una oficina disponible y la capellanía evangélica gozaba de escasas posibilidades, mientras que la católica ostentaba la influencia propia de una Iglesia que, además, es un Estado. La laicidad parecía bastante lejana a lo que nos encontramos; por ello, fue uno de los ejes de nuestras primeras decisiones como Ejecutivo.

La primera tarea fue articular la labor de las capellanías de La Moneda con la ONAR. Junto con ello, quisimos dotar de la misma dignidad y trato a las tres religiones representadas en dicho espacio. Atendiendo a la necesidad de los altos funcionarios públicos de recibir asistencia espiritual, y tomando en cuenta las principales confesiones presentes en Chile, tenía sentido dar continuidad y equidad a las capellanías católica, evangélica y judía.

El siguiente paso fue entregar a estas tres capellanías una oficina y equipamiento que les permitiera realizar acciones de atención espiritual y comunicación con las autoridades de Gobierno. Esto nos permitió vivir instancias de profunda significancia, acompañando momentos tan difíciles como enfermedades graves o fallecimientos al interior de los ministerios.

¿La tarea final? Debatir la hegemonía católica romana en los actos oficiales y en el uso de los espacios de La Moneda. Las tres capellanías —y, por lo tanto, las tres religiones— debían tener disponibilidad para usar el espacio de culto del Palacio (la capilla) y, sobre todo, acompañar las actividades de Gobierno en una dinámica interreligiosa sin precedentes. En esta participaban equitativamente, extendiendo la invitación a representantes de otras religiones y espiritualidades, incluida la masonería como expresión de una espiritualidad no creyente.

Las incomodidades fueron evidentes. Las autoridades del Arzobispado de Santiago no dudaron en manifestarlo, al punto de "amenazar" con desconsagrar la capilla de La Moneda, cuestión que los más aventurados habrían leído como un flagrante atropello a la libertad religiosa. Sin embargo, al poco andar advirtieron la evidente exageración y colaboraron en el proceso sin mayores dificultades. Hubo que acostumbrarse a que la capilla, al igual que el Palacio de La Moneda, era un espacio abierto a todos los chilenos y chilenas.

En esta misma línea se inscribió la inauguración del espacio multirreligioso en la sección internacional del Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez, una sala habilitada para el libre ejercicio de la fe y la espiritualidad de cualquier viajero. Su apertura nos regaló una hermosa postal de diálogo y pluralismo, actitud que también contagiamos en el tradicional Te Deum de la Catedral de Santiago, incorporando a diversas instituciones en la participación, incluida la Gran Logia.

Tristemente, durante estas últimas semanas hemos sido testigos de cómo la instrumentalización religiosa vuelve a los pasillos de la casa de todos. Se anunció la habilitación de un espacio en La Moneda como "capilla evangélica", una denominación que resulta, por decirlo menos, curiosa, considerando que las tradiciones evangélicas mayoritarias en Chile jamás llamarían "capilla" a su lugar de culto. Lo que realmente entristece es ver cómo los poderes fácticos han operado para mostrar como un triunfo algo que reinstala la discriminación religiosa.

Mientras el Gobierno exhibe este nuevo espacio como un logro, la verdad es más oscura y lamentable. En la práctica, se les quitó nuevamente el acceso a la capilla principal de La Moneda, desmantelando aquello que poco a poco se había constituido en un símbolo de pluralismo y laicidad: la existencia de un espacio de culto único y abierto para todos en la sede de gobierno.

Las fuerzas del conservadurismo católico celebran que la capilla vuelve a ser exclusiva. Tuercen así los avances impulsados desde la Constitución Política de 1925, cuando salieron del lugar de privilegio que les otorgaba ser "la religión oficial", y retoman con fuerza su agenda de dominio y exclusión.

Por su parte, la cúpula del evangelicalismo tradicional, presa de su ignorancia, compró rápidamente el relato de que aquel rincón asignado era una reivindicación. En realidad, se trató de un "dejen de molestar" encubierto por las artimañas habituales de la política.

Pero el daño de esta decisión va mucho más allá de una simple disputa por metros cuadrados. El camino que ha tomado el Gobierno al segregar los espacios fortalece formas de religión aisladas, favoreciendo la proliferación de fundamentalismos que resultan profundamente peligrosos para nuestra democracia. Una religiosidad abierta y dispuesta al diálogo se nutre a sí misma y fortalece la convivencia democrática; hoy, lamentablemente, vemos todo lo contrario. Reconocernos en los dolores comunes es una tarea fundamental para avanzar como sociedad, porque una fe que se encierra y se aísla, inevitablemente, se empobrece.

Tendrán su rincón, pero perdieron la igualdad de trato. De paso, dejaron de ser la religión que defendía la laicidad y la integración para transformarse en los continuadores de las lógicas de sumisión al poder. La historia del plato de lentejas vuelve a repetirse y, esta vez, ni se dieron cuenta.

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