sábado 25 de abril de 2026

La teología política detrás de Donald Trump: El amor vence al temor

La continuidad de las reflexiones sobre la teología política que subyace al fenómeno de Donald Trump encuentra hoy un punto de inflexión particularmente nítido.

25 de abril de 2026 - 11:45

Si en columnas anteriores se han examinado las raíces de Donald Trump —desde la impronta del “ Destino Manifiesto ” hasta las convergencias entre nacionalismo religioso y poder geopolítico—, los episodios recientes permiten observar con mayor claridad el despliegue concreto de estas ideas en el escenario geopolítico internacional.

Lejos de tratarse de una mera disputa retórica, lo que hoy presenciamos es una confrontación de carácter profundamente teológico y político. En medio de una crisis global intensificada por la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, han emergido nuevas voces que no solo interpretan los hechos, sino que buscan incidir directamente en su curso.

En ese contexto, las recientes declaraciones del Papa León XIV marcan un punto de quiebre. Su llamado a la paz, formulado desde una claridad ética que remite a las fuentes más esenciales del cristianismo, no puede ser reducido a un gesto simbólico. Por el contrario, constituye una intervención directa en el corazón de una disputa por el sentido moral de la política contemporánea. Lo que está en juego no es únicamente el fin de un conflicto armado, sino la forma en que las tradiciones religiosas son movilizadas para justificar —o cuestionar— el ejercicio del poder.

De un lado, la teología política que orbita en torno a Donald Trump continúa articulándose sobre una matriz providencialista, donde liderazgo, destino y excepcionalidad nacional se entrelazan con expresiones contemporáneas del neopentecostalismo y la teología de la prosperidad. Esta configuración no solo legitima un determinado orden político, sino que lo presenta como parte de un designio superior, difícilmente cuestionable desde dentro de su propia lógica.

Del otro lado, la posición encarnada por León XIV se inscribe en una tradición distinta, arraigada en la Doctrina Social de la Iglesia y en una lectura del cristianismo que sitúa a los más vulnerables en el centro de la preocupación ética. La evocación del evangelio —particularmente del capítulo 25 de Mateo— no es casual: allí se establece un criterio radical de juicio ético que desborda cualquier frontera nacional o identitaria.

En este marco, la idea de un “pueblo elegido” que cristaliza el sionismo judaico y cristiano, se resignifica no como privilegio de unos pocos, sino como señaló con mucha claridad el presidente colombiano Gustavo Petro en Naciones Unidas: el pueblo elegido de Dios es la Humanidad entera.

Esta divergencia se vuelve aún más visible al contrastar los lenguajes en disputa. Mientras ciertas narrativas políticas recurren a imaginarios mesiánicos, escatológicos y civilizatorios para justificar la violencia y la expansión, la voz del Papa insiste en la necesidad del diálogo, la contención y la paz. No se trata simplemente de posiciones distintas frente a un conflicto, sino de visiones incompatibles sobre el sentido mismo de la historia y del poder.

En este escenario, la referencia a líderes como Benjamín Netanyahu y sus alianzas estratégicas con sectores del poder estadounidense refuerza la dimensión global de esta teología política. La convergencia entre nacionalismos de signo religioso y proyectos geopolíticos expansivos no es un fenómeno nuevo, pero adquiere hoy una intensidad que obliga a repensar sus implicancias éticas y políticas.

Sin embargo, la irrupción de la voz de León XIV introduce un elemento disruptivo: la rearticulación de una tradición cristiana que no se alinea con la lógica del poder, sino que la interpela desde sus márgenes. Al hacerlo, no solo desafía a los actores políticos involucrados, sino también a las comunidades creyentes que, en distintos lugares del mundo, se ven confrontadas con el uso instrumental de su fe.

En definitiva, lo que se despliega ante nosotros es algo más que un conflicto internacional. Es una disputa por el alma de la teología política contemporánea. Y en ese terreno, donde las convicciones movilizan millones de voluntades, la pregunta central deja de ser quién tiene más poder, para convertirse en cuál es el principio que lo orienta.

Frente al temor que alimenta la guerra, emerge así una afirmación que no es solo teológica, sino profundamente política: que el amor —entendido como principio de reconocimiento del otro— puede constituirse en una fuerza capaz de desafiar incluso a las estructuras más consolidadas del poder. En esa tensión, aún abierta, se juega no solo el desenlace de los conflictos actuales, sino también el horizonte ético de nuestro tiempo.

Como señala el Papa León XIV tras las amenazas recibidas: “No le tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra ”. Hoy millones de cristianos levantamos una oración profética de paz que nos recuerda el pasaje paulino que nos enseña que: el amor vence al temor.

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