Menos muertes infantiles, menos desastres, menos delincuencia organizada. Más empleo, más responsabilidad fiscal. Tener luz, tener casa, tener agua. Estas son las metas que se rechazan al negar la Agenda 2030.
Ya se cumplieron 11 años de la adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) por parte de los estados miembros de las Naciones Unidas, como parte de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En 2015 la comunidad internacional acordó un lenguaje común para expresar los objetivos y metas compartidas de una humanidad que quiere seguir existiendo, una humanidad que quiere satisfacer necesidades sin poner en peligro la vida del futuro.
Los objetivos son guías para los estados miembros. Son lenguajes, compromisos globales y formas de seguimiento no vinculantes que quieren señalar una vía para un futuro mejor. Sin embargo, hoy, los 17 objetivos que acordamos están siendo cuestionados. Diversos discursos populistas, en Chile y a nivel global, han querido negar los ODS, la Agenda 2030 e incluso la noción misma de una gobernanza multilateral global. Estas negaciones, sin embargo, rara vez entran en detalle sobre qué es lo que se niega cuando negamos un pacto global para mejorar y mantener la calidad de vida de las personas y nuestro planeta.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible incluyen, por supuesto, objetivos propiamente medioambientales: proteger la vida submarina (ODS 14) y la vida de ecosistemas terrestres (ODS 15), sí. Aspiran también a matrices energéticas asequibles y no contaminantes (ODS 7), a ciudades sostenibles (ODS 11) y al acceso a agua limpia y saneamiento (ODS 6).
Sin embargo, los esfuerzos de la comunidad internacional han ido mucho más allá a la hora de pensar el futuro de la humanidad. Ambiciosos, quizás; pero el lenguaje de los ODS nos ofrece una oportunidad para “caminar y mascar chicle”: cuidar el medio ambiente sin dejar de mejorar la vida de las personas.
Los 17 objetivos también se tratan de acabar con el crimen organizado (Meta 16.4). También buscan disminuir el desempleo (Meta 8.5), evitar la muerte de niños y niñas (Meta 3.2), prevenir el consumo nocivo de alcohol (Meta 3.5). Buscan mejorar la productividad económica (Meta 8.2), mejorar la solidez financiera fiscal (Meta 10.5). Tener mejores profesores y profesoras en las escuelas (Meta 4.c), comer más sano (Meta 2.1), e incluso, sin ir más lejos, tener una prensa libre (Meta 16.10).
Con objetivos cortoplacistas, quizás, algunas voces alimentan caricaturas e ideas simplistas sobre la relación entre el crecimiento económico y el bienestar global al largo plazo. Sin embargo, los ODS nos demuestran que no es imposible congeniar un mejor presente con cuidar nuestro futuro.
Lo que está en juego, quizás, es reconocer que la humanidad no se trata sólo de nosotros mismos. Más allá de este o el próximo ciclo político, ¿a quién le sirve negar este pacto, al final del día, si se trata de la vida de los que estarán aquí cuando nosotros ya no?