A pesar de que la ganadería y la arriería suelen ser vistas como actividades dañinas para la naturaleza, nuevos estudios científicos indican que estas prácticas, arraigadas hace siglos en la cordillera de Chile central, incluso pueden ayudar a regenerar el bosque nativo de esta zona, fuertemente amenazado por actividades productivas.
Biólogos descubren que las vacas adaptadas a los bosques de Chile central pueden ayudar a regenerarlos
Arrieros y ganaderos trashumantes pueden ser aliados para restaurar los amenazados bosques nativos de Chile central, según plantea la investigación.
Biólogos y antropólogos de la ONG Kintú, dedicada a la restauración ecológica, llevan más de siete años estudiando las prácticas de arrieros y ganaderos familiares del centro de Chile para completar el vacío de conocimiento científico sobre el impacto real que tienen estas actividades en la biodiversidad, en una de las zonas más intervenidas del país.
Vacas y bosques
En uno de sus estudios, centrado en zonas cordilleranas de Alhué, descubrieron que bajo ciertos métodos de manejo, la ganadería trashumante incluso promueve el crecimiento de más vegetación nativa.
Según explica el biólogo y presidente de Kintú, Matías Guerrero, las vacas que se crían en un mismo lugar, y que son llevadas siempre a los mismos bosques a alimentarse, tienden a comer solo vegetación adulta y no árboles que se están regenerando. En cambio, las vacas que cambian de lugar cada temporada sí se alimentan de todo, generando un daño al bosque.
Guerrero comenta que están extendiendo su investigación a otras zonas cordilleranas de Chile central para verificar este y otros factores que pueden convertir a la ganadería a pequeña escala en un beneficio para la naturaleza.
“En lugares como el Cajón del Maipo conocen a las vacas que han habitado ese mismo lugar desde siempre, que les dicen vacas criollas. Los ganaderos dicen que a esas vacas no es necesario ni siquiera guiarlas y no se pierden porque ya conocen el entorno”, ejemplifica el investigador.
Guerrero explica que las vacas también se han adaptado a los depredadores locales con mecanismos sociales sorprendentes. Los ganaderos se han dado cuenta de que las vacas tienen un sistema de “guardería”, donde dejan a dos o tres vacas adultas cuidando a los terneros. Cuando una de esas vacas ve acercarse a un puma o sobre todo un cóndor que es el animal que más mata a los terneros, emite un sonido de alerta y todas las vacas van corriendo en conjunto para resguardar a los terneros.
Aliados en la conservación
La premisa que inspira esta línea de trabajo es que las acciones de conservación y restauración de la naturaleza no suelen ser tan eficientes si no involucran a las comunidades locales que habitan esos entornos. Guerrero explica que esa convicción ha sido comprobada a lo largo del mundo en distintos estudios científicos.
Además, no solo las vacas que conocen el entorno pueden tomar acciones para protegerlo y restaurarlo, sino que también los mismos arrieros y ganaderos son personas que conocen profundamente los bosques cordilleranos y tienen una memoria socioecológica y un conocimiento local acumulado por generaciones que es muy valioso para la ciencia.
Arrieros, ganaderos y políticas públicas
El biólogo explica que un desafío por delante para encausar estos conocimientos y esta actividad hacia la conservación de la biodiversidad, es integrar estos descubrimientos en las políticas públicas. Explica por ejemplo que hay programas del SAG donde introducen nuevos toros para mejorar la raza, perdiendo toda esa adaptación hereditaria. “Incluso hay algunos ganaderos que se niegan a este tipo de ofertas porque saben que sus vacas se han adaptado al entorno y no quieren perder eso”, declara.
Además, comenta que hoy en día no existen grandes programas de conservación que trabajen con arrieros y ganaderos, porque se ven estas actividades como un daño a los ecosistemas. “Yo creo que sería bueno que las nuevas generaciones tuvieran incentivos para seguir haciendo lo que hacían sus padres y sus abuelos arrieros y ganaderos. Se estaría protegiendo un acervo cultural y ecológico y una actividad que puede contribuir a proteger el bosque nativo esclerófilo, mucho más que un monocultivo de paltos o de cítricos que arrasa con la biodiversidad”, concluye Guerrero.