Más del 60% de la población chilena habita la zona central del país, una franja que concentra la mayor actividad agrícola, forestal y urbana. Sin embargo, es también una de las áreas menos protegidas del territorio nacional, según explicó la doctora Ciencias de la Conservación de la Biodiversidad, María José Martínez-Harms, académica de la Universidad Adolfo Ibáñez e investigadora principal del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), en el primer capítulo de El Buen Aire, el nuevo programa audiovisual de El Desconcierto.
¿Cuánta biodiversidad concentra Chile?
Chile alberga alrededor de 30 mil especies registradas, de las cuales cerca de un 25% son endémicas, según el Ministerio del Medio Ambiente y el Informe Nacional de Biodiversidad. Es decir, no existen en ningún otro lugar del planeta, como la ranita de Darwin, el monito del monte o el delfín chileno.
Esta riqueza se explica porque Chile concentra siete de los nueve climas del planeta, desde el desierto más árido hasta bosques lluviosos y glaciares. Archipiélagos como Juan Fernández funcionan como verdaderos laboratorios naturales, mientras que el océano chileno, influido por la corriente de Humboldt, es uno de los más productivos del mundo.
¿Por qué la zona central queda fuera de la conservación?
Sin embargo, esa riqueza está en riesgo. Según Martínez-Harms, Chile conserva actualmente cerca de un 21% de su territorio terrestre, cifra que en apariencia se acerca a la meta del 30% fijada por el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en 2022.
Sin embargo, esa protección está mal distribuida: el 80% de las áreas terrestres protegidas se concentra en la Patagonia, mientras que en la zona central la cifra cae a apenas un 1%.
Según la investigadora, esto se explica porque se trata de terrenos clave para la producción agrícola y forestal del país, lo que ha generado una tensión histórica entre conservación y desarrollo económico.
“La conservación debe ser planificada, inclusiva y debe considerar los derechos de las personas. Su planificación debe considerar no solo áreas protegidas como islas, sino también ver cómo incluir a la conservación en paisajes productivos y en zonas de coexistencia con la sociedad”, detalló la experta. “La conservación debe ser planificada, inclusiva y debe considerar los derechos de las personas. Su planificación debe considerar no solo áreas protegidas como islas, sino también ver cómo incluir a la conservación en paisajes productivos y en zonas de coexistencia con la sociedad”, detalló la experta.
A esa falta de resguardo se suma el la crisis climático sobre ecosistemas ya deteriorados. La investigadora explicó que el bosque esclerófilo compuesto de quillay, peumo o boldo, y característico de la zona mediterránea del país, ha retrocedido por incendios y expansión urbana, fenómeno que se intensifica con el alza de temperaturas.
¿Qué relación hay entre biodiversidad y calidad de vida?
Para Martínez-Harms, proteger estos ecosistemas no es solo una tarea ambiental, sino una condición para el bienestar humano. Puso como ejemplo los humedales, como el de Mantagua o el del río Maipo, que —explicó— funcionan como esponjas naturales: acumulan el agua de lluvia y la liberan lentamente, lo que reduce el riesgo de inundaciones y beneficia directamente a las comunidades cercanas.
“Los servicios ecosistémicos son los múltiples beneficios derivados de la naturaleza que cambian nuestra calidad de vida. Hay un cambio en nuestro bienestar humano y ese bienestar no es solamente lo material lo físico, también puede ser mental, cultural y de salud”. “Los servicios ecosistémicos son los múltiples beneficios derivados de la naturaleza que cambian nuestra calidad de vida. Hay un cambio en nuestro bienestar humano y ese bienestar no es solamente lo material lo físico, también puede ser mental, cultural y de salud”.
La investigadora subrayó, además, que la conservación en Chile debe planificarse no solo en función del porcentaje de territorio protegido, sino también de su cercanía a los centros poblados.
Según explicó, históricamente se ha priorizado resguardar zonas remotas y de difícil acceso, dejando de lado ecosistemas próximos a las ciudades que también cumplen funciones esenciales para la vida silvestre y las personas.
Martínez-Harms cerró señalando que la biodiversidad y la economía no pueden entenderse por separado. "La biodiversidad, la naturaleza, es la base de todo. Es la base de la sociedad y a su vez es la base de la economía", afirmó, y llamó a asumir un rol de "guardianes" frente a los ecosistemas de los que depende la calidad de vida de la población.