Mujeres bondadosas será presentado el 23 de julio, a las 19:00 horas, en Sirenas Bar (Rosal 344), por Rae del Cerro y Josefa Vecchiola.
-Los temas, preocupaciones y perturbaciones de los personajes de estos cuentos son distintos a tus textos pasados. Aparece la muerte de los abuelos, los cuidados. ¿Son más grandes, mayores? ¿Qué cambió en esa mirada generacional?
Los personajes de Mujeres bondadosas se acercan a temas universales, como el duelo, la condición de la existencia, el mismo amor como una experiencia vital. Tiene que ver con los lugares que los personajes habitan en el momento en que son atravesados por la narración. Es también la ampliación de los espacios narrados. Si en Reinos el lugar paradigmático fue la universidad y su ecosistema de adolescencia prolongada, acá es el trabajo y también los distintos tipos de hogares, donde se iluminan los cuidados, o las relaciones como la de una abuela con su nieta, la de una hermana mayor con su hermana menor. Tiene que ver con que me enfrento a la narración como una “narradora”, en femenino. No quiero esencializarlo, sino dar cuenta de que estos discursos nos acercan a estas ficciones, para diversificar los relatos disponibles sobre nosotras mismas.
-Eres una escritora disidente sexual. Esto ha estado desplegado desde el activismo y también desde la escritura. En este libro hay una presencia mayor de personajes lésbicos. ¿Qué mirada autoral tienes sobre ellas? ¿Cómo esto marca tu posicionamiento en el activismo?
Fui lesbiana primero en mis ficciones, y despues en mi vida, y ese hecho atraviesa mi devenir autoral. En Mujeres bondadosas me instalé simbólicamente en un universo donde todas son lesbianas, o pueden llegar a serlo. Me parece interesante indagar en las intensidades del drama sáfico, por lo poco que suele aparecer liberado de la fantasía erótica de la mirada masculina, y también como respuesta a cierta idealización de la lesbiandad. Es decir, pensarla como el espacio cero de violencia hacia la mujer, o el “volverse” lesbiana como solución a la violencia compulsiva de lo masculino sobre lo femenino en las relaciones heterosexuales.
Hoy veo que hay mucha literatura con personajes LGBTIQA+, pero que no constituye inmediatamente una literatura queer. Yo creo que para que un libro sea queer tiene que proponer algo sobre esa determinada forma de vida, una mirada por lo menos.
En el activismo, he visto la potencia que aparece en los espacios de visibilización que se dan en las manifestaciones, algo carnavalesco. Veo, y a veces creo que padezco, la distancia entre la literatura y el activismo, y no quiero escribir literatura que parezca un panfleto. Al final he encontrado que narrar formas de vida siempre es un acto cargado de ideología, porque como autora te obliga a tomar posición frente a los distintos mundos posibles que propone cada discurso.
-¿Cómo crees que la construcción de estos personajes se aloja en la narrativa contemporánea?
Me interesan las figuraciones del presente. Quiero captar mi época, y la nostalgia de quienes tienen mi edad, porque sé que es un campo de disputa, cruzado por las idealizaciones del pasado y las imaginaciones del futuro. Creo que los personajes cotidianos abundan hoy en nuestra literatura contemporánea, y en ese sentido Mujeres bondadosas viene a dialogar con esas ficciones íntimas, pero con una sutil dislocación que produce una fuga en lo real.
Por un lado el libro sigue las ficciones de personajes enfrentando el duelo, los cuidados, el desamor. Y otra corriente, que sigue a personajes que habitan ficciones afectivas, que adoptan distintas posiciones dentro de lo narrado, donde lo fundamental es si ama o si es amado, tal como lo describe Carson McCullers en su cuento La balada del café triste.
-Los cuentos de Mujeres bondadosas son historias de amor. Son todas distintas. ¿Qué crees que las une?
Hay una narradora que atraviesa los siete relatos. Es una voz opinante, que trata de hilar el sinsentido de las relaciones amorosas en las que los personajes se ven envueltos. Una voz que también trata de habitar todas las perspectivas, para captar en los gestos mínimos las manifestaciones afectivas. Las une un mismo discurso sobre el amor, que encuentra su límite cuando se agota la bondad, aquello que nos lleva a ayudar a las personas que queremos. Las une el habitar un territorio sutilmente distópico donde se disloca la heteronorma.
-Los cuentos tienen gestos metaliterarios. La narradora se sale a veces para explicar las relaciones, lo que no llegamos a entender, entre ello, cómo es el amor. Es un gesto nuevo en tu escritura. ¿Cómo surge?
Surge de la lectura de novelas cortas del siglo de oro español. Son precursoras del cuento, pero también en la tensión entre la novela y la nouvelle. En estas ficciones de un centenar de páginas se desarrollaban historias intrincadas, muy similares a los culebrones de telenovela. Romances entre doncellas y soldados que tenían como horizonte casarse, viajar a América a hacer dinero, y regresar.
Este narrador opinante viene de estas novelas, donde las historias de amor reflejan gran parte de la carga moral de la época, y donde la trama avanza rápido, pues cada acción da pie para una lección valórica acerca del comportamiento femenino y masculino, fundamental para entender el avance de las emociones de los personajes. En ese sentido quise evocar la forma, y generar esta narradora que atraviesa los siete cuentos.
-Elegiste el concepto de bondad como título de estos cuentos. ¿Por qué?
Mujeres bondadosas para mi ha sido siempre un libro de cuentos de amor. En algún momento se llamó Devoción, y así lo presenté a varios concursos. Claro, con distintas versiones de los cuentos, que fueron cambiando con el tiempo. Algunos fueron escritos de un tirón, como Volcanes, me acuerdo bien de esa concentración. Otros, con cientos de versiones, como Alexandria, que junto con las y los editores corregimos y ajustamos otra decena de veces más.
Pienso ahora que hay algo en el temple que resiste los errores de ciertas historias, aquello que empuja a reescribir en vez de abandonar. En el periodo de escritura de este libro, no abandoné ninguna historia, solo las cambié de forma, ajusté nombres, cuerpos, vínculos, hasta llegar a estas 7 ficciones afectivas, donde al lesbianizar los deseos y amores, pensé en la bondad como un concepto más adecuado a las relaciones amorosas entre mujeres, más que devoción, pues eso implicaba la sujeción de lo uno a lo otro, y yo desde lo personal, lo político, pero también desde lo literario, veo las relaciones entre mujeres como un vínculo que tiende a la cooperación.
La bondad es el prisma, la palabra clave para observar estas relaciones afectivas, algo que para mí define el afecto lésbico, pero no lo idealiza como un espacio de violencia 0, sino que representa el laberinto propio que es el amor de una mujer a otra.
-El libro está dedicado a tu hermana. Cuéntanos de tu vínculo con ella.
Mi hermana es uno de los vínculos de mayor longevidad en mi vida. Es con quien compartí pieza, ropa, y a la larga, una profesión: el periodismo. Siempre ha sido faro de mis decisiones, ya sea para diferenciarme u oponerme a ella, ya sea para parecerme.
También hemos observado muy de cerca las lecturas de la otra; de niña era la que ya se había leído los libros que me hacían leer en el colegio. Fue así la primera comentarista de libros a quien presté atención. Luego nos perdimos un poco de esas conversaciones, pero hoy que ella tiene un podcast de libros, el Página 24 de TVN, y siento que se volvió a mostrar ante todos y todas como la gran lectora que es. Hoy comentamos y nos recomendamos libros.
Por otro lado, en algún momento era de las pocas personas que sabía que yo escribía y que leyó algo que escribí. Es también mi primera lectora, eso es muy especial.
-Hablamos de cuentos. En la industria editorial, lo usual es que sean más difíciles de publicar. El mercado prefiere novelas. Qué decir de la poesía… ¿Por qué optaste por el género cuento?
Creo que he construido mi carrera de autora de manera muy práctica. Por mi forma de trabajar, escribo un libro a la vez. Si tengo otras ideas, las puedo registrar como tales en diarios de vida o libretas, pero no las desarrollo. Tenía ganas de publicar algo nuevo, y fui por lo menos en dos ocasiones a ofrecer estos cuentos a editoriales que me rechazaron este formato. Era curioso, porque no era un rechazo a mí como autora, ni a mi voz. Y hasta cierto punto, una llega a entender que es parte del trato profesional. Pero me quedé con la sensación de que las editoriales están más dispuestas a comprar novelas.
Tenía una idea de novela, muy en ciernes, y entre desarrollarla para atender a esos llamados, aposté por terminar este libro de cuentos, que consideraba más acabado, terminar de darle forma con Mujeres bondadosas, que de hecho fue el último cuento que escribí, y no dejar pasar esta concentración en los cuentos, en el género; ver en el diálogo de un cuento con el otro la forma que toma la narración breve, identificar así que acciones pueden contribuir al drama, e imaginarlo en universos ficticios que privilegian la presencia de las mujeres.
-¿Qué lugar crees que ocupa este libro de cuentos en tu camino escritural?
Creo que es una ampliación del universo narrativo de Reinos, pero con una sutil trizadura del realismo intimista que plasme ahí y en el que profundicé en la novela Ríos y provincias.
Creo que recoge sin duda mis estudios literarios. Me siento muy evidentemente nutrida por las escritura rioplatenses, por Clarice Lispector, por la poesía femenina, etc. Me siento muy cómoda escribiendo cuentos, así que podría decir que es un género en el que me paro muy segura respecto a mi propuesta narrativa. Y también espero que, por contraste, estos cuentos dialoguen con la literatura chilena LGBTIQA+, o queer. Con la cultura queer en general. En la dramaturgia, por ejemplo, hay un trabajo muy interesante de las disidencias, como Ernes Orellana o Rae del Cerro.
-¿Qué escribes actualmente?
Actualmente no estoy escribiendo nada. No logro concentrarme. Sin embargo, cuando encuentre el momento y el lugar, quiero escribir una novela. Hace poco leí Atusparia de Gabriela Wiener y encontré una tradición literaria que quiero evocar, la de Mariategui y Manuel Scorza. También leí Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, y quiero interpretar su uso de lo místico, lo espiritual y fantástico. Quiero partir narrando las militancias adolescentes, quizá porque soy de esa generación que en Chile se movilizó el 2006 y el 2011, que respondió al 2018 y estuvo ahí en el 2019, aunque hoy se sienta como una resaca confusa y mortal.
Al final, siempre comienzo con pequeñas obsesiones personales, pero también colectivas, porque es evidente que quienes nos consideramos “de izquierda” nos estamos preguntando hoy qué significa eso, que hay de profundidad en eso, si es que la hay.
Pasé los últimos años trabajando en política, y habitar la trastienda de esos espacios tiende a desencantar. Sé que no quiero escribir sobre un anarquismo nihilista donde a la larga, somos inútiles ante los grandes poderes. En fin, cuando encuentre el momento, el lugar, el territorio mental para escribir, quiero pensar en los militantes de la amplia izquierda como personajes de algún drama, inevitablemente cruzado con las violaciones a los derechos humanos que han ocurrido en Chile. Quiero seguir jugando a dislocar la realidad en la ficción, y así, prescindir tambien de la carga lingüística que tienen algunas palabras cuando una sitúa su historia tan directamente en un país.