jueves 02 de abril de 2026

El biblionauta 3: “La política y la justicia del sufrimiento”, de Antonio Madrid

Desconfío visceralmente de quienes desean apartar a la moral de la política por la simple razón de que suelen ser los mismos que terminan apoyando dictaduras, violaciones a los derechos humanos y condiciones de desigualdad que condenan a los niños y a los trabajadores a una vida sin esperanzas. Son personas para las que el sufrimiento humano no es lo más importante que debamos combatir.

3 de marzo de 2026 - 00:00

El domingo 1 de marzo apareció, en El Mostrador, una columna del abogado y filósofo político Hugo Herrera, llamada “La sonrisa de Jaime Guzmán”. La foto empleada muestra al indicado vertebrado, ideólogo de la dictadura de Pinochet, con una suave sonrisa, tal vez burlona, como si dijera “Después de todo, mi idea de República se mantiene bastante a salvo y mi Constitución sigue vigente”.

Como para toda la derecha, Herrera encuentra en Portales a uno de sus grandes fetiches: el organizador de la República, el hombre de mano firme que representa las virtudes cívicas. Y su tesis es que Guzmán es el nuevo Portales e, inspirándose en él, nos dice, harían bien los políticos –pero sobre todo los de izquierda, claro– en ser pragmáticos, lo que significaría, en lo esencial, no confundir política y moral. Para él, son cosas distintas. Y obvio que lo son, pero Herrera parece apuntar a que se trata de dos cosas que no se intersectan en ningún punto.

Para él, ejemplos de estos confundidos políticos moralistas son Fernando Atria y Giorgio Jackson. Destila un encono hacia ellos propio de los pensadores de derecha, que apenas contienen su furia cuando el adversario de izquierda es tan brillante, como Atria, o tiene tanto futuro político, como Jackson. Pero no es mi interés ahondar en estas mezquindades, sino en la tesis planteada: política y moral son cosas distintas, que no deben mezclarse. Me parece una tontería, aunque provenga de un abogado, filósofo y cientista político. Los títulos y grados académicos no inmunizan contra el mal juicio.

Pero ¡alto! No soy un comentarista político. Soy un biblionauta. ¿Puedo ofrecer algo que contribuya a este análisis?

Antonio Madrid es profesor titular de filosofía del derecho en la Universidad de Barcelona y coordinador de un bello proyecto denominado “dret al dret” (o “derecho al derecho”), que persigue, entre otros objetivos, la materialización de los derechos de las personas y colectivos más vulnerables. Un comunista, diría Hererra. Hoy quiero comentarles sobre el libro “La política y la justicia del sufrimiento” (Editorial Trotta, 2010).

La reflexión que propone Madrid es notable y erudita, recordándonos que la política y la justicia causan sufrimientos relevantes a las personas, de donde se sigue que los actos que en su nombre se ejecutan no son cuestiones meramente técnicas o pragmáticas, sino profundamente morales en cuanto significan hacer el bien o el mal, provocar bienestar o sufrimientos.

Toda acción humana implica una convicción moral e importa una decisión susceptible de juicio moral. Hay fallos judiciales inmorales, como rechazar recursos de amparo en una dictadura; y hay políticas públicas (la traducción concreta de la política) igualmente inmorales, como las que pretenden imponer penas de adultos a niños o acentuar las desigualdades.

En la introducción de su libro, Madrid reproduce un bello y certero diálogo que se lee en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, que de algún modo resume lo central:

-            Lo sé, ya no crees en nada […]

-            Eso no es totalmente cierto.

-            ¿En qué crees?

-            En el sufrimiento de la gente, y que es abominable. Es necesario hacer todo lo posible por suprimirlo. A decir verdad, ninguna otra cosa me parece importante.

El libro aborda tres grandes temas: la construcción social del sufrimiento; la política como fuente de sufrimientos, particularmente a través de mecanismos de normalización del dolor y de narrativas que buscan generar una visión heroica de él; y el profundo carácter aflictivo del derecho y lo que denomina la normalización jurídica del sufrimiento (aquí está la profunda explicación, por ejemplo, del comportamiento de los jueces a los que se refiere Natalia Ginzburg en un libro que ningún abogado debería dejar de leer y que comentaremos pronto: “Serena Cruz o la verdadera justicia”), normalización que deriva en que, habitualmente, el sistema de justicia penal suele impartir mucho más sufrimiento que justicia.

Tras leer este libro, entenderemos –probablemente con menos dificultad que Herrera– que la política, en términos finales, se orienta a tomar denominadas políticas públicas, que serán fuente de bienestar o sufrimientos para sus destinatarios.

Si, como Axel Kaiser, se considera que la educación no es un derecho y que la desigualdad es algo perfectamente aceptable y natural, no se invertirá dinero para que los niños de sectores vulnerables accedan a educación de calidad; si la salud no es un derecho vinculado con la dignidad de toda persona, el gobierno dejará sin tratamiento a los más pobres; si se es nacionalista y no se ve en los extranjeros a seres humanos que sufren, impondrá políticas migratorias al estilo de Kast o Trump; y si no se cree en el deber de protección de la niñez, la política criminal consistirá en aplicarles un derecho penal de adultos. Todas estas políticas públicas son inmorales.

A la inversa, cuando el gobierno de Salvador Allende –probablemente el último presidente chileno que entendió que la acción política debe ser el fruto de una profunda reflexión moral acerca de lo que debemos hacer con nuestros recursos públicos en favor de todos– estableció la política pública del medio litro de leche realizó un acto profundamente justo y moralmente impecable.

Desconfío visceralmente de quienes desean apartar a la moral de la política por la simple razón de que suelen ser los mismos que terminan apoyando dictaduras, violaciones a los derechos humanos y condiciones de desigualdad que condenan a los niños y a los trabajadores a una vida sin esperanzas. Son personas para las que el sufrimiento humano no es lo más importante que debamos combatir.

Y es que el sufrimiento de las personas no es algo que históricamente haya preocupado a la gente de derecha, cuya historia es una incesante lucha a favor de los privilegiados y en contra de los derechos para los más débiles. Consecuentemente, sus políticas públicas son mezquinas, causantes de muchos sufrimientos evitables y, por lo mismo, inmorales, aunque a Herrera le moleste que algunos lo digan sin adornos, entre ellos Antonio Madrid y su bello libro.

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