Desde la vuelta a la democracia en Chile la izquierda ha atravesado altos y bajos que explican lastimosamente su situación reciente: esa izquierda que pasó de gobernar con soltura, ganando elecciones en primera vuelta, ahora es una izquierda que no compite por mayorías, sino por impedir que la derecha alcance los 4/7 en el congreso. El cambio no fue solo electoral, es estratégico, cultural e identitario.
La izquierda no ha querido mirar que buena parte de su declive se explica por una fractura que nunca se pudo resolver, el conflicto entre el pensamiento autocomplaciente de la exConcertación y el pensamiento autoflagelante que terminó como hegemónico con la agenda del Frente Amplio y el Partido Comunista.
Para entender esto, conviene observar el fenómeno desde el comienzo, en los años 90 y 2000 la izquierda concertacionista logró mantener un país con estabilidad, crecimiento, reducción importante de la pobreza y donde la gobernabilidad parecía algo inherente. La derecha, si bien dejando a la izquierda como gobiernos de minorías, no representaba una amenaza electoral real. La izquierda ganaba, gobernaba y aumentaba su legitimidad.
Sin embargo, esta aparente estabilidad traía un error estratégico profundo, la izquierda confundió resultados electorales con hegemonía cultural. Nunca se analizó seriamente su propio diagnóstico de país, ni se imaginó que su proyecto pueda ser desplazado por otra coalición. Vivíamos convencidos de que el progresismo era la mayoría natural de Chile. Cuando una fuerza asume que es mayoritaria por sí misma, tiende a desconectarse de la disputa por los sentidos comunes, eso que define quién quiere como gobernante el pueblo.
El exceso de confianza se vio acabado para 2010 cuando la derecha asumía por primera vez desde la vuelta a la democracia una presidencia. Este quiebre electoral encendió un debate ya presente en la izquierda, autocomplacientes y autoflagelantes, donde el pensamiento autocomplaciente, que celebraba los avances concertacionistas, quedó rápidamente desacreditado. Por otro lado, la postura autoflagelante prosperó: nueva constitución, Frente Amplio y el PC levantaron la idea de que treinta años de moderación no solo quedaron cortos, fueron directamente un error histórico.
La autocrítica desde la izquierda pasó de ser una herramienta a una identidad política, a una superioridad moral que renunció a sus propios estandartes, como si admitirlos fuera una traición ética. Y en esa línea, se cedió la bandera de la modernización y lo técnico a la derecha, que no vaciló ni un segundo en apropiársela, resignificándola en orden y estabilidad.
El resultado se notó con el paso de los años, el progresismo chileno se alejó del centro político, del votante medio y perdió su enraizamiento con los sectores populares que siempre representaron. El estallido social terminó de profundizar este resultado. En lugar de disputar el sentido del malestar, la izquierda vivió una guerra interna entre los que querían moderar el proceso, institucionalizarlo; y los que querían radicalizarlo.
Los autoflagelantes dominaron el periodo del estallido, prometiendo una refundación con objeto en una nueva constitución sin antes haber construido arraigo cultural para sostenerla. La izquierda imperante, enamorada de la refundación, no comprendió la necesidad de grandes y estables pactos sociales para refundar una sociedad. Todo acabó con una clara derrota, dejando a la izquierda autoflagelante sin proyecto, sin relato y sin mayorías.
El periodo del octubrismo ya yacía desmovilizado y se realizaron las elecciones parlamentarias donde, por primera vez, el objetivo de la izquierda no era conseguir mayorías, tampoco el competirla, era evitar que la derecha alcanzara los 4/7. Esta es la evidencia más clara del declive actual, pasar de gobernar ininterrumpidamente veinte años, y ahora solo ser una piedra de freno para cambios constitucionales de la extrema derecha. El progresismo dejó de disputar poder, solo lo contiene.
El pensamiento autoflagelante al volverse hegemónico se sustentó en renegar de la izquierda que construyó un progresismo viable: institucional, reformista, de acuerdos y con sentido común democrático. Por su lado, los autocomplacientes no supieron leer adecuadamente las demandas de cambios que traían las movilizaciones. El resultado sería un progresismo dividido, incapaz de recibir crítica y realidad social, identidad y gobernabilidad.
Vivimos con una izquierda avergonzada, una izquierda que recela el acordar mayorías en el centro. Una izquierda que se alejó del progreso en conjunto difícilmente puede construir futuro. Y una izquierda que busca a toda costa diferenciarse está condenada a fragmentarse.
¿Podemos salir los progresistas de esta crisis? Totalmente, pero no a través de la extrema autocrítica y la extrema autocelebración, debe tratarse desde la madurez política entre ambos frentes. Recuperar la estabilidad sin renunciar a la justicia social, enraizar nuevamente con el centro político y las poblaciones sin abandonar la reforma real.
Se debe defender el progreso de la Concertación sin olvidar sus limitaciones. La izquierda necesita construir un proyecto político y social que no viva de culpar un pasado limitado ni de temer un futuro incierto.
En el tiempo próximo, la izquierda volverá a tener su oportunidad de reencontrarse consigo misma y con los pobladores. Con su historia de un país que avanzó a través del progreso, que siempre demandó más, erró y se dividió, pero que hoy necesita propuestas que no vengan ni de la melancolía ni de la superioridad moral, sino de la responsabilidad y de la visión a futuro.